Reiteradas ovaciones

Foto: José Manuel Correa/Granma

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Ovaciones. Reiteradas ovaciones. Tantas que, frente al televisor de plasma, ya no ante el Krim de la era soviética, uno podría confundirse y regresar a la época en que Fidel hablaba por los dos únicos canales nacionales. El presidente combina el enfoque historicista con el método de conceptualizar lo general y definir lo particular. Nos dice a escritores, artistas e intelectuales lo que hace mucho hemos querido escuchar de un representante de las estructuras del poder.

No hay nada que emocione y compulse más a un artista que comprobar que una entidad superior -en este caso, el gobierno de la República-, reconozca que ese artista ha tenido la razón. Si bien Abel Prieto durante su primera temporada como ministro insistía en que las instituciones sólo tienen valor porque existen los creadores que la conforman, nunca antes un presidente del Consejo de Estado lo había dicho así, tajantemente, con todas sus letras. Ni había amplificado el secreto a voces que esa disfuncionalidad institucional burocrática traiga consigo el inmovilismo, el desamparo y la corrupción.

Tampoco ningún representante de la jerarquía gubernamental o partidista había reconocido jamás, pública y mediáticamente, el sesgo ideopolítico a que fuera sometido “Palabras a los Intelectuales” de Fidel Castro. Y menos había connotado lo que sabemos -y muchos hemos escrito o dicho: la preocupante cantidad de funcionarios y directivos que no conocen “Palabras…” o lo han reducido el discurso a una consigna que, a priori, puede interpretarse como excluyente. Todo lo contrario de su esencia inclusiva en pos de la unidad.

Pronunciado por el máximo dirigente administrativo, el discurso de clausura del IX Congreso de la UNEAC ha sido, sin dudas, un planteamiento político.

Primero porque incide sobre la esfera motivacional de los miembros de una organización necesitada de fe. Fe en el sistema que debe darle vida, y fe en sí misma. Fe en su capacidad de ser escuchada por sus órganos de relación: el Ministerio de Cultura, el ICRT y el ICAIC. Y digo fe porque el resultado de las palabras de Díaz-Canel están por ver. Si esos delegados al congreso se quedan en la ovación y la satisfacción personal que da saber que no se ha estado equivocado, y no llegan a sus territorios con la adarga dispuesta a luchar contra los molinos de viento de la unimencia y la girovagancia, se corre el riesgo de convertir en demagogia lo que hoy mueve a la esperanza.

Segundo porque, a primera vista, aquella definición de cultura general e integral de Fidel Castro no parece ser la pauta del discurso. Infiero -puedo y quisiera equivocarme- que Díaz-Canel trata de circunscribir el rol social del artista y escritor a lo que llama ‘la cultura’ y que valdría haber acotado sus referentes como ‘cultura artística’. De tal modo, uno no puede evitar sospechar que, para él, este congreso de la UNEAC se trata únicamente de los asuntos de la creación artística y literaria, y su relación con el sistema de instituciones que deben sustentar y viabilizar la promoción de la obra estética.

Esta mirada no está mal desde lo organizacional si recordamos que no es posible deslindar lo artístico de los otros componentes de la cultura en tanto huella material y espiritual del trabajo, o sea: de lo jurídico, tecnológico, religioso, ideopolítico. Y que un artista o escritor -o sus promotores-, no puede ni debe soslayar jamás esos otros componentes aunque no les sean esenciales para la creación de la obra en sí. Un creador es, ante todo, un sujeto social, un ciudadano en términos jurídicos, y un ente ideopolítico con potencialidades transformadoras y liderazgos. Y no verlo así conduciría a la contradicción antagónica entre el espíritu libertario del artista y el talante enajenante de los aparatos ideológicos del Estado althusseriano.

Hay que obrar. No sólo crear en sentido estético, sino obrar en la producción de contenidos axiológicos que sustenten esos valores del humanismo socialista que mencionó el presidente. Después de un discurso como el de clausura del IX Congreso de la UNEAC, no sería serio ni admisible que tengamos en cinco años más otro cónclave para repetir los mismos problemas y retrocesos. Espero que, el recién electo presidente de la UNEAC y el ministro de cultura, estén conscientes de ello tanto como, al menos, cada uno de los miembros de sus equipos de dirección. Una situación problémica más enrevesada y difícil de diagnosticar sería si los directivos de cultura en los ámbitos provinciales, y sus mentores de los departamentos ideológicos de los comités provinciales del Partido, también van a ser consecuentes con el enorme riesgo de convertir este discurso en un sainete de los anhelos escamoteados.

No se trata de cambiar estilos, sino esencias.

Cambiar la percepción heurística provinciana de que la cultura artística es un mero instrumento ideopolítico -carne de actos, golpes de efectos propagandísticos y coro de consignas-, por un concepto y su implementación, que pongan el arte en su centro emancipador, cuestionador de nuestra realidad, comprometido cívica y socialmente, y revolucionario en el más holístico sentido de la palabra. Sólo así la esperanza se convertirá en certeza y la ovación en la música sublime de los humildes de la Patria.

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