Donde dijeron derrumbe, decid parque

Foto: Yander Zamora / EFE

Por: Escrutinio Arévalos

El 26 de mayo de 2003 en un discurso pronunciado en Argentina,  Fidel Castro expresó: “…calidad de vida es patriotismo, calidad de vida es dignidad, calidad de vida es honor, calidad de vida es la autoestima a la que tienen derecho a disfrutar todos los seres humanos…”.

A mí me encanta caminar las calles de mi ciudad, aunque la mayoría de las veces no tengo otro remedio. En la ida o vuelta al trabajo, distante a unos cuatro kilómetros de donde vivo (atravesando El Vedado, Centro Habana y la Habana Vieja) hay algo que me llama poderosamente la atención desde hace un tiempo. Algo que me obsesiona desde su intríngulis más teórica: la necesidad asfixiante del gobierno por construir “parques” en ciertos predios donde militaba un derrumbe, antes fondo habitacional.

Mucho se ha hablado en la Isla durante décadas en relación con el precario contexto de la vivienda, sobre todo en la capital. Referente a esto existieron planes de construcción que versaban desde el cumplimiento de estadísticas inverosímiles, hasta la creación de las archiconocidas microbrigadas (término hoy en desuso, más allá de la alusión a los edificios construidos durante sigl… años). Pero si cuestionable es la frágil situación en la que subsisten hoy miles de familias por las condiciones en que se encuentran sus moradas, peor viene a ser una de las nuevas prácticas llevadas a cabo por el Estado.

Cuando un inmueble familiar -casi todos suelen ser vetustos edificios- presenta situación de inhabilidad, dígase peligro de derrumbe o cualquiera de sus acepciones, se presentan de buchito en buchito los “factores competentes” (arquitecto de la comunidad, inspectores del Instituto de Planificación Física -IPF- y de la Vivienda, funcionarios del Partido, Asamblea Municipal, el Servicio Especial de la Construcción -SECONS-, del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital -GDIC- y otros “etcéteras” que siempre asoman) con la rocambolesca profilaxis de convencer a los residentes de que abandonen, o reparen por pedazos, quizás la única propiedad real que tienen, más allá de su estado.

Así debe estar escrito en la metodología de “el que empuja no se da golpes”, intentando llevarlos al convencimiento de que lo mejor es mudarse para el domicilio de algún familiar o asentarse en un albergue de los que dispone el Estado para tales casos. Decirle eso a una familia de, tal vez, 2 inquilinos, sería un paliativo, pero a una camarilla de 150 personas que no tiene a dónde ir y que saben lo que les espera en un albergue, o simplemente no desean renunciar a “su patria”, es, de todas las formas posibles, una triste realidad.

Luego vendrá algún “te lo dije” por parte de estos “factores”. Gente lesionada por los escombros. Ancianos o niños fallecidos. Condolencias oficiales. Estadísticas necrológicas escritas con tiza. Ocupaciones ilícitas de edificios o locales por personas en similares situaciones, que no les importará que vayan a persuadirlos los agentes antes mencionados, una vez más. Y luego, los mismos muertos. Los mismos afectados. Los mismos albergues. El eterno retorno al país de nunca jamás.

Entonces, para los sobrevivientes, justo ahí donde crecieron, donde tuvieron sus hijos y alguna que otra riña con un vecino o marido celoso, donde pensaron morirse pobres pero felices de un techo que los proteja, les plantan un parquecito para que uno u otro día recorriendo el barrio de antaño, puedan sentarse y admirar con la brisa que los despeina, otro logro más de una revolución invencible.

Pareciera que, en la actualidad, en el IPF existe un departamento llamado “vecino, coge tu parque aquí”, asesorado por la Empresa de Servicios Comunales y el SECONS, en el cual un cuadro estándar se encarga, luego de que hayan sido recogidos la mayoría de los despojos, de “maquillar” el lugar del siniestro con un trabajo de herrería en sus fronteras, unos bancos incómodos y una vegetación informal que resulta ser obstáculo visual no deseado y una traba futura para el entramado de cables que rodea la ciudad. Todo esto sin un análisis fitosanitario creíble del espacio público a reutilizar.

¿Habrán revisado alguna vez las propuestas de Forestier para La Habana de 1930, pudiendo hoy ser adaptadas a las nuevas tendencias urbanísticas?

Tampoco se puede dejar pasar por alto en este aspecto, la no inclusión de la ciudadanía a la hora de tomar decisiones de tal “follaje”. ¿En alguna rendición de cuentas de los CDR alguien ha tomado partido sobre si es funcional, o no, tal vez ético, el establecimiento de semejantes ordenanzas públicas? Algún leguleyo podrá decir, con no pocos aciertos, que estos parques han sido destinados para constituir nuevos puntos de Wi-Fi en la capital y así continuar con la informatización de la sociedad. Otro logro de la revolución invencible. Bueno, y ya de paso nos epitetamos como la “verdadera ciudad de los parques de Cuba”.

Por lo pronto, solo nos queda recordar lo que escribió Martí a M. Mercado en una misiva en mayo de 1880: “…Sé de antemano que rara vez cobijan las ramas de un árbol la casa de aquel que lo siembra”.

Para contactar con el autor: roquearana@nauta.cu

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