Pensar la revolución

Por: Miguel Alejandro Hayes

La revolución que tuvo lugar en Francia marcó toda una forma de pensar a aquellas que le sucedieron en la historia. Eso, llegó también hasta la Revolución Cubana. Algunos de los efectos o implicaciones de ese enfoque pueden ser negativos.

Los revolucionarios franceses -aquellos que encabezaron el proceso de subversión de la totalidad social-, creían que la preparación previa de un grupo en el momento de mayor tensión de las contradicciones llevaría a la formación de un alto sentido político de la sociedad, que concluiría con el proceso que cambiaría la dinámica del sistema social. Era la teoría de las luces.

Esa no fue solo la forma de pensar de aquellos galos, era la del sujeto revolucionario. Era por tanto, la manera de pensarse a sí misma, de imaginarse, la Revolución Francesa; y así se propagó como molde. La supervivencia de este prisma se puede apreciar en la importancia de los líderes en la construcción historiográfica que tanto abunda aun.

Desde entonces, una buena parte de lo que conocemos como revoluciones –lo hayan sido realmente o no- se han visto en su espejo. Una de los movimientos que no pudo escapar de esa autoconciencia, fue el cubano. En la Revolución Cubana, la vanguardia “que sabe hacer las cosas” ha sido una constante, incluso, sobrevive hasta hoy la tesis de esta como modelo macro de la conducción social en Cuba.

Pero los momentos de cambios sociales no se pueden juzgar, por cómo se autodefinen, por todos esos colores que ellos mismos se ponen, explicaba Marx. Los riesgos de escribir la lógica de la historia estando inmerso en ella, eran asuntos que más de una vez señaló el alemán. Y lo cierto es que lo iniciado en 1789 ha sido sometido a revisiones muy serias, y desde hace varios años que se superó la teoría de las luces.

Se ha aclarado que no se trata de una preparación previa; que el estallido no tiene ocurrir en el momento de mayor contradicción económica; y que no es cuestión del sujeto político, sino del sujeto real -si de revoluciones se trata-. A pesar de ello, la Revolución Cubana por tanto, sus protagonistas, para pensarse a sí mismos, se han quedado atrapados en aquellos viejos esquemas ilustrados, sobre todo, en el último aspecto mencionado.

Lo particular, es que el imaginario social cubano es atravesado por la idea de Revolución. A pesar de que vivimos en una etapa posterior a esta, culturalmente seguimos  dentro de ella –en su dilema a favor o en contra-. De ahí que el cómo pensamos la Revolución, ha determinado cómo nos concebimos, como sociedad, como individuos dentro de esta. El resultado, es que la dimensión del partidismo político desde la cual nos definimos, penetra  las propias relaciones humanas en sus más elementales esferas. Sus efectos no solo van a la práctica política propiamente -y se hacen notar.

En no pocos espacios y ocasiones en Cuba ha sido –o es- más importante la identidad de ser revolucionario, que la propia condición humana; o mejor dicho, el ser revolucionario se convirtió, no en una actitud humanista y que recoja diferentes aristas de la vida humana –asociadas al nuevo sistema de valores construidos en la Revolución-, sino en una actitud estatista asociada al signo político -basta conversar en ciertos círculos, y ver cómo todavía se juzga a la gente por ese criterio-. La apreciación de un sujeto visto desde lo político –en relación al poder del estado-, ha sido más importe que un sujeto visto desde su totalidad humana.

Pensar la Revolución, que ella se piense a sí misma, que nosotros los cubanos la pensemos; no es solo un ejercicio historiográfico o de trazar una estrategia política a favor o en contra, ha sido, sobre todo, una forma de definir lógicas de cómo nos relacionamos como individuos. Por eso, en la medida que veamos la Revolución, no en su dimensión política, sino asociada al sujeto cotidiano, real, natural –en boca de Marx-, en la medida que sea esto último y no lo primero lo que defina, codificaremos también nuestras relaciones sociales en el mismo sentido.

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