Radiografiando Prado y Malecón

Foto: Silvia / HPS

Por: Egor Hockyms

Quizá el problema más complejo que enfrenta hoy la sociedad civil cubana, tanto la oficial como la independiente, es la horrible polarización de los medios y consecuentemente de los agentes generadores de opinión. Atrapados por más de cinco décadas en el estrecho marco de dos modelos rígidos contrapuestos, los principales medios de noticias dentro y fuera de Cuba han seguido una vez más un discurso de guerra fría para describir la marcha del 11 de mayo.

En Cuba mutis periodístico, y acaso una breve alusión ya extemporánea presentando la marcha, otra vez, como una provocación contrarrevolucionaria. Fuera de Cuba el abundante reporte de un fracaso, de otro intento inútil de expresión colectiva bajo una dictadura represora. Es muy difícil deshacerse de estos dos discursos no solo para la prensa sino incluso para el pensamiento político individual de los  cubanos. Y esto no significa que pensemos solo en esos términos, sino que de algún modo son esos los términos que anclan la discusión y estandarizan el valor de las opiniones.

Cuán gusana o cuán comecandela es una opinión ha tenido durante mucho tiempo más peso que la opinión misma.

Por eso es necesaria una lectura sosegada de la marcha del sábado, porque por primera vez se ha organizado en la Cuba revolucionaria una manifestación cívica descentralizada. Y si esto no fuera suficiente, baste solo decir que por primera vez, durante esos cientos de metros desde el Parque Central hasta el malecón, vimos marchar en una multitud armoniosa a ciudadanos conocidamente opositores junto a otros que, entrevistados minutos antes por una periodista en la escena, se identificaban orgullosamente como defensores de la Revolución.

En el relato de los hechos habría que comenzar por la suspensión de la conga contra la homofobia y el rol de Mariela Castro. Mariela es la directora del Cenesex, un centro que ha sido por mucho tiempo identificado como la voz de la comunidad LGBT+ cubana, y en muchísimos sentidos la identificación no ha sido inadecuada. Todos en Cuba saben que el Cenesex ha hecho una labor absolutamente impresionante por los derechos y por las libertades de la comunidad LGBT+ y lo sigue haciendo, es algo avalado con hechos y con abundantes logros independientemente de las críticas que se le pueden hacer.

Quizás un día la sociedad civil cubana entregará un premio Mariela Castro a personalidades que han contribuido a la lucha por la igualdad de género. Pero no hay que olvidar que el Cenesex es un centro estatal, no es una comunidad y no tiene que seguir en general reglas de pluralismo en la toma de decisiones. Así este año el Cenesex anunció la suspensión de su tradicional conga contra la homofobia que durante una década fue el equivalente cubano del desfile del orgullo gay.

Las razones dadas, a saber, que el enemigo usaría la actividad para promover su propia agenda, sin más detalle, provocaron el comprensible malestar y escepticismo de buena parte de la comunidad y de una sociedad civil que hoy tiene una presencia y una actividad muy importantes en Facebook y Twitter. La conga claramente es una actividad del Cenesex y por lo tanto la decisión de suspender o no la conga corresponde únicamente a ese centro, no hay nada que imputar. El Cenesex además mantuvo el resto de las actividades de su Jornada contra la Homofobia, incluso la fiesta programada para ese mismo día, si bien cambió el horario de inicio para coincidir con la cita del Parque Central.

Probablemente nadie en ningún caso descartó la posibilidad de que Mariela tuviese información de inteligencia sobre algún plan de los grupos opositores para atentar contra el espíritu original de la conga. Sin embargo muchos decidieron, (y esto es muy importante) aún así, asistir a una marcha alternativa cuya concepción fue tomando cuerpo a medida que el debate sobre la suspensión del orgullo gay se extendía en las redes sociales.

La cita fue fijada para las cuatro de la tarde en el Parque Central y a esa hora desde allí unas 150 o 300 personas, depende de quién cuente, comenzaron a caminar Prado abajo con las banderas de Cuba y del arcoíris en una sola asta, gritando consignas de Cuba diversa y de sí se pudo. Durante la marcha no hubo ningún reporte de declaración contrarrevolucionaria ni tampoco loas a la Revolución, enfocados en la causa del respeto a la diversidad sexual los manifestantes visiblemente emocionados desfilaban con alegría frente a un gran dispositivo de medios oficiales de prensa, exclusivamente extranjera.

