Bolsonaro y el culo ajeno

Ilustración: Elizabeth Brockway / The Daily Beast

Por Bruno Bimbi

“¿Qué hacés, puto? ¿Te rompieron mucho el culo esta semana?”. Cuando les tocaba estar juntos en la misma comisión de la Cámara de Diputados, Jair Bolsonaro se sentaba, a propósito, atrás del diputado Jean Wyllys y le decía cosas como esa. Jean lo ignoraba, pero Jair, como un chico de diez años que le hace bullying a su compañerito en la escuela, insistía:

“Respondeme, maricón”.

Una vez, en un vuelo de Brasilia a Río de Janeiro, donde ambos vivían, Bolsonaro consiguió que algún empleado de la compañía aérea le dijera en qué asiento estaría sentado Jean, para sentarse al lado. Entró al avión filmando con el celular mientras se dirigía al lugar donde su colega del parlamento, con los auriculares conectados a su celular, escuchaba música. Cuando Bolsonaro trató de sentarse con él, sin decir nada, Jean se levantó y se pasó a otra fila que estaba vacía. El niño Jair hizo un escándalo dentro del avión y filmó todo, para publicarlo luego en las redes sociales.

Ser el único gay fuera del armario entre los 513 diputados –la inmensa mayoría hombres, blancos, ricos, cristianos y conservadores– no fue fácil para Jean, pero la convivencia con Bolsonaro superaba los límites de lo humanamente tolerable. Además de sentarse cerca para insultarlo por lo bajo, también lo hacía micrófono en mano, en plena reunión de comisión o inclusive en el plenario del parlamento.

Bolsonaro ridiculizado durante una protesta de estudiantes. Foto EFE

En 2011, en una reunión del –parece broma– Consejo de Ética y Decoro Parlamentario, Bolsonaro dijo que él era “un parlamentario con P mayúscula”, a diferencia de Wyllys, que era “un parlamentario con h minúscula de homosexual”. Y agregó, sobre su colega, que “se enoja cuando le dicen maricón, pero eso no engrandece al parlamento”. En 2015, en una reunión de la Comisión de Relaciones Exteriores, Bolsonaro dijo que “hay un diputado acá que ama el último órgano del aparato excretor” y, mientras todo salía en vivo por la TV Cámara, comenzó a gritarle sin parar a Wyllys: “¡culo ambulante!, ¡culo ambulante!”. Ese tipo de situaciones eran habituales por donde iba el capitán.

En la tribuna y entrevistas, Bolsonaro usaba los términos más ofensivos contra gays y lesbianas, como si fuese su prioridad política número uno

Este año, cuando Jean decidió renunciar a su banca y dejar el país, asustado por las escalofriantes amenazas de muerte que recibía, por las que había tenido que empezar a andar en auto blindado y acompañado por una custodia armada, Bolsonaro fue a Twitter a celebrar el exilio de quien había sido su colega en el parlamento durante ocho años: “Hoy es un gran día”, tuiteó el presidente.

Pero no era solo contra Jean que Bolsonaro vomitaba insultos homofóbicos. En 2013, en una audiencia de la Comisión de Derechos Humanos y Minorías en la que se discutía un tema relacionado con los derechos de las minorías sexuales, Bolsonaro llevó un cartel con una frase que podríamos traducir como “Entregar el orto todos los días” (así, en infinitivo) y, ante la reacción indignada de un grupo de militantes LGBT que habían sido invitados a la audiencia, comenzó a gritarles desaforado, otra vez frente a las cámaras, porque le encantaba que esas cosas salieran por televisión: “¡Mierdas! ¡Banda de vagabundos! ¡Tu papá está entregando el orto y vos entregás el orto también!”, y otros insultos homofóbicos que no tienen equivalencia en español. En diversas reuniones de comisión, en la tribuna y en entrevistas, Bolsonaro usaba los términos más ofensivos contra gays y lesbianas, como si esa fuese su prioridad política número uno.

De hecho, lo era, porque fue a través de ese tipo de “polémicas” –un eufemismo que los periodistas deberíamos dejar de usar para referirnos a lo que dicen nazis, fascistas y otros personajes de la misma jungla– que Bolsonaro pasó de ser un político desconocido, parroquial e irrelevante a ocupar un lugar destacado en la política brasileña.

