El hipocriticismo como valor

REUTERS/Stringer

Por: Mario Valdés Navia

Decía Martí: “¿criticar qué es, sino ejercer el criterio?”[1] Y como defendía la necesidad de la crítica social, observaba con júbilo: “en los cubanos de todas condiciones y colores, aquella laboriosidad tenaz, aquella crítica vehemente, aquel ejercicio de sí propio, aquel decoro inquieto por donde se preservan y salvan las repúblicas.”[2]

Cuan diferente el lugar de la crítica en una sociedad de socialismo burocrático donde a los que actúan de esa manera se les engloba bajo etiquetas peyorativas: disidentes, subversivos, renegados, inconformes, hipercríticos, partes blandas, francotiradores, etc. Al mismo tiempo, se incentiva la actitud contraria: el hipocriticismo, que excluye la duda, la contradicción, el error y la opinión otra en las cosas que pican.

Por eso el discurso de la identidad es tan grato a la burocracia socialista que defiende una supuesta cohesión y unidad permanentes ante las acechanzas −reales, o exageradas− del enemigo interno y externo. De ahí que hable siempre a nombre de causas generales: pueblos del mundo / intereses de todo el pueblo / masa de trabajadores / revolucionarios de ayer, hoy y siempre / mujeres / obreros y campesinos / niñez y juventud, etc.

La cuestión de fondo es que la alta burocracia deviene en la usufructuaria de los medios de decisión. Grandes transformaciones, tareas que involucran a todo el pueblo, inversiones del capital público y posiciones en política interna y externa de las que dependen los destinos de la nación, son consensuadas y decididas por ella según sus intereses y puntos de vista.

Solo a posteriori serán aprobadas -nunca desaprobadas- por las masas, en forma más o menos democrática. De hecho, la alta burocracia (los que saben) pretende pensar por el pueblo, al que en ocasiones consulta, pero del que solo espera aclamaciones y alabanzas, no ideas contrarias a las suyas.

Con el tiempo, este rasgo trae consigo la inercia/inmovilismo ya que la represión al pensamiento crítico y creador acarrea la falta de iniciativa, el temor al cambio y la demora en la toma de decisiones ante la espera obligatoria por las respuestas y decisiones de bien arriba.

Aquí es vital el problema de la participación y la cuestión de quienes son los que merecen ejercerla plenamente en la sociedad socialista: ¿funcionarios, expertos, o ciudadanos? La experiencia muestra que este es el orden tenido por adecuado en el socialismo estatizado donde las tesis de los funcionarios de alto rango se transforman en orientaciones para la mayoría mediante decretos y cartas circulares.

Los expertos son convocados en ocasiones por sus conocimientos especializados, pero pocas veces sus conclusiones son publicadas y discutidas en la comunidad científica. Suelen ser engavetadas y tenidas en cuenta para la toma de decisiones cuando los cuadros superiores lo estiman conveniente.

Por último, los ciudadanos no tienen posibilidades reales de participar eficazmente pues sus opiniones, cuando no son ignoradas, son recogidas para engrosar grandes estadísticas. En el mejor de los casos son elevadas y luego respondidas, en el momento y lugar adecuados, con una explicación que no tiene por qué incluir la aceptación de lo  planteado.

Por ello, el modo de actuación de la burocracia socialista presume del secreteo y la compartimentación, mientras aborrece la transparencia y la rendición de cuentas al público. Ella le permite habitar en un entorno propio, como una casta cerrada que se torna un agujero negro para los extraños.

En consecuencia, la polémica franca se sustituye por el acatamiento a la “orientación de los organismos superiores”, el consignismo engañoso, la competencia a partir de la confiabilidad; la doble moral y la represión −abierta, o solapada− a la crítica mediante el terror ideológico.

En este contexto, la circunstancia nacional de plaza sitiada −con su correlato de cohesión, lealtad y entrega incondicional al supremo bien común− le brinda a la burocracia un entorno ideológico donde puede medrar a sus anchas al hacer de ella un mito.

El enemigo mortal del dominio burocrático es el control obrero; de ahí que la alta burocracia lo enfrente con todo. Para ella el pueblo es una masa  silenciosa/ruidosa. Sus opiniones serán loables siempre que vengan llenas de agradecimiento y lealtad, de lo contrario son fastidiosas y se tolerarán solo para ser debidamente canalizadas.

Con tal estilo de gobernanza las masas trabajadoras son sometidas a un proceso de desideologización que castra su espíritu de combate, militancia política, carácter crítico y hábito de pensar por sí mismos. Las que habían llegado a ser una clase para sí, se convierten en una clase para otros: los burócratas hegemonizantes que las entretienen conduciéndolas de una tarea en otra como las hormigas pastoras a las bibijaguas.

La alta burocracia concibe a la sociedad socialista como su inmensa zona de confort, tipo Facebook, donde casi todo es ligh/soft, o, cuando más, triste; pero casi nunca crítico, complicado, o subversivo. De ahí el supuesto apoliticismo que se extiende en las nuevas –y no tan nuevas- generaciones socialistas como resultado de la carencia de una praxis crítica y de sólidos valores cívicos.

Uno de los mecanismos más influyentes del poder burocrático es la censura. Esta define cuál es la respuesta políticamente autorizada/consensuada, según las retóricas ideológicas burocráticas, a las preguntas cotidianas sobre: qué se puede decir, qué se debe callar, qué (no) se hace público, dónde y cuándo.

Su variante más extendida: la autocensura, afecta tanto a los ciudadanos simples como a científicos, comunicadores sociales, profesores, estudiantes  y los propios miembros de la burocracia. Para extinguirla valdría la pena retomar las ideas del Maestro: “Brazos de hermano se ha de tender a los hombres activos y sinceros, que son la única crítica eficaz y la única honrosa en las sociedades que padecen de escasez de verdad y de energía.”[3]

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1]“Estudios críticos, por Rafael Merchán”. OC. T5, p.116.

[2]“Discurso en conmemoración del 10 de Octubre”, Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1891. OC. T4, p.264.

[3]“La Verdad”. OC. T5, p.57.

Anuncios