La verdad como freno

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Mucha gente cree que es fácil saber la verdad sobre las cosas. Otros creen que no pueden alcanzar la verdad porque esta es muy complicada para ellos, pero que existen otros que pueden claramente vislumbrarla. Incluso los hay que piensan que es difícil saber la verdad por la cantidad de desinformación que se vierte a través de los medios de propaganda, que ponen obstáculos en el camino de la comprensión correcta. Mientras tanto, son pocos los que se plantean el carácter intrínsecamente dialéctico e inabarcable de la verdad.

Desde la experiencia que hemos acumulado como civilización, se puede llegar a la comprensión de que todo conocimiento es relativo, no solo por su nivel de completud, sino porque está determinado por la posición y el punto de vista de aquel que conoce. No se trata solo de que no tenemos toda la información, sino de que, en cierto modo, estamos siempre decidiendo qué queremos ver en el mundo que nos rodea. Tendemos a elegir formas de ver el mundo y creencias que se adaptan a nuestro modo de vida y a nuestras aspiraciones.

Es por esa ventana, por esa predisposición, que penetran las ideologías. En su afán justificativo, algunas ideologías estructuradas tienden a llevar a los sujetos a la aceptación de creencias evidentemente falsas, contrarias a la experiencia empírica. Pero las peores ideologías, las más difíciles de extirpar, no son las mentirosas sino las sesgadas, las que se fundan en la experiencia, pero solo ven en ella lo que quieren ver. Hasta cierto punto, podemos decir que todos estamos ideologizados.

La experiencia filosófica acumulada permite comprender todo esto. Sin embargo, a estas alturas del 2019 la mayoría de las personas no se han enterado, y/o no quieren vivir en un mundo tan falto de certezas. Son mayoría los que tienen una visión metafísica de la verdad y están, todo el tiempo, ávidos de saber “la Verdad”, así, con mayúscula.

Por todo eso, no hay nada más peligroso que un grupo grande de personas que están seguras de tener la verdad. Porque es imposible a priori que una cosmovisión cerrada y completa contenga toda la verdad, y ese grupo, al actuar de acuerdo con su creencia, necesariamente va a ser injusto y represivo hacia el resto de la comunidad.

Los que creen tener la verdad son más prestos a encender hogueras contra los herejes

Desde la antigüedad, existe un gran debate sobre quién debe dirigir en una sociedad: los que tienen el poder fáctico, los que saben qué es lo mejor para todos, o el conjunto de los ciudadanos que pueden pensar con claridad. La segunda opción fue la defendida por Platón, el ancestro fundador de la tecnocracia, quien planteó a rajatabla que la sociedad debía ser gobernada por los que sabían. La tercera es la opción democrática, surgida durante la lucha de clases en las polis de la Antigua Grecia.

La idea de la democracia es tan revolucionaria porque, al igualar las voces de todos- sabios y brutos, expertos y profanos, poderosos y débiles- dificulta que se pueda consolidar una visión parcializada de la realidad. La democracia permite además el diálogo de todos los saberes en posición de igualdad, con lo cual facilita que todos puedan aprender de los otros, y que los saberes de todos se hagan más ricos y completos.

La tecnocracia, el dominio de los expertos, es muy tentadora, porque parece ser un camino rápido y simple hacia un futuro luminoso y próspero, pero con mucha facilidad se convierte en el dominio injusto de un grupo a partir de una ideología parcial, dogmática e intolerante.

Todo esto es muy triste porque, cuando uno mira la historia de las sociedades modernas, han terminado siempre mandando los del primer grupo, los que tienen el poder fáctico. Tanto la tecnocracia como la democracia solo han sido justificaciones y fuentes de legitimación para diversos sistemas políticos.

Se puede decir que, en la modernidad, fueron los sistemas del socialismo real los que con más fuerza optaron por el paradigma platónico de que deberían gobernar los que saben. Son los que más claramente partieron de una comprensión metafísica de la verdad. Todo lo cual es un chiste tragicómico, porque al final no fueron realmente los más preparados ni los científicos los que gobernaron, sino los “verdaderos revolucionarios”, los políticos profesionales. Es decir, mandaron los que tenían el poder fáctico, los cuales eran muchas veces imbéciles.

La democracia burguesa, que dicho sea de paso no ha sido la única forma de administrar el capitalismo, tampoco ha sido un lecho de rosas. Los capitalistas usan la democracia como marco jurídico y justificación para su dominación. Dicen respetar todos los criterios, mientras mantienen en sus manos la propiedad, y con ella el poder fáctico desde el cual ejercen la dominación. Sin embargo el capitalismo, al optar por ese principio, demuestra la sagacidad que le da ser un orden social con mayor experiencia histórica: están conscientes de la ventaja que les da frente a los pueblos, a largo plazo, optar, aunque sea solo como fachada, por la democracia.

Las sociedades sin una verdad oficial, son más exitosas

Las sociedades que adoptan una Verdad se estancan, porque en realidad se han quedado solo con un pedacito de la verdad, algo no muy diferente de la mentira. Eso a pesar de toda la manipulación de la opinión pública y el pensamiento único que ha existido en las democracias realmente existentes.

El socialismo, en cierto momento de su trayectoria histórica, olvidó su origen democrático. Olvidaron aquello de lo que habló Rosa Luxemburgo, la importancia de la lucha y la confrontación de saberes, para una sociedad en continuo desarrollo. Fueron infantiles. Quisieron pasar directo de la contemplación de la verdad a la acción. Pero terminaron creando una dictadura de mediocres.

El socialismo del futuro, si quiere sobrevivir y ser el paradigma para sociedades exitosas, tiene que ser democrático. No puede ser un socialismo obsesionado con una vanguardia de expertos y sabios, sino un socialismo de la educación popular, la construcción colectiva, con el aporte de todos y sin verdades establecidas. El marxismo debe ser utilizado solo en su potencial científico, y ninguna de sus certezas puede ser inamovible.

Si el socialismo sigue pretendiendo ser un paradigma superior al capitalismo, debe ser una radicalización de la democracia. No puede ser otra cosa.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

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