Animales políticos vs Platón

Foto: Carlos Ernesto Escalona

Por: Alina B. López Hernández

El filósofo griego Aristóteles definió la política como “el arte de gobernar a la polis”. En su libro homónimo, propuso el concepto de zoon politikón para referirse al hombre. Su significado literal sería el de “animal político” o “animal cívico” y se enfocaba en la capacidad que le permitía a este, a diferencia de los animales, relacionarse políticamente, o lo que es igual, crear una memoria colectiva y un conjunto de leyes que diferenciaran lo permitido de lo prohibido, fundar sociedades y organizar y participar en la vida de las polis o ciudades.

Aristóteles consideraba al Estado como una comunidad de iguales, una especie de ser natural que no surgía como fruto de un pacto o acuerdo, sino que tenía sus raíces en la naturaleza de las cosas. Es cierto que en su teoría los ciudadanos eran únicamente los varones libres. Ni las mujeres, ni los esclavos, ni los extranjeros estaban incluidos en su comunidad de iguales.

Aun así, esta tesis era más inclusiva que la de su maestro Platón, que a su vez había sido discípulo de Sócrates, del cual recepcionó la concepción del intelectualismo moral. La misma afirmaba que la experiencia moral se basaba en el conocimiento del bien. Solo si se conocían qué es el bien y la justicia se podían realizar el bien y la justicia.

Sócrates hacía las siguientes consideraciones a sus conciudadanos: cuando uno de vosotros está enfermo no propone una votación entre los miembros de la familia para establecer qué remedio es adecuado, sino que llama al médico y se somete a su juicio y recomendaciones; cuando un ejército quiere derrotar al enemigo no se realiza una consulta popular para establecer el modo de atacar, es el estratega quien decide el modo de dirigir a los soldados y plantear las batallas; cuando queremos levantar un edificio no hacemos una votación para decidir el modo de construirlo, dejamos que sea el arquitecto quien imponga su criterio. Entonces llegaba al quid de la cuestión: ¿Por qué cuando se trata de lo más importante de todo, que es el bien de la ciudad y todas las leyes que son adecuadas para la convivencia entre los ciudadanos, dejamos que todo el mundo opine y nos sometemos a la mayoría y no llamamos a aquél que sabe? Para el intelectualismo moral, los asuntos morales y políticos tienen que ser cosa de expertos. Esta propuesta socrática dio lugar a interpretaciones políticas antidemocráticas y elitistas, como se aprecia en la filosofía política de su discípulo Platón (427-347 a.n.e).

La República, una de las obras más conocidas de Platón se trata de un diálogo entre Sócrates y otros personajes de su época; en ella detalla la ciudad-estado ideal. Su tema central es la reflexión sobre qué es la justicia y cómo se expresa en el hombre. Según el filósofo, la sociedad debe estar dividida jerárquicamente en tres clases: en la parte inferior, la clase de los trabajadores manuales; la posición intermedia la ocupa la clase de los guerreros; y en la cúspide, la clase de los dirigentes. Estos últimos estarían formados en la filosofía para lograr “la visión intelectual del Bien absoluto”.

Platón justificaba la división en clases rígidamente separadas con el argumento de que era imposible que un mismo hombre pudiera desempeñar dos oficios a la vez, con lo que se oponía al concepto mismo de ciudadano en el que se basaba la polis griega clásica, y cuestionaba los fundamentos de la democracia: Así lo fundamentó: “Por ello es característico de nuestro Estado que el zapatero sea sólo zapatero y no a la vez timonel, el labrador sea labrador y no sea a la vez juez, y el guerrero, guerrero, y no comerciante a la vez que guerrero”. De esa división derivaba la justicia, que según Platón consistía “en que cada uno haga lo que le corresponde hacer”.

Este filósofo ha tenido una influencia enorme a lo largo de la historia del pensamiento; sin embargo, ella no ha sido considerada siempre como positiva, particularmente en el terreno de la política. Karl Popper lo valoró incluso como precursor ideológico de los totalitarismos.

Es una paradoja entonces que el periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista y auto-declarado ideológicamente como marxista, haya publicado en su portada de la edición del pasado 29 de mayo, una poesía de Miguel Barnet, presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, titulada “La política”, que parece una versión lírica de La República de Platón, particularmente estos fragmentos:

La política se vuelve caricatura

en manos de los malos políticos

es decir, de los que nada saben de política

ni de verdades como puños cerrados.

La política no tiene que ver con fracasos

sentimentales

ni con duras frustraciones personales.

Dejen la política tranquila en su tierra de

humildad

porque como dijo el más sabio de los cubanos

ella como la Patria es ara y no pedestal.

La política no es como el beisbol que se puede

debatir en los parques públicos y en las redes sociales.

Casi todo el mundo en el mundo sabe tanto

de política como de medicina

Aunque en verdad la política es un bálsamo

como los ungüentos de las abuelas cuando

se saben aplicar

No abusen de ella

No la maldigan por gusto

Déjenla tranquila que cumpla con su cometido

en su cuartel general

No la metan en Facebook ni dejen

que se contamine con las nuevas tecnologías

Ella es enemiga de la promiscuidad

Los creyentes que se ocupen de sus creencias

y de sus misterios religiosos que son muchos

y hasta ahora nadie los ha podido descifrar

Como el big bang la política nació

con un estallido de cólera

y con una vocación irrefrenable de justicia

La política no puede ser un entretenimiento

para los burócratas aburridos

ni para los políticos de pacotilla

El carpintero es el que sabe cortar la madera

El panadero es el que sabe amasar el pan

Zapatero a su zapato

La política es de los revolucionarios verdaderos.

Habría que hacer muchas observaciones al poeta. Pero algunas son impostergables. En primer lugar, uno de los muchos méritos de José Martí fue rescatar la política de los cuarteles generales en que la intentaron recluir algunos de los jefes revolucionarios que habían participado en la Guerra de los Diez Años. Al separarse del Plan Gómez-Maceo y decirle al primero de ellos: “¡Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento!, nuestro Martí establecía otro estilo de organizar la guerra, a tono con la generación que había sido testigo del fracaso que costó una década de vidas y esfuerzos.

Era un estilo que lo acercaba a las grandes mayorías, que se basaba en la oratoria, en los mítines y discursos efectuados en plazas, calles, tabaquerías y liceos; que incluía por igual entre las bases sociales para gestar una nueva contienda a trabajadores, hacendados y burgueses, artistas e intelectuales, que  ampliaba las bases sociales para apoyar el esfuerzo bélico.

En segundo lugar, cuando la política es confinada a cuarteles generales y se torna función de unos pocos elegidos: “los revolucionarios verdaderos”, es cuando las teorías se convierten en dogmas, los principios se truecan en credos, las consignas revolucionarias se vuelven salmos y los héroes degeneran en autócratas.

En tercer lugar, si en Cuba no se hubiera practicado la política abiertamente en las plazas públicas, no existirían la Primera ni la Segunda Declaraciones de La Habana, ni se hubiera declarado el carácter socialista de la Revolución Cubana.

En aquellos años iniciales de efervescencia, nuestra burocracia política, que apenas era una niña recién nacida, no osaba cuestionar el modo colectivo y multitudinario de aprobar determinaciones gubernamentales en desfiles y actos políticos; pero ahora, en una etapa como la actual en que ya los consensos no son evidentes, nuestros “revolucionarios verdaderos” y sus cantores prefieren encerrarse en lugares asépticos, lejos de impurezas y promiscuidad. La ciudadanía en cambio, ha encontrado en las ágoras digitales la posibilidad de que puedan debatirse los asuntos de la polis, de los animales políticos que somos todos.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

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