Hacer Revolución

Hulton Archive/Getty Images

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Algunos se preguntan por qué se sigue hablando de Revolución para referirse a la Cuba actual, cuando es evidente que la revolución en sentido estricto ocurrió hace sesenta años, y que ningún proceso de cambio radical de la sociedad puede durar eternamente. Los más avispados, dicen que el gobierno cubano trata de utilizar el triunfo revolucionario como fuente de legitimidad. Lo cierto es que podemos decir que en Cuba la palabra Revolución ha cobrado vida propia, ha ampliado y modificado su sentido original.

En la astronomía, una revolución es la vuelta completa de un cuerpo alrededor de su órbita. Para la cultura política tradicional una revolución es solo eso, la salida violenta de un estado, el proceso de transformación que termina en la conformación de un nuevo estado. El círculo cerrado. Ese carácter constructivo sería lo que la diferenciaría de una mera rebelión o revuelta, que se quedaría solo en el momento destructivo.

Fernando Martínez Heredia fue el primero que me iluminó sobre las posibles razones de la persistencia del término revolución en nuestro discurso político. Con él aprendí sobre las semejanzas del proceso cubano con la Revolución Francesa: de cómo allí se estuvo hablando durante mucho tiempo de un Gobierno Revolucionario, incluso en la época del Directorio. Para la propaganda enemiga, incluso Napoleón era revolucionario. En nuestra isla, los movimientos de liberación tuvieron en el siglo XIX una tremenda influencia de las ideas de la Revolución Francesa, lo cual puede explicar la persistencia de dinámicas políticas semejantes, incluso en el siglo XX.

Todo esto se combina con la tremenda ambición de los objetivos que se propusieron los revolucionarios cubanos, después de 1959. Fidel, el Che, y sus compañeros, inscribieron a la Revolución Cubana como parte de un movimiento mundial por la eliminación del modo de producción capitalista. No se trataba ya de llegar a una sociedad de dominación diferente, relativamente superior. De lo que se trataba ahora era de conquistar el terreno de la utopía. Penetrar por los caminos que llevaran hacia una sociedad donde se tuviera toda la justicia.

El Che le dio tremenda importancia al concepto de transición. Evidentemente, si Cuba había abandonado el capitalismo, y no había llegado aún al Comunismo, se trataba de una sociedad en transición socialista. Mirando en retrospectiva, Cuba logró dar algunos pasos, tal vez imperfectos y erráticos, pero verdaderos, en esa dirección. El proceso normal de reproducción de la sociedad fue subvertido, y el proceso de producción de nuevas realidades se puso por encima de los objetivos de la reproducción social.

En el lenguaje de Fidel, donde todo brillaba por su simpleza, esa transición socialista hacia el Comunismo era la misma cosa que la Revolución.

Con los años, el fuego creador de los primeros años se fue enfriando. Ante el peso de la realidad y del sistema mundial capitalista, la sociedad cubana se fue institucionalizando. La revolución en el sentido tradicional terminó. Sin embargo, el nuevo status quo post-capitalista surgido entonces conservó muchos elementos que han permitido avalar a la sociedad cubana como una sociedad de transición socialista. De un modo precario, dependiente del poder de una vanguardia, pero la sociedad cubana conservó una capacidad para dirigir su historicidad, y para subvertir su reproducción social, que es ajena a las sociedades normalizadas por el capitalismo.

Entonces eso es lo que ha venido a querer decir Revolución en la Cuba post-revolucionaria: todo aquello que hace de Cuba un cuerpo extraño en el mundo sin voluntades colectivas del capitalismo hegemónico. La capacidad para violentar los procesos que llevan a la inercia, a la burocratización y a la normalización de la injusticia social. Es la capacidad que permitió que en el periodo especial no se cerraran las escuelas, que permitió crear una industria biotecnológica en un país pobre, que movilizó a todo un país en una Batalla de Ideas donde se llevaron computadoras a todas las escuelas, y que ha permitido sostener la soberanía nacional frente al poder norteamericano.

Con mucha tristeza, los revolucionarios tenemos que admitir que la democracia popular que debería acompañar a esa capacidad social es débil, y que se encuentra cada vez más socavada. Nunca fue muy fuerte, por las debilidades estructurales y la falta de consciencia política del sujeto revolucionario, tanto en la vanguardia como en las bases. Y hoy somos testigos del deterioro de las conquistas obtenidas en el pasado, y del avance del mimetismo: la utilización acrítica de mecanismos propios del arsenal del capitalismo hegemónico, mecanismos que hacen que termines convirtiéndote en aquello a lo que te enfrentaste en primer lugar.

No obstante, el Proyecto Revolucionario sigue siendo una parte importante del pacto social. Cuba podría ser un caso insólito de una nación comprometida con dejar de ser lo que es. En la palabra Revolución se han sedimentado una serie de significados, de horizontes de libertad y justicia social, en donde se mezclan las utopías del socialismo y la profunda utopía martiana de una República que sea de todos y para todos. A nivel ideológico, ha venido a ser como una estrella súper-significativa, que trasciende al Gobierno y al Estado, y a la que estos están llamados a servir.

La persistencia del Proyecto Revolucionario presiona todo el tiempo a la burocracia, que, a pesar de contar con todos los resortes del control social, se coloca sobre la sociedad como si estuviera pisando un magma recién enfriado. Está forzada todo el tiempo a cumplir al menos en parte con el pacto social.

Vistas así las cosas: ¿Cómo se puede ser revolucionario en el momento actual? Mi idea es que no se trata de hacer una revolución en el sentido tradicional del término. Se trata de contribuir a que se hagan realidad todos esos significados que viven hoy dentro de la palabra Revolución. Cumplir y hacer cumplir con el Proyecto.

Creo que los ejes de la política revolucionaria deben ser dos: uno externo y uno interno. De cara al mundo externo, debemos luchar por que Cuba encuentre el equilibrio exacto entre el antimperialismo necesario y el pragmatismo que nos dice que necesitamos una buena relación económica con los EEUU.

Hacia lo interno, los revolucionarios debemos luchar por cambiar todo lo que debe ser cambiado, reformar el pacto social, fortalecer el poder popular y aprovechar las potencialidades de la nueva Constitución, de tal modo que se logre romper con el viejo paradigma del socialismo de Estado, y podamos crear una sociedad que sea coherente con nuestras aspiraciones. Debemos luchar de un modo inteligente, pacífico, creando confianza entre los cubanos e incluyendo a todos.

Estas son mis reflexiones sobre lo que significa hacer Revolución hoy en Cuba. Espero que a alguien puedan servirle.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

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