La policía siguió la marcha con profesionalidad durante todo el paseo y por ese lapso todos vimos, más allá de la igualdad de género, cuánto sería posible con una reforzada voluntad de respeto mutuo entre cubanos. Al final de Prado incluso, cuando ya la policía y otros efectivos del MININT cerraban el paso y detenían, aún la esperanza se cifraba en el diálogo. Los vídeos subidos a Twitter tomados cerca del intercambio que se establece entre el oficial que (quizás) estaba a cargo del operativo y la línea principal de la manifestación son de un civismo impresionante dadas las circunstancias.

El oficial hablaba de la tolerancia de la policía que ya había permitido esa marcha a lo largo del Prado visto que la manifestación no tenía autorización ninguna. Y presentaba este argumento sin asomo de arrogancia, en un tono de persuasión inusitadamente llano que contrastaba con aquél de los otros agentes en el momento de los arrestos. Del lado de los manifestantes interpelados la apreciación era comprensiblemente otra, pero se volcaba también en clave de diálogo.

El libre derecho de cruzar al malecón, que ya no implicaba siquiera detener el tráfico, porque proponían pasar despacio y organizadamente a ritmo de semáforo hasta la ancha acera frente al mar, era de un sentido común aplastante. La policía sin embargo tenía claramente la orden de no dejar pasar, quizás porque en Malecón la situación sería más compleja llegado el caso de una eventual intervención. En comparación con Prado el malecón es una vía muy rápida, con mucho más tráfico y mucho menos espacio para un margen de maniobra.

Los eventos que se desarrollaron en este punto llevaron al establecimiento de un cordón policial que finalmente impidió el paso a Malecón y a San Lázaro. Llevaron también a un grupo de detenciones con maltrato, cuyas fotos provocaron la vergüenza de muchos incluyendo intelectuales revolucionarios como Silvio Rodríguez, Vicente Feliú, Luis Alberto García y Haydée Milanés.

De forma bastante controversial los arrestados fueron todos ciudadanos abiertamente opositores y en su mayoría heterosexuales. Sobre esto las narrativas vuelven a alinearse en el eje polar. Según el anti-oficialismo, estas personas no hacían nada fuera de lo normal estando allí como cualquier otro manifestante hasta que fueron detenidos violentamente. Según el oficialismo fueron justo estas personas quienes no acataron las ordenes de la policía con el propósito de generar un incidente violento que tuviera impacto mediático.

Es plausible, a falta de más detalles y con escasa evidencia, que la realidad se haya parecido más al segundo escenario, esencialmente porque ni la policía ni el gobierno ganaban nada con generar un incidente violento en ese contexto, muy al contrario. Por otra parte la marcha se había desarrollado con tranquilidad y era posible, como se vio, establecer entre policía y manifestantes un canal de diálogo más o menos decente, justamente porque no había en principio un protagonismo opositor.

En cualquier caso, provocado o no por el grupo de opositores, la violencia se produjo y el impacto mediático también. En ese sentido el saldo es triste: si los opositores tenían una agenda oportunista que usaba e irrespetaba a la comunidad LGBT+ la cumplieron bien y el Cenesex siempre estuvo en lo cierto, si en cambio fue la policía quien provocó el incidente entonces el Cenesex quizás de algún modo involuntario marcó la agenda, y la oposición se anotó gratuitamente el activismo.

Parecería que en este escenario los únicos perdedores son la comunidad LGBT+ y por extensión la sociedad civil independiente. Pero este es el momento de reconocer nuestro propio sesgo y el hecho de que hacemos siempre una lectura polarizada. No es que el Cenesex actuara mal y los manifestantes con todo el derecho del mundo a andar sin permiso por donde quisiesen marcharan junto a una oposición inocente que sirvió a la malvada policía de chivo expiatorio para enturbiarlo todo. No es tampoco que el Cenesex hiciera bien condenando el desfile de una masa de ignorantes donde el enemigo provocó un show que enturbió todo.

No se trata, en suma, de estar más o menos de acuerdo con esos enunciados, en el sentido de una medida de posicionamiento entre un extremo azul y otro rojo. Se trata de reconocer que hay otras dimensiones, reconocer que en esa visión polarizada se pierde mucho de la esencia misma del 11 de mayo.