Manifestantes pro-Bolsonaro durante una manifestación. Foto: AFP

El primer éxito del capitán Jair Messias Bolsonaro, un exmilitar con una carrera mediocre que llegó a la Cámara de Diputados en 1991, luego de ser concejal, y permaneció allí hasta asumir la presidencia en 2019, fue que lo subestimaran y naturalizaran las barbaridades que decía y hacía, como meras excentricidades de la política-espectáculo. Eso le permitió, principalmente en la última década, crecer subterráneamente mientras nadie pensaba que fuese peligroso.

La homofobia fue el arma más efectiva en la carrera del “mito” de la ultraderecha brasileña, porque interpela prejuicios profundamente arraigados en el inconsciente colectivo

Bolsonaro no era payaso de profesión, como Tiririca, pero así lo veían sus colegas del parlamento, la prensa y buena parte de la sociedad. Cuando entró a la política, después de ser apartado del ejército por insubordinación, porque trató de hacer explotar una bomba en un cuartel, se presentaba como representante corporativo de los uniformados, pero luego descubrió que el discurso de odio contra las minorías, principalmente los homosexuales, podía ser un nicho a explorar. De elogiar a Hugo Chávez a fines de los ’90 y apoyar a Lula en el balotaje de 2002, Bolsonaro pasó a ser líder de una incipiente ultraderecha gritona, mitómana y obsesionada con el culo ajeno.

En 26 años en el Congreso, presentó apenas 172 proyectos y consiguió aprobar dos, ambos intrascendentes. Pero, en el mismo período, fue campeón en la producción de “polémicas” que lo ayudaron a hacerse famoso. Programas como la versión brasileña de CQC lo tenían como personaje casi permanente, porque las barbaridades que decía levantaban el rating y generaban repercusión en las redes sociales.

Ese fue su segundo triunfo. Bolsonaro defendía el uso de la tortura y conseguía titulares en los diarios. Afirmaba que la dictadura había matado menos de lo necesario y todos hablaban de él. Colgaba en la puerta de su despacho un cartel que decía que los familiares de desaparecidos son como perros, porque buscan huesos, y la foto viralizaba en internet. Cada declaración bizarra lo ponía en los noticieros, siempre como un personaje caricaturesco que todos subestimaban, pero todos ayudaban a transformar en protagonista.

Sin un partido –cambió de sigla varias veces, pero siempre fue un cuatro de copas– y sin poder político en el Congreso, el capitán supo explorar su papel de outsider y presentarse como un no-político que enfrenta al “sistema” y a su “corrección política” diciendo lo que piensa sin pelos en la lengua. Iba a programas de televisión y chocaba con exabruptos calculados, cada vez peores, como cuando dijo que su hijo no podría enamorarse de una mujer negra porque recibió una buena educación o cuando expresó que tener un hijo gay era por falta de golpes.

La llegada de las redes sociales fue fundamental para seguir su campaña sucia. A principios de esta década, cuando los derechos de la población LGBT comenzaron a ser reconocidos en la región –después de la aprobación del matrimonio igualitario y la ley de identidad de género en Argentina–, Bolsonaro se transformó en líder de la reacción contra esos avances e hizo de los gays su enemigo número uno, los culpables de todo, la gran amenaza contra la humanidad, copiando la retórica hitlerista sobre los judíos.

Aliado a pastores evangélicos –entre muchos, la ahora ministra Damares Alves–, popularizó la mentira del “kit gay”, según la cual el gobierno de Dilma, por iniciativa de Jean Wyllys, estaba distribuyendo cartillas pornográficas en las escuelas con el objetivo de “homosexualizar a los niños”. Lo hizo, principalmente, usando YouTube, Facebook y Twitter como canales de difusión de videos editados, noticias falsas y teorías conspirativas. Llegó a ser condenado por la justicia en más de una ocasión a retirar de la red videos difamatorios, pero la sentencia siempre llegaba cuando ya era tarde.

Casi diez años después, ahora usando los grupos de WhatsApp y la minería de datos para, financiado ilegalmente por empresarios, enviar millones de mensajes a distintos segmentos del electorado, reaprovecharía aquella mentira del “kit gay”, que muchísima gente había creído, como una de sus principales armas contra el candidato presidencial del PT, Fernando Haddad, que había sido ministro de Educación de Lula y Dilma. La usina bolsonarista de fake news también acusaría a Haddad –aunque usted no lo crea– de haber repartido “mamaderas con forma de pene” para bebés.

Mientras usaba las redes sociales y contaba con el apoyo de cada pastor en sus cultos para repetir y darle credibilidad aquella que había sido su primera fake news exitosa, los grandes medios de comunicación la presentaban como parte de una controversia con “dos lados”. Ese fue su tercer triunfo: en vez de informar que el diputado estaba mintiendo descaradamente, a los medios les encantaba la polémica y hablaban del “kit gay” como si realmente existiera, como después harían con la también inexistente “ideología de género”.

Decían que Bolsonaro estaba “en contra” del kit gay y la ideología de género, que sería como decir que alguien está “en contra” de los reptilianos. Del mismo modo, en vez de describir las constantes declaraciones ofensivas de Bolsonaro como homofóbicas, racistas, misóginas o xenófobas, los medios más importantes del país llamaban a “ambos lados” para opinar sobre cada “polémica” instalada por el capitán y sus aliados, como si existiera equivalencia posible entre nazis y judíos, o entre el Ku Klux Klan y los negros; como si fuesen apenas “dos versiones” igualmente legítimas a las que había que darles voz. La distinción entre la mentira y la verdad se fue desvaneciendo, junto a la que distingue el discurso de odio de la opinión.

Manifestantes contra el asesinato de ciudadanos negros a manos policiales en Río de Janeiro durante una protesta este domingo. Foto: AP

Bolsonaro vio que el juego funcionaba. Le gritaba a un joven activista gay en plena reunión de una comisión de la Cámara de Diputados que “tu papá está entregando el orto y vos entregás el orto también”, insultaba en vivo a una notera de televisión, empujaba a una diputada frente a las cámaras y le decía que no la violaría apenas “porque no te lo mereces, porque eres fea”, aseguraba en un discurso que los afrodescendientes “son inútiles hasta para procrear”, y, además de conquistar repercusión en la prensa, sus seguidores, pero también miles de personas indignadas, compartían los videos en las redes sociales. Para apoyarlo o para repudiarlo, ambos grupos lo hacían crecer.

Para esa estrategia, la homofobia fue el arma más efectiva en la carrera política del “mito” de la ultraderecha brasileña, porque interpela prejuicios profundamente arraigados en el inconsciente colectivo y tenía como punto de apoyo a la inmensa red de iglesias evangélicas a las que ese discurso antigay les venía como anillo al dedo. De nada hablaba más Bolsonaro que de los homosexuales, como de nada hablaba más Hitler que de los judíos. A pesar de todo esto, parte del establishment político y económico no tuvo problemas en apostar por él para derrotar al PT, luego de haber encarcelado a Lula.

Pero hay algo más. No es todo estrategia política. Bolsonaro es un hombre muy bruto y, a su manera, transparente. Hay en él un odio que es auténtico y se acerca bastante a la obsesión. La única vez que lo encontré personalmente, yo estaba en el aeropuerto Santos Dumont tomando un café mientras esperaba que abriera el embarque de mi vuelo, cuando escuché, a mi lado, a un hombre que no paraba de hablar de los gays. Que estos putos de mierda esto, que estos maricones aquello. Me di vuelta y lo reconocí. Agarré mi café y me fui a otro lado, mientras pensaba: este hombre está obsesionado.

Y no es de ahora. En 2002, cuando el entonces presidente Fernando Henrique Cardoso (sobre quien Bolsonaro dijo en televisión que habría que fusilarlo) se sacó una foto con la bandera del arcoíris, Bolsonaro imprimió y pegó la foto en la puerta de su despacho de diputado con la frase: “Yo lo sabía”. Ese mismo año, le dijo a la Folha de São Paulo que, si viera a dos hombres dándose un beso en la calle, él los golpearía. En 2010, dijo en televisión que los padres, si ven que su hijo “comienza a ponerse medio gayzinho”, tienen que darle una buena paliza. En 2011, dijo a la revista Época que no creía «que ningún padre pudiera sentirse orgulloso de un hijo gay” e insistió que, para cambiar ese “comportamiento” en un hijo, la solución es darle unos buenos golpes. Ese mismo año, entrevistado por la revista Playboy, dijo: “Yo sería incapaz de amar a un hijo homosexual. Prefiero que muera en un accidente”.

Esa declaración tal vez sea la más relevante para entender quién es el actual presidente de Brasil. No es apenas un fascista homofóbico hasta la médula y obsesionado con los gays y con el culo ajeno en general de una forma que llega a ser patológica. Es, también, un hombre capaz de desear la muerte de su propio hijo. Al menos uno de ellos, que no por casualidad sobreactúa para parecer más homofóbico que su padre. Ahora, imagínense ser gays en un país que tiene a ese hombre en la presidencia.

Tomado de: TN y la Gente

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