La (otra) política cultural

Imagen: Alejandro González, 1971. De la serie “Re-construcción. Quinquenio Gris”

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Desde los barracones hasta las periferias urbanas donde habitaba el incipiente proletariado de La Habana y Matanzas, durante el último cuarto del siglo XIX, se fue sedimentando La Rumba. La poliritmia de los africanos se impuso y evolucionó hasta conformar las esencias identitarias de la nación cubana. España nos legó la danza, la décima, la génesis recitativa que dio origen a La Tonada. Luego ese legado se convirtió en contradanza y danzón, punto cubano. Bailes del chachachá y el casino durante el siglo posterior…

Ni la herencia africana ni la española nos fueron impuestas por centros de poder foráneo. En todo caso esa herencia, contribuyó decisivamente a nuestra emancipación de la metrópoli, como la canción “La Bayamesa” de Céspedes, Fornaris y del Castillo. Fue el resultado estético del sistema de valores sociales en un contexto marcado por la transculturación.

En 1922 surge la radiodifusión cubana. La primera música que transmite  contenía el alma de nuestros genuinos modos de hacer. Los conjuntos soneros, repentistas y trovadores, eran habituales en la programación. El son, la tonada, la canción romántica, la guaracha y el pregón, eran géneros protagónicos.

La radiodifusión cubana pasaba de artilugio artesanal a empresa capitalista mientras se desarrollaba el disco de vinilo y las poderosas industrias disqueras norteamericanas invadían el mundo. Pero la RCA Victor, CBS o Columbia, no lograron desplazar del espectro radiofónico cubano la música de Ignacio Cervantes, García Caturla, Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Rita Montaner, el Trío Matamoros, Joseíto Fernández, Pérez Prado, Enrique Jorrín, la Sonora Matancera, Benny Moré, el Septeto Nacional y La Aragón, por una razón simplísima: los pueblos de Cuba y Latinoamérica los seguían prefiriendo.

La interinfluencia entre nuestra música y el jazz, por ejemplo, no pudo subsumir la creación criolla sino, por el contrario, nuestra percusión marcaría la mayor influencia foránea que el jazz haya tenido en su historia. Desde que Chano Pozo, Dizzy Gillespie y Charlie Parker interpretaran «Manteca» en Radio Cadena Azul,  hasta la actualidad. Si en Estados Unidos había un Elvis Presley; en Cuba y buena parte de Latinoamérica estaba Benny Moré.

¿Cuándo y por qué la política cultural cubana se apartó de lo nacional? ¿Fue  con la globalización e Internet o mucho antes, con una pretendida y absurda «cerrazón» a todo lo que nos remitiera antes del 59?

Desintegrados los Zafiros y confinado el «feeling» al Callejón de Hamlet. Fracasado el intento de imponer el mozambique como «ritmo de la nueva Cuba». Entre 1968 y bien avanzada la década del 90, estuvieron dormidos en las fonotecas los discos del Benny, el Trío Matamoros, las cintas de Manuel Corona, Sindo Garay, Teofilito y María Teresa Vera. Los émulos de Papito Serguera y Armando Quesada apostaron por el «inofensivo» pop español al estilo de Los Brincos y los Fórmula V, en programas como Nocturno de Radio Progreso, para «competir» contra el diversionismo ideológico anglófono.

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Desde entonces hasta la actualidad: ¿Cuántas veces en horarios estelares de las emisoras territoriales o nacionales, fuera de programas genéricos o hacia destinatarios específicos, se radió, televisó o amplificó en un espacio público,  con sistematicidad e intencionalidad comunicativa, una rumba, una tonada, un son montuno, una guaracha, un danzón, un bolero interpretado por un trío, una habanera, una bunga, una pieza de órgano oriental…?

Toda una generación de cubanos «del interior» descubrimos que Mata Ciguaraya y Melao de Caña eran obras tan cubanas como La Guantanamera, sólo cuando Oscar de León vino al Festival de Varadero. Tampoco supimos que Polo Montañez existía hasta que triunfó en Colombia. Mucho menos que siempre existió un Compay Segundo, un Mongo Rives, un Eliades Ochoa hasta que a María se le ocurrió salir a las calles de Europa y Estados Unidos, sin pintarse los labios, y de la mano de Ry Cooder.

No fueron los think tank imperialistas los que nos hicieron creer que la música de Silvio, Pablo, Santiago, Vicente Feliú, Osvaldo Rodríguez (hasta que le dio por emigrar), Miriam Ramos y Amaury Pérez, sólo servía para actos políticos o fechas patrias, para duelos oficiales y días de la defensa. Mientras en los programas jóvenes de las emisoras territoriales se siguió la vida y milagro de Rudy La Scala, Michael Jackson, Celine Dion o Los Bukis, se limitaba/censuraba a Pedro Luis Ferrer, Carlos Varela y luego Ray Fernández. O se «barajan» las canciones del disco Extremistas Nobles de Buena Fé y Frank Delgado.

Así se fomentó esa inapetencia por lo propio, lo cubano o caribeño. Y tal inapetencia se refleja, en la actualidad, en las preferencias creativas de la mayoría de nuestros egresados de las academias musicales, o graduados de nuestras facultades de comunicación audiovisual.

Sin soslayar su influencia, no es sano explicar únicamente con la globalización y las trasnacionales del entretenimiento, que en las vitrolas de los años 50 un chileno llamado Lucho Gatica cantara nuestros boleros, y ahora en nuestras guaguas de Transtur o VíaAzul, los turistas de Chile o cualquier otra parte, oigan el peor reguetón o trap, en vez de música cubana auténtica y de calidad. No por casualidad, los agoreros del odio entre cubanos, presionan desde Miami para eliminar el intercambio cultural entre las dos orillas. Tal es el poder humanizante de la música cubana más auténtica y de mayor calidad. Ellos lo saben. Nosotros, a veces, lo olvidamos en términos de promoción mediática.

Hay que “mirarse por dentro”, -como la letra de aquella canción del grupo Moncada-, artistas, funcionarios y dirigentes de los medios de comunicación, no sólo en el ámbito capitalino, sino en todo el país. Se ha avanzado mucho en el vínculo entre el Instituto de la Música y el ICRT -el mejor ejemplo es el Canal Clave de la TVC-, pero el camino para glorificar lo nuestro es largo y complejo. Este pasa por la mente y los corazones de muchos, acaso mal formados estéticamente, con los que habrá que lidiar, cautivar y seducir desde lo auténtico, en un mundo cada vez más a expensas del mercado cultural, con distancias comunicativas cada vez más reducidas por la tecnología.

No podemos reescribir nuestros errores en el campo de la cultura pero sí evitar otros nuevos. Que nuestra política cultural, en lo que se refiere a la música, sea una sola. Y que la banda sonora que algún día contará la historia de este país, sea la misma que suena en la radio.