A propósito de un festival

Imagen: Girón

Por: María Victoria Oliver

Concluyó el Tercer Festival de Jazz en Matanzas. Cuántos momentos de regocijo proporcionó al espíritu ver jóvenes recién salidos de nuestras aulas hacer buena música, unidos a la experiencia de músicos cuyos nombres ya forman parte de la historia de la música cubana.

Obra sinfónica digna de encomio la que nos ofreció en su concierto Alejandro Falcón, que a pesar de su juventud denota un alto oficio en la creación. Su partitura, transida del alma de nuestro folklor, hizo vibrar el canto negro en la elegancia de las maderas, mientras el toque ancestral en los parches evocó el “Monte Espiritual”, heredado de los barrios de esta ciudad mestiza que le vio nacer.

Otros, más allegados a lo popular, aportaron una forma de hacer y decir la música, con natural y espontánea belleza, en la cual  fundieron las raíces negras del jazz con el tronco imperecedero de lo nacional. ¿Latín-jazz?, ¿jazz cubano?, ¿fusión?, ¿post- modernidad? Más allá del término, es una cultura musical de y para estos tiempos, que expresa sus verdaderos valores con el ímpetu que le proporciona la juventud.

No obstante, fue este también un espacio propicio para la reflexión. Algunos de los jóvenes que nos brindaron su arte han transitado por el sistema de enseñanza artística durante largos años, pero a pesar de ello no han accedido al Instituto Superior de Arte (ISA), esencialmente, porque sus intereses profesionales van dirigidos hacia la música popular, y los perfiles de las carreras que allí se ofertan no coinciden con las expectativas de estos músicos.

Tal cuestión nos hace considerar que ya es tiempo de dar respuesta a esta demanda lógica de formación, reflejo del desarrollo de la enseñanza musical en Cuba. La Isla tiene magníficos músicos populares universitarios, que bien pudieran ejercer la docencia si se creara una carrera para el estudio del jazz y la música popular en el ISA.

Foto: Girón

Por otra parte, la formación en la enseñanza media superior no prepara suficientemente a sus futuros graduados en los géneros referidos a la música popular, tanto cubana como latinoamericana. Así se puede constatar en los contenidos de las diferentes asignaturas que componen los planes de estudio.

Para los egresados de este nivel comienza un período de aprendizaje fuera de la academia que durará tanto como lo permitan el desarrollo de sus habilidades y la formación de capacidades inherentes a esta especialización musical. La situación planteada merece un llamado de atención si se tiene en cuenta que estos alumnos, cuando terminan  la enseñanza media, se consideran aptos para integrar diferentes formatos de la música popular e interactuar con un público tanto cubano como  foráneo, con un alto nivel de exigencia. Hacer nuestra música con decoro es un imperativo en la defensa de la identidad y una carta de presentación al mundo para exponer los logros alcanzados por la cultura nacional.

Otra arista del mismo tema, con implicación más comprometida, se nos presenta ante la realidad de aquellos músicos empíricos que, por disímiles razones, no cursaron por el sistema de enseñanza especializada y hoy optan afanosamente por una evaluación artística, para obtener su aval profesional.

Es importante recordar el imperativo que motivó el origen de aquella primera evaluación realizada en 1968, en  un contexto histórico-cultural caracterizado por la nacionalización y/o el cierre de cabarets, casinos, bares, restaurantes y centros nocturnos; razón por la cual fue ineludible instituir el salario fijo, o subsidiado, para los artistas y agrupaciones, como forma de compensación por la disminución de sus fuentes de empleo.

Pasados cincuenta años, aún es esta una herramienta utilizada para que los músicos, fundamentalmente “prácticos”, prueben sus conocimientos y habilidades ante un tribunal con el fin de integrar un catálogo artístico y acceder a un trabajo. La agravante radica en que, en aquella época, los músicos no profesionales podían obtener una preparación a través de las Escuelas de superación profesional para la cultura, que les permitía ascender por niveles en su formación. Actualmente este no constituye un objetivo de esas instituciones. Entonces, se impone la pregunta: ¿dónde pueden superarse los músicos empíricos que se evalúan y, de hecho, están en ejercicio?

Se ha perdido un eslabón necesario en el proceso de formación y desarrollo del músico popular, pues, como en toda época, existen individuos que no han tenido preparación musical oficial en edades tempranas y sería absurdo que quedaran descartados del proyecto de evolución de la música cubana. Deliberar sobre estos aspectos es salud para la música, sobre todo en un momento en que afloran tantos géneros y pseudo-géneros populares de tan mala factura.

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