No es tan difícil de hacer, y lo interesante es que los manifestantes, intuitiva y colectivamente lo entendieron así. Es por eso que la misma multitud que no pudo cruzar al malecón, tras un comprensible momento de frustración, continuó alegre. Y después de los arrestos a los opositores y del cordón policial, cuando el gobierno se apresuraba ya en darles a los detenidos su minisesión de calabozo y el resto de la oposición corría a twittear un episodio de represión contra la comunidad gay, el Prado aún reverberaba con besadas y consignas.

Más aún, como un sacrilegio tremendo para los dogmas lineales de unos y otros, la misma doble bandera que desfiló en Prado ondeaba al caer la tarde en la fiesta hermosa del Echeverría, donde una comunidad y una sociedad civil se encontraba con la otra, pasada ya la difícil decisión de las 4:00 pm, sin aspereza ni exclusión. Celebre quien quiera su triunfo, pero esa bandera doble es un símbolo de unos nuevos tiempos que rompen el molde de la guerra fría. Un tiempo que se abre paso desoyendo los recurrentes insultos que cruzan de un lado al otro, y desmarcándose de los extremistas de ambos lados que son incapaces de ver siquiera algo bueno en la otra esquina.

La sociedad civil independiente llegó para quedarse. Tiene motivaciones propias, se mueve en el medio digital y ha demostrado un poder de convocatoria que no responde necesariamente a las líneas institucionales. Eso es un hecho, es justo y debe alegrarnos porque significa que Cuba está viva. Significa además que estamos frente a uno de los grandes retos del recién estrenado estado socialista de derecho. El legislativo debe apurarse en aprobar una normativa que legalice por defecto las manifestaciones populares en las que el financiamiento exterior no sea demostrable.

La negación de autorizaciones tiene que ser en lo adelante la excepción y no la regla. El ejecutivo debe garantizar una policía uniformada y claramente identificable que sepa proteger las manifestaciones e intervenir en forma civilizada. Si resistirse al arresto genera una situación difícil la policía deberá ser aún más profesional. Y cuando para inmovilizar a un hombre que se resiste haya como ahora que romperle la cara, el judicial tendrá que estar a la altura de un estado de derecho y enjuiciar apropiadamente.

En cuanto a la oposición, esa que no recibe de los Estados Unidos motivación financiera y a la que asumo pertenecen los detenidos del orgullo gay, es comprensible su ansia desesperada por un trozo de espacio público. No es malo ni bueno, o al menos ese no es el punto. Esa oposición, sin embargo, le haría un bien al país absteniéndose de promover su agenda particular a costa del espacio público ganado con mucho esfuerzo por una sociedad civil que es, como saludablemente debe ser, políticamente diversa.

Esperar esto no es ingenuo, lo ingenuo es ignorar la bandera multicolor y seguir pensando, unos y otros, que la sociedad civil tiene que seguirlos y que el futuro se podrá escribir en blanco y negro.

Las manifestaciones independientes solo han empezado con esta del orgullo gay; seguirán. Nadie tiene que sentir ridículo por este atraso en términos globales. Cuba es un país singular, con una historia muy específica de sueños y frustraciones que no se parece a ningún otro. Un país donde un bistec es un lujo y un doctorado un derecho. Donde si la primera marcha independiente llegó en 2019, la cirugía de reasignación de sexo existe hace más de diez años y tiene cobertura universal y gratuita.

No minimizamos lo que nos falta, vamos a por eso, y debemos ir desconfiando de los  guiones escritos, porque no hay guión para un país como el nuestro. Y en estos momentos quizás la única fuerza que puede ver eso con frescura ciudadana es la sociedad civil. La sociedad civil en sus dos variantes: la independiente, cuidando no plegarse a un discurso oposicionista anquilosado; y la oficialista, zafando poco a poco el nudo gubernamental que la limita.

Las manifestaciones seguirán y el Prado es un lugar ideal, ojalá la próxima sea precisamente para exigir una ley de manifestación. Una con la que comencemos a habitar la realidad tal y como es, multidimensional, donde lo gusano y lo comecandela hacen una arista, no un eje absoluto sobre el que todo tiene siempre que proyectarse.

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