Los humildes y los soberbios

Foto: Asamblea Nacional

Por: Mario Valdés Navia

La soberbia es considerada como el pecado capital primario. Su expresión más peligrosa es cuando se presenta en aquellos que pertenecen al grupo de poder hegemónico en un momento determinado. En esos casos, la alucinación que provoca en la visión de los poderosos respecto a los demás afectará sus modos de gobernar a las grandes masas.

Si la soberbia se entroniza en un grupo de poder de origen militar tiende a crecer en progresión geométrica debido a los tradicionales hábitos de ordeno y mando de ese sector. Si a eso se añade el lastre acumulado tras largos períodos de ejercicio de un poder omnímodo, los niveles de soberbia pueden llegar a destrozar la escala de cualquier soberbímetro. Por eso Martí no dudó en advertirle a tiempo a su querido y respetado M. Gómez: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.[1]

En la Cuba de hoy la soberbia ha proliferado en los predios de la burocracia y suele crecer según aumenta su nivel. Para los burócratas el mundo está organizado a su manera y lo que se sale de ella nunca es su culpa ni puede ser admitido. Cuando los males no son imputables al imperialismo, los atribuyen a indisciplinas o deslealtades, dos vicios humanos que les son intolerables.

Hace pocos días se divulgó en la televisión un intercambio en la ANPP donde se volvió sobre el tema de las indisciplinas sociales. Allí nos enteramos con sorpresa de que, para algunos de nuestros gobernantes, la culpa de que se venda combustible y carne de res en el mercado negro es de los compradores/receptadores.

De paso, se llamó al pueblo/población a cumplir con el deber de denunciar a cualquiera que le propusiera comprar algo por la izquierda pues su dinero deben gastarlo solo en las TRD estatales y demás comercios autorizados.

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Muy tarde y fuera de contexto llega ese reclamo y por eso su destino obligado es caer en saco roto. Desde hace cincuenta años los cubanos aprendieron de Marx que si la ley del valor es expulsada por la puerta, entrará por la ventana. Así, ante las prohibiciones, limitaciones y absurdos del racionamiento oficial, apareció el vendedor furtivo de cuanto producto alimenticio, industrial, o superfluo pudiera imaginarse.

Lejos de disminuir con el tiempo, esa modalidad económica ─conocida popularmente por muchos nombres: ilegal, informal, ilícita, sumergida, bolsa negra, subterránea, resolvedera, por fuera, por la izquierda, o mercado negro─ devino en poderoso sector económico. Es muy grave que en Cuba sea aún desconocida y poco estudiada cuando, en casi todo el mundo, es objeto de investigaciones académicas.

No obstante, es sabido que se extiende por las esferas del comercio, agricultura, industria, transporte y los servicios, y representa un mercado no solo suplementario, sino alternativo al oficial. Más allá de los controles, restricciones y escaseces de la economía estatizada, la informal ha suplido muchas de las insuficiencias del monopolio estatal aunque, paradójicamente, sus fuentes de suministro principales sean los propios almacenes y recursos ─técnicos y humanos─ del Estado.

La difusión de la resolvedera ha traído consigo una tensión moral en las familias cubanas que, sin embargo, ha sido superada mayoritariamente por varias generaciones. Estos millones de hombres y mujeres, aun cuando permanecen fieles políticamente al ideal de la Revolución, asumen  hacia el mercado ilegal un criterio similar al defendido por los productores libres de la colonia al ejercer el comercio prohibido ─¡su derecho al rescate!─, sin dejar de ser, al mismo tiempo, súbditos fieles de la corona.

El criterio altanero que escuché sobre la indisciplinada población –recibido sin chistar por los diputados− suena aún más vacío cuando los cubanos y cubanas sabemos que los que nos exigen comprar solo en los sobrevalorados comercios oficiales no acuden a esos establecimientos para abastecerse. Ellos gozan de dietas especiales y posibilidades de adquirir directamente bienes y servicios sin costo alguno, por lo que la cuestión de equilibrar el precario salario real para llegar a fin de mes es algo que no les afecta en lo más mínimo.

No es con miradas soberbias e irrespetuosas sobre los modos de subsistir del pueblo/población que se resolverán los problemas económicos de Cuba. Cada vez más se requieren políticas económicas inteligentes, medidas que destierren lo mal hecho y estimulen las buenas prácticas. Pero hoy, no cuando existan las condiciones ideales –internas y externas- que se han puesto como condición para mejorar.

Más que nada, hay que elevar la participación de los colectivos obreros y el valioso grupo de economistas revolucionarios críticos en la conducción económica. Oír y convocar más a los humildes y no a los soberbios. Que los dirigentes aprendan de M. Gómez cuando, refiriéndose a unos obreros agrícolas a la vista, dijera a Martí: “Para estos trabajo yo”.[2]

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1]Carta a M. Gómez, New York, octubre 20, 1884. OC, T1, p.280.

[2]“El General Gómez”, Patria, 26 de agosto de 1893. OC, T4, p.450.

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