La ciencia del No Hay

FOTO: SEBASTIÁN LISTE / BLOOMBERG BUSINESSWEEK

Por: Escrutinio Arévalos

30 de abril. Hace unas horas, sobre la una de la mañana, me enfrenté a una de las ya usuales “consignas” de algunos de los establecimientos estatales en la capital. Cuando le pedí al dependiente una caja de jugo fue solícito en su despacho y automáticamente me dio la espalda y siguió hurgando en su teléfono celular. Hasta ese punto todo correcto y yo pude haberme ido, pero ahí radica el asunto.

Uno de ellos fue el que me habló, porque el dependiente me tenía que devolver diez centavos CUC, mas no lo hizo y cuando le cuestioné si la caja costaba el precio que mostraba, para que se percatara de que no me había dado el cambio de mi dinero, solo entonces, me dijo, como quitándose una culpa de encima, que no tenía menudo para darme, así, cuento pelao´, no tenía tiempo.

No quise enfrentarme en una batalla ya perdida de antemano en la cuestión, en principio ética, de hacerle la observación tácita de que al menos, como uno de sus deberes ante mis derechos de consumidor, me refiriera exactamente lo que casi le obligué a