Mientras avanza la derecha, nosotros…

Foto: Jorge Luis Baños/IPS

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Mi abuelo Wanchy olía a tinta y cobre. Montaba en la caja de linotipos los poemas de Navarro Luna para la revista Orto. Nunca estuvo en un cocktail ni recibió cartas credenciales. A veces bebía una porción del alcohol de la imprenta sin haber aspirado nunca a escanciar un vaso de vodka junto a Stalin, o a fumarse un hábano frente a Churchill.  Sus compañeros de la primera célula del Partido Comunista de Manzanillo contaban que era un hombre de silencios trascendentes. Cuando, en vez de versos, le pedían imprimir octavillas, sus compañeros sabían que antes de delatarlos se dejaría matar si lo sorprendían los sicarios de Machado. Si un día cualquiera se animaba a conversar, hacía alta política, quizás, sin saberlo.

La noche en que Lennon le pidió a los ricos que agitaran sus joyas, él no lo sabía: nos estaba hablando de El Manifiesto Comunista. Sin disparar un proyectil, los Beatles contribuyeron decisivamente a derrotar el obsoleto sistema de valores sobrevivientes de las dos guerras mundiales. Puesto que es más difícil y laborioso destrozar un prejuicio que incinerar los tanques de Guderian, cuando Lennon promulgó aquella deliciosa tontería de que eran más famosos que Cristo, nos daba una clase de materialismo histórico, y enfrentaba a millones de adolescentes contra sus padres domeñados por los créditos y la ilusión de bienestar. Aunque lo hicieran sir, nunca ni el dinero ni el disparo a orillas del Dakota pudieron exorcizarle a Lennon el espíritu de los soldadores de los astilleros de Liverpool. Pueda ser que me equivoque, creo que Lennon jamás estuvo en un palacio de convenciones, ni esgrimió desde la tribuna los argumentos de una conferencia magistral.

Zuckeberg, el gran capitalista de las redes sociales, no podría imaginar que estaba fundando el instrumento comunicativo que, al fin, podría servir de plataforma para la comprobación empírica de las ideas de Paulo Freyre. Con Facebook los alumnos al fin podrían disentir de sus maestros, cuestionarle a las autorities su sistema de valores sin correr el riego de que los desaprobaran o los expulsaran de una organización estudiantil patrocinada por el Estado.

Cuando los españoles dieron aquel voto de castigo a Aznar por, entre otros chanchullos, culpar a los separatistas vascos del atentado del 11M, la intelectualidad de izquierda del mundo dio -dimos- loas a las redes sociales y la internet, y los sms y la transferencia de datos. Unos cuantos años después, algunos gurús de la izquierda criolla poseída por el poder, declaran a esas mismas redes sociales enemigas de la cultura y el progreso. Contrarias a la decencia y las buenas normas de conducta. Territorio libre de intelectuales amigos de la Revolución.

La culpa la tienen los chicos del equipo de campaña de Trump por dejar en el ridículo a todos los que auguraron la derrota del blanquito supremacista. En ridículo quedaron, incluso , nuestros analistas de La Mesa Redonda, algunos de esos tipos con un par de doctorados y constantes viajes a Caracas o New York. Unos cuantos de los que colman los anaqueles de las editoriales políticas y académicas en las ferias del libro de La Habana. Embajadores, agentes de inteligencia de alta gama, politólogos de un mundo inexistente y comediólogos de la poética aristotélica. Nada, que no los vieron venir.

A los ricitos de oro del equipo de campaña de Trump no les importó la estulticia de ningún posible votante. No se detuvieron ante si a los electores les gustaba bailar tap o regueton, se inyectaban heroína o fumaban marihuana. No excomulgaron a los que posaban en Instagram o nos contaban en Facebook sus cuitas insalubres. Si alguien podía o no recitar de memoria el acta de la independencia en el inglés de Shakaspeare o en spanglish, no era trascendente por tal de que votaran por el nuevo Hitler.

Y ganaron allí donde donde las joyas son de bisutería, y hay candilejas y oropeles, y los eminenes y pitbules son los beatles del momento. Y ganaron con el lenguaje incorrecto que los políticos de cuello y corbata no saben usar, mucho menos los de guayabera. Y ganaron contra la prensa tradicional, los medios hegemónicos y los emergentes, los cómicos liberales de Broadway y los comics conservadores del lejano western.

Lo usan todo: memes, fakes news, falsos positivos, citas apócrifas, desde el reguetón hasta el jazz, desde una novela rosa hasta Juego de Tronos. Desde un youtuber misógino y payaso hasta The Washington Post.

Los chicos de Trump se propusieron ganar, y ganaron. Con una fórmula tan sencilla que espanta: escándalo en función de la tontería que multiplica la suma de la descalificación y el rumor, todo elevado a la falsa promesa. Su área bajo la curva es esa zona de la condición humana donde el hedonismo nubla cualquier razón y el divertimento soslaya el dicurso rancio, con una ojeada. Y ganaron justamente porque entraron en las únicas dimensiones donde un imbécil derrota la sapiencia.

Y mientras la derecha gana, nosotros con el acto “político-cultural”  -como le llaman-  que no emociona ni a quienes lo programan, la seriedad importada de los discursos de barricadas, las consignas con hambre creativa. Así nuestros doctores de la izquierda reniegan de mi abuelo con olor a tinta y a cobre, que no sabía una mierda de filosofía, pero su machismo ancestral le dictaba dejarse matar antes de delatar a un compañero. Y de Lennon, que nunca anduvo por el Palacio de las Convenciones.

Tú, por ejemplo, para defender la Revolución en la radio cubana necesitas un título universitario, si tienes una maestría mejor. No importa que tu voz sea descolorida y fea, que tu entonación aburra o desconcierte, que no tengas talento para la imaginería y la persuasión. Si has pasado los diplomados correspondientes y portas un carnet de militante, adelante compañera o compañero, aunque no cautives a nadie, y tu programa no lo oigan ni los custodios en la recepción de tu propia emisora.

Y aquí estás, en la asamblea o el congreso, ya sea porque te conceden la palabra o la tomas desde el podio. Vienes a pedirnos que sigamos perdiendo, ahora por abandono, que demos por perdidos 800 millones de enlaces y otras tantas cuentas en las redes sociales, del mismo tipo de aquellos que derrocaron a Aznar. Caramba, que hay cada gurú que andan tan a nivel Dios, que ni siendo ateos uno los entiende cuando nos conminan a dejarle ciertos asuntos a los que saben.

Anuncios