Rutinas artificiales

Andy Vázquez en el personaje de Facundo Correcto. Foto: Centro Promotor del Humor

Por: Miguel Alejandro Hayes

Iniciarse en un puesto o cargo, implica responsabilidad, actitudes e incluso, valores. A veces también van acompañados de requisitos político-ideológicos que son de necesario cumplimiento. Ahí, es donde se comienzan a observar las diferencias en las personas: en el antes, el durante y el después de estar en uno de los trabajos con esos requerimientos. Y parece inevitable que el durante impregne su sello.

Si desde una óptica moralista algunos modos que impone la actividad laboral pudieran resumirse como doble moral, a lo que se suma la tentación de racionalizar lo que se hace, el tema merece ser abordado desde otros enfoques. Resumir las dinámicas sociales en culpar a quien hace una acción, no solo es una actitud punitiva, es como mínimo un simplismo teórico que no muestra las condiciones –ni el camino para llegar a estas- del fenómeno en cuestión. Abordar solo la estructura excluye a los hombres que la crean.

Parece haber un conflicto entra las prácticas que exige la vida institucional en su dimensión política, y la que pertenece a la forma de ver el mundo del individuo. Una vez, escuché a una muchacha que con cierto humor describía la situación, afirmando que los cargos hoy vienen con un champú. Su función: hacer un simbólico –o literal- lavado de cabeza.

Sin convertirlo en ofensa, es cierto lo planteado. Se puede identificar un modo compartido entre muchas personas que ocupan determinados cargos. Así, se aprecian rasgos en común y no me refiero al modo de vestir.

Facundo Correcto lee el Granma

Destaca toda una fraseología, no solo al empleo de algunos términos sino al uso de determinados discursos. Un ejemplo es la oposición mecánica y abstracta al uso del mercado. En otros casos se evidencia la apatía propia de viejos dilemas superados en eras más dogmáticas, así como la confusión de las mejoras de vida de los trabajadores con el enriquecimiento. El excesivo cuidado de que se haga lo “políticamente correcto” y la pulsión por cumplir “lo establecido”. Este último, es quizás lo más visible.

La sociedad que tenemos hoy es la que heredamos del pasado. Mucho de lo que se hace en el presente, “lo establecido”, “lo que tiene que hacerse”, no es más que la mitificación, o peor, la asunción acrítica de alguna actividad producto de algunas condiciones del pasado, que por tanto, persisten en la subjetividad.

Algunas de esas cosas realizadas en el ayer, que en su momento fueron bien vistas o hasta realizadas de corazón, hoy se ven como errores y existe una especie de arrepentimiento social. Tirar huevos, por ejemplo, es algo condenado desde el presente. Otras prácticas, sin embargo, han sobrevivido en el imaginario, quedando de estas, su caricatura.

Rutinas que en su momento fueron revolucionarias y emanaban de ciertas condiciones legitimadas socialmente en otra época, que se van heredando y se convierten en rutinas artificiales. Lo que pudo ser una cotidianidad revolucionaria verdadera se desdibuja hacia una cotidianidad inducida. El escenario natural de estas es el marco oficial de la reproducción y repetición del discurso de la Revolución: los puestos de trabajo estatales.

La no correspondencia con las necesidades y lógicas de los nuevos tiempos, y sí con las de los momentos más épicos de nuestra historia reciente, es lo que les da ese carácter de prácticas artificiales, que se reafirma en su asunción acrítica. Es cierto que hay quienes deciden portar ese estereotipo de cuadro burocratizado de manera espontánea, por vileza o con las mejores intenciones, pero como sociedad se generan condiciones que disocian la mentalidad del sujeto de la correspondiente con el cumplimiento de su trabajo.

La prueba es que no es extraño conocer alguien antes de pasar a ocupar ciertas responsabilidades y que al adentrarse a estas, cambie y adopte los patrones aquí mencionados, al menos públicamente.

No es casual que sea un fenómeno perceptible. En cualquier caso, obligatorio o no, sea regalado o auto-regalado el champú, se ha creado toda una práctica cultural alrededor de no pocos escenarios de actividad laboral, que se participa en ellos de tal forma que parece aprendida y recitada. Artificial.

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