Un idioma distinto

Por: Gabriela Mejías Gispert

Soy de una generación en la que tener una computadora en casa era una ventaja. De cuando en un disquete entraba un montón de cosas, pasábamos música de una casetera a otra y grabábamos la 96.7 fm: música viva.

Las videocaseteras usaban la misma cinta hasta gastarla, Colorama tenía un Caleb Casas y Piso 6 era mi referencia de lo más pegao. Los novixs te llamaban a casa; corrías al teléfono para que nadie más lo cogiera. Mi emoji preferido era sacar la lengua sin que se enterara.

Mi juventud tocó nivel super saiyajin cuando tuvo un blackberry con teclas muy cómodas; con una perdida podía decirle te quiero a mi pareja.

Mi hermano es solo 7 años más chico, pero pareciera que del ´89 al ´96 pasaron muchas cosas, ni hablar luego del 2000. En media hora copia semanalmente toda la música que va a consumir en años. Mira el último video sin esperar a que el programa de turno lo ponga. Tiene un terabyte para elegir qué consumir.

Obtiene información actualizada a diario sin consultar Encarta u ojear el Larousse Ilustrado de mi abuela. Se entera de la farándula nacional e internacional por el medio que prefiera, no espera por la revista “Super POP” que trae alguien de afuera.

La cantidad de información que manejan los centennials es asombrosa

Mi generación es un híbrido que no llegó a ser millennial y ellos mezclaron la mejor parte de ambos grupos. Se comunican al unísono, el estar perdido en el punto de encuentro se soluciona con una llamada.

No cuentan con ciertas incertidumbres amorosas; buscan en Facebook la chica o el chico que les gusta, conocen su familia, sus gustos, la cara de sus amigxs, todo en 30 minutos. Agrandaron sus códigos: dos perdidas significan que te conectes a WhatsApp; pueden ver qué cara tiene su pareja a 5 km de distancia mientras estudia.

Lejos estoy del cliché de afirmar que todo tiempo anterior fue mejor, sería una imprudencia de mi parte. Su tiempo sin dudas es mejor en muchos aspectos; sin embargo, la velocidad con que consumen y descartan todo nos mueve a visualizar una sociedad más abierta en algunas cuestiones, menos politizada, andrógina por momentos, con menos ataduras, mayor control de los medios de información, que se relaciona con sus pares de manera impersonal, sin dudas más difícil de cautivar por un período largo de tiempo si no manejas ciertos códigos: diferente.

El amor no escapa al movimiento, las relaciones poseen otro tenor, el rasero para elegir a la persona amada cuenta con un medidor de likes y conclusiones de las redes sociales. Se encuentran a través de Tinder, Telegram y toman consejos de los youtubers que abiertamente cuentan cómo se mueve el barómetro de relaciones en la isla.

¿Qué pasa con el amor en tiempos de redes sociales?

“Me dejó en visto” es una frase que encierra muchos significados; quizás estaba ocupadx, quizás se quedó sin datos, estaba hablando con otrx; las hipótesis son muchas. En tiempos de tecnología un minuto puede parecer una eternidad, la lectura suele ser que el amor que nos juró que somos lo más importante tienen otras prioridades. No cambió el amor, pero si la forma en que se demuestra. Si tienes a tu ex en el Facebook carece de importancia, pero sí es relevante que fotos subes sin haber sido aprobadas por tu pareja, no vale en ellas llevar poca ropa o mostrarse provocativa o provocativo.

La atadura del amor romántico en tiempos de Internet redobla la apuesta, la individualidad y la privacidad quedaron fuera de los derechos si estamos en pareja.

Las redes sociales son también un medidor de estereotipos tanto femeninos como masculinos; que busca tanto la exploración como la aceptación de sus pares. Son un medidor de popularidad y reconocimiento que depende de manitos azules con pulgares arriba. La era del “selfie” acompañada muchas veces de la pregunta explícita: ¿dime qué crees?

Las nuevas tecnologías abrieron paso a una sociedad alternativa en la que cada cual muestra aquello que quieres ser, es o le gustaría que vieran de sí. Han modificado cualitativamente la importancia que la generación joven le da a la comunicación virtual.

Agreguemos el fenómeno que solemos encontrar cuando no existe una comunicación directa; no existen los ojos del resto: la mirada. La virtualidad quita aquello que psicológicamente puede ser coercitivo para muchas personas. Los riesgos de privacidad y agresiones virtuales desde el anonimato van modificando la forma de relacionarse.

En las redes confluye lo auténtico, lo mundano, lo transgresor, lo espontáneo y la expresión de la más joven generación de cubanos y cubanas. La apertura hacia las redes sociales ha abierto vertientes inexploradas que son consumidas insaciablemente. Ofrece una libertad que propicia un estado paradójico de control. Es un reto interpretar el nuevo lenguaje, donde fácilmente pueden sobrepasarse los límites de la privacidad. No son nuevas apuestas, sino nuevas herramientas para mostrar lo que somos. Nuevas formas de relacionarse afectiva y sexualmente que van cediendo espacio junto con la apertura del ciberespacio.

Las redes más visitadas dentro de la isla suelen ser Instagram, Facebook y en menor medida Youtube y Twitter. Varias de ellas son reproductoras de la desigualdad de género, del sexismo y del amor romántico, que supone en muchas ocasiones nuevas formas de violencia y control. La búsqueda constante de aprobación a través de las herramientas de dichas redes: hace cuanto no se conecta, si está en línea, si me dejó en visto, se vuelven lecturas subliminales del afecto, los celos y la idealización que conlleva la posibilidad de acceder a la vida de otrxs con un clic. Son modelos de comunicación y de identidad relativamente nuevos; pero que comienzan a visibilizarse.

La afectividad digital resumida en un estado (está en una relación, estado “complicado”, acaba de empezar una relación, han dejado de ser amigo) la exposición de mensajes íntimos (te amo mucho, 3 meses de amor, le quiero tanto…) los mensajes indirectos y la confluencia de muchas relaciones de diferente tenor en el mismo espacio.

Los estereotipos, las pautas sociales, la violencia simbólica de contenidos generalmente mediatizado por el sexismo son expresiones de una misma actividad social externa a la red. La identidad de lxs jóvenes está atravesada por una apertura de consumo de estos micro espacios, exacerbadas en la elección de lo que pueden llegar a consumir en un ciberespacio que aún les ofrece pocos megas y velocidad.

Cada día se hace más creciente la demanda por más acceso, velocidad, dinamismo. Miremos con ambos ojos, obtener cultura informática será nuestro próximo reto. Explorar la posibilidad que nos brinda de compartir sentires, afrontar situaciones, aprender a tener un control autónomo de lo que queremos compartir y con quien, visibilizar, empoderar.

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