La ruta del Yutong

Foto: EFE

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Llegaron los coches chinos para el ferrocarril. No es noticia. Ya se sabe. Probablemente esta semana hagan el viaje piloto desde La Habana hasta Guantánamo con una formación en cuyos coches -nuevos, relucientes-, viajarán técnicos de alto nivel, funcionarios, directivos de la empresa que fabricó los vehículos y Ferrocarriles de Cuba, que los pondrá en explotación.

Veinte años atrás hubo viajes pilotos por las carreteras de Cuba. También con técnicos de alto nivel, funcionarios, directivos de la empresa que los fabricó y de la que los pondría en explotación, ah, y trabajadores sociales, que estaban de moda entonces.  Habían entrando al país los primeros ómnibus Yutong para la transportación interprovincial. El periodista que entonces nos dio la buena nueva por la televisión, no nos contó que a la carrocería de aquellos vehículos no les habían dado un correcto tratamiento anticorrosivo. Tampoco mencionó que a algún unimente se le ocurrió mandar a ponerle una fila más de asientos, que un jabao cubano de 200 Kg y un metro ochenta de alto, tendría que viajar como carne prensada. Mucho menos nos avisó de que los baños en unos meses dejarían de usarse por la falta de no sé que sustancia que Ómnibus Nacionales no podría seguir comprando.

El periodista no nos lo dijo porque, como nosotros, no lo sabía. Y no voy a entrar a cuestionarle si nos lo hubiera dicho de haber estado al tanto.

A pesar de que en una Mesa Redonda de por aquella época, nos informaron del riguroso proceso de selección de los choferes en cada base de ómnibus nacionales del país, antes del año, la propia prensa criolla nos alertaba -a nosotros, que ni compramos las guaguas ni las manejábamos-, acerca de los más de 300 vehículos dañados por haberse involucrado en accidentes del tránsito, sin llegar nunca a especificarnos qué porciento de estos accidentes fueron responsabilidad de los choferes rigurosamente seleccionados.

Un funcionario del MITRANS nos explicó el severo reglamento disciplinario para los choferes, la prohibición de llevar pasajeros de pié o hacer paradas no programadas sin una razón de tránsito o humanitaria. Y que cada guagua llevaría un trabajador social que velaría por el cumplimiento de ese reglamento disciplinario, y controlaría el uso eficiente del combustible.

Lo que nadie anticipó entonces que el asuntillo de los trabajadores sociales se volvería económicamente insostenible, que algunos de ellos entrarían “en caja” con los choferes, y con los inspectores, y con quien fuera; que al cabo de un par de años los pasillos de las yutones se llenarían de pasajeros de pié en las madrugadas porque “hay que sacar la platica para las eventualidades y el fregado del carro y, de paso, ayudar a la gente que está ‘botá’”.

Luego vendrían los GPS para evitar el exceso de velocidad y las paradas y desvíos innecesarios. Tampoco a nadie se le ocurrió anticipar que los registros de las trazas del GPS se pueden sobreescribir en el ordenador del control de tráfico si te queda algun dinerito para pagar al informático después de que los pasajeros de pié paguen las eventualidades y el fregado.

Comúnmente no lo vemos así pero cada una de las omisiones, violaciones y trampas enunciadas arriba, sucedidas con los ómnibus, han costado millones de pesos a los trabajadores de este pueblo. Todas y cada una conforman una flagelante estructura llamada corrupción, que va desde el dinerito “por la izquierda” que el chofer obtiene del pasajero que viaja de pié, hasta el fajo de billetes que cada semana se posa sobre el buró de algun funcionario que decida esto o lo otro en beneficio de estos o aquellos choferes.

Según Robert Klitgaard la corrupción opera según una fórmula aritmética: C=M+D-R donde C sería la corrupción; M, el monopolio; D, la discrecionalidad y R, la rendición de cuentas. De tal modo, en la medida en que los canales y flujos de rendición de cuentas sean mayores, mejor se podrán contrarrestar los riegos del monopolio y la discrecionalidad (uso libre de las atribuciones), en función de llevar a niveles tolerables la corrupción.

Pensemos que, en el caso de la compra y explotacion de aquellos ómnibus Yutong, los niveles de monopolio y discrecionalidad fueran normales (no puedo, por falta de información, dilucidar cómo fueron esos niveles en realidad). Lo que sí es evidente es que los niveles de rendición de cuentas, de escrutinio público, fueron casi nulos. Ahí los periodistas que jamás hacen las preguntas incómodas, los funcionarios de alto nivel que no cuestionan los informes laudatorios, no viajan en los ómnibus de madrugada cuando se llenan los pasillos, o se violan las paradas programadas, o…

Los coches chinos muy pronto conformarán los trenes nacionales.  Quiero creer que al comprarlos, seguramente se habrá enviado a China a alguien que pueda comprobar “detallitos” como los del correcto tratamiento anti-corrosivo.

Nos cuenta la prensa que son nuevos, relucientes, con baños olorosos a los cuales, cabría suponer, tambíen se le han garantizado los insumos y utensilios para mantenerlos limpios durante un viaje, digamos, de La Habana a Guantánamo.  Los de primera clase con aire acondicionado , quiero creer, que tendrán los mantenimientos programados según su carta técnica. Quiero creer, digo, porque nuevamente el periodista obvia las preguntas incómodas, la rendición de cuentas ante la sociedad civil tiende a cero. No hay escrutinio.

También un periodista nos ha asegurado que el personal de a bordo ha sido rigurosamente seleccionado -como aquellos choferes de las Yutones?. Supervisores, ferromozas, conserjes, sobrecargos, todos han pasado un curso de adiestramiento, según el MITRANS, como si en estos coches no tuvieran que hacer más o menos lo mismo que han hecho toda su vida de a bordo, pero es magnífico lo del curso.

Se repetirá la historia de los Yutong de ómnibus nacionales? Nos damos cuenta que, estructuralmente, podrían repetirse las mismas fallas. ¿Cómo lo sabemos?

Hace unos días, en una página de Facebook denominada “Trenes en Cuba”, un tipo jocoso puso un post: “Estoy armando mi camión que es una bala. Compro asientos de coches chinos. Cualquier cosa llámenme a tal teléfono”. Y obtuvo muchos dislikes divertidos. Una broma, claro, una broma demasiado seria como para no mencionarla.

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