Igualdad desigual

Foto: Alexas_Photos / Pixabay

Por: Gabriela Mejías Gispert

Soy mujer, soy cubana, soy privilegiada. Jamás me sentí inferior ante un hombre, se lo debo a mi familia y a la Revolución.

Puedo decir con orgullo que en mi tierra no existe diferencia salarial entre hombres y mujeres. El aborto constituye un derecho al cual podemos acceder de forma libre, gratuita y segura. Mi condición de fémina jamás fue impedimento para asumir responsabilidades, ocupaciones, cargos, estudios o expresarme ante mis iguales. En disímiles ocasiones caminé sola de madrugada para volver a mi casa; siempre tuve cuidado, pero nunca sentí miedo. Sin embargo, la violencia psicológica, verbal y física hacia la mujer es moneda corriente.

Si nos comparamos con mujeres de países como Argentina, México, Colombia o Brasil; por mencionar algunos, nos encontramos en situación de privilegio. En Cuba hombres y mujeres somos iguales ante la ley, pero no en nuestra cotidianidad. Si la ley no contempla la sociedad que legisla, será ineficiente. Negar que vivimos en una sociedad donde se reproducen conductas machistas propicia que dichas acciones se sigan transmitiendo generacionalmente.

¿Podemos hablar de femicidios en Cuba?

El 4 de Octubre de 2015, la directora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) Mariela Castro Espin, en una entrevista al diario “Tiempo Argentino” resaltó que en Cuba no los tenemos, lo cual asegura es un efecto de la Revolución.

No culpo a nuestra diputada por repetir a vivas voces una sensación imprecisa acerca de la problemática en la isla, lastimosamente sigue siendo del criterio de nuestros dirigentes que visibilizar ciertos temas crean inseguridad en la población. Ni siquiera la ONU tenía detalles de las cifras de femicidios en la Isla.

La prensa del boca a boca cuenta otra historia:

  • Hace 2 semanas la madre de un amigo fue tirada desde el balcón de su casa, la empujó el esposo durante una discusión.
  • Unos años atrás supe que a una chica de Alamar la encontraron muerta y violada en Cojimar, dicen que fueron 2 hombres de la zona 10.
  • Una conocida de Cárdenas me contó que descuartizaron a una muchacha de su pueblo hace dos años.
  • A través de un contacto de Facebook supe que mataron a una mujer a puñaladas frente a sus hijos, por celos.
  • Cuando era niña, una madrugada pasó una pareja gritando: él la llevaba agarrada de los pelos; los niños jugábamos en la acera, los adultos hablaban por lo bajo “Esa es la que vive por los sitios, creo que engañó al marido”

Si sigo escribiendo hago prensa amarillista, si digo femicidio, tendré puristas defendiendo lo indefendible. Creo que todas las personas que vivimos en Cuba hemos escuchado “historias” como estas. Algunas las sabemos ciertas, otras las creemos confiando en quien nos la cuenta.

Llamémoslas por su nombre; son FEMICIDIOS

¿Qué características las define como tal? En 1970 se acuña el término como alternativa para diferenciar del neutro “homicidio”. Tiene como fin visibilizar la discriminación, la desigualdad y la violencia sistémica contra la mujer, que muchas veces termina en la muerte de las mismas.

Lo que diferencia ambos términos es la situación que las propicia. Un hombre que mata, violenta o agrede a una mujer por su condición de mujer. Por la certeza machista de que le pertenece, de que es superior a ella tanto física como socialmente. El conteo de mujeres que murieron en manos de sus esposos, ex esposos, novios, hombres cercanos o desconocidos, figura dentro de los cómputos de homicidios del Anuario Estadístico de Salud sin diferenciación alguna de los homicidios.

Mucha agua cayó desde la declaración de Mariela. Cuba comienza a tener una voz alternativa a través de las redes sociales. Aquellas “historias” incomprobables son hoy una certeza que se visibiliza cada vez con más frecuencia.

En el reciente Foro de los países de América Latina y el Caribe sobre el desarrollo sostenible, celebrado en Chile en abril del presente año, Cuba reconoció por vez primera las cifras de femicidio en la isla. Declaró en el marco de dicho evento, los resultados de la Encuesta Nacional de Igualdad de Género realizada en 2016, exponiendo que en los 12 meses antes de la encuesta, 26,7 por ciento de las mujeres sufrieron violencia en el seno de la pareja y otro 39,6 por ciento en algún momento de su vida.

Si bien esta información aun no es de dominio popular, constituye un salto sin precedentes para la visibilización y posterior tratamiento del tema en Cuba.

Tenemos un Estado presente y tozudo, que hace más de hace 50 años sentó las bases institucionales para luchar contra la desigualdad, las formas de discriminación y la violencia. Es innegable que gracias a eso tenemos una tasa de femicidios mucho más baja que en el resto de América Latina; sin embargo, la realidad demuestra que los mecanismos creado por los órganos del Estado no son suficientes.

Disímiles organizaciones cuentan con investigaciones y trabajos con enfoque de género en nuestro país: UNFPA Cuba, el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), el Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), el Proyecto “Todas contracorriente”, el Centro de Estudios de la Mujer (CEM), la Federación de Mujeres Cubana (FMC), Campaña únete, colectivo Nosotrxs, por solo citar algunas.

Lamentablemente, su labor constituye un trabajo paliativo ante una problemática que no se puede solucionar solamente con información, acompañamiento, charlas o consejos.

Todo lo anterior lleva a cuestionarme ¿Qué sucede con el trabajo de dichas organizaciones? ¿Acaso el Estado no considera una problemática atendible la violencia de género? Disculpen el atrevimiento, pero me parece que falta una parte imprescindible de la diada para afrontar el conflicto.

No basta con educar, dar apoyo emocional, investigar. Esta forma de tratar la violencia ha llevado a falsos criterios, como aquel dicho popular que reza: “si la golpea es porque ella se lo busca o le gusta” logrando así que muchas mujeres que sufren de violencia de género callen por miedo o por prejuicios.

La necesidad de una Ley sobre violencia de género, así como la inclusión del término femicidio en el código penal, es imperiosa. El sistema penal deja muchas lagunas ante las denuncias. Mientras el acoso, las amenazas y los casos de violencia familiar caen en un agujero legal, donde las víctimas poco pueden hacer hasta que no ocurra el peor desenlace. La falta de visibilización lleva a la mitificación, la desacreditación y por consiguiente la falta de apoyo hacia las mujeres que conviven con violencia de género.

No existen soluciones particulares para una mujer que enfrenta situaciones violentas. Lo personal es político; si el Estado no contempla legalmente los femicidios también es responsable de las muertes.

Y si la violencia de género deja marcas, la falta de una ley deja femicidios.

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