La sustitución de importaciones

Por: Mario Valdés Navia

La sustitución de importaciones ha vuelto con fuerza a la política económica cubana con el dramatismo de presentarse como una cuestión de seguridad nacional. Con el mismo entusiasmo que los burócratas de los 70 y 80 apoyaron que solo exportáramos cuatro o cinco productos e importáramos miles del campo socialista, los de ahora se comprometen a cumplir con este lineamiento partidista/gubernamental sin chistar.

Lo que pocos se atreven a explicar es cómo van a hacer realidad la palabra empeñada ante el gobierno y el pueblo. El problema es que sustituir importaciones es una consecuencia de un conjunto de medidas económicas que se deben tomar y no una tarea del momento para mantenernos entretenidos hasta que se quite el bloqueo, o lluevan los añorados capitales extranjeros que nos llevarán al desarrollo.

América Latina tiene record mundial en este tipo de políticas que trajeron a la par grandes logros y dificultades, aún en los mejores momentos. En los años 60 pareció que la conjunción de astros le era favorable. Fue cuando la aplicación de la política desarrollista de Raúl Prébisch y otros economistas de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL), coincidió con la decisión del US goverment de invertir cuantiosas sumas en la región para enfrentar la creciente influencia de la Revolución Cubana.

Así se logró un crecimiento sostenido por encima del 5% durante más de una década, la producción se diversificó y se expandió el empleo, las pymes, la clase media y el mercado interno. A su vez, se desató una hiperinflación, crecieron los monopolios estatales y se distorsionaron los indicadores del mercado.

Los principios de la sustitución de importaciones están definidos hace tiempo: subsidios estatales para la producción de sustitutos; aranceles a la importación y tipo de cambio elevado. Ninguno de los tres está presente en Cuba hoy pues el Estado no tiene para elevar la inversión y, en cambio,  le exige a estas empresas sustituidoras ser rentables (¿!), importar sin aranceles y aplicar un tipo de cambio que favorece la importación y no la exportación.

Esto último ha sido uno de los factores principales por lo que los economistas cubanos insisten en la necesidad de terminar con la doble moneda y la multiplicidad de tipos de cambio. En el ínterin, las empresas cubanas no tienen  un referente económico preciso sobre su rentabilidad, lo cual impide que se pueda saber a ciencia cierta  cuáles son realmente las rentables.

La cuestión de fondo es que esta política es muy riesgosa porque niega una ley de la economía internacional: la de las ventajas comparativas y conduce a un proteccionismo que recae sobre los bolsillos de los consumidores. No obstante, ante la necesidad imperiosa que tiene Cuba de equilibrar las balanzas comercial y de pago, el camino de la exportación hay que retomarlo.

De hecho, hoy hasta las grandes economías de menos rentabilidad, como EEUU y Japón han optado por virarse hacia el mercado interno. Incluso China lo ha decidido ante las sanciones y la ralentización del crecimiento en los últimos tiempos. ¿Cómo no hacerlo Cuba que lucha por su supervivencia?

Pero no me queda claro que la política económica cubana actual esté consciente que no es lo mismo aumentar las exportaciones que sustituir importaciones. La experiencia desarrollista latinoamericana mostró que tener que importar los insumos para la industrialización llevó a la quiebra a muchos industriales nacionales.

Lo peor es que el fantasma de la doble moneda crea la impresión subjetiva de que el trabajo de los cubanos no crea valor. Los burócratas pseudo-empresarios y pseudo-economistas que defienden aún este engendro parecen decirle a Marx: “Te equivocaste Moro. En Cuba hemos descubierto que el trabajo que se expresa en CUP no crea valor. Por eso solo nos interesa exportar y sustituir importaciones y al c… el mercado interno.” Ni los mercantilistas del siglo XVI, anteriores a la era industrial, fueron tan confundidos por sus propios mitos.

Para sustituir importaciones habrá que invertir más en la producción nacional, abrir espacios a la inversión nativa y extranjera en las pymes, unificar la moneda para que todos compitan en igualdad de condiciones y la rentabilidad se revele en el mercado, fortalecer el peso como medida de valor y medio de circulación, ampliar las ofertas del mercado interno y gravar las importaciones con fuertes aranceles.

Si la consigna pretende adquirir visos de realidad se necesita un paquete de medidas que incluya, además, ofertas de capital estatal para financiar las mejores propuestas de industrialización sustitutiva, contabilidad rigurosa para saber si realmente es económico fabricar el bien internamente y apertura de la ventajosa y subutilizada Zona Especial del Mariel a los productores nacionales.

A eso se le ha de sumar el apoyo de todos los dioses del panteón cubano y universal y que La Fuerza nos acompañe. Disculpen si parezco un aguafiestas -como Marx- pero es mejor pensar bien primero y hacer después, como nos enseñara Varela. Más cuando se pone en riesgo el empleo del poquito capital público y privado con que contamos y es preciso pisar con pies de plomo para tener un futuro.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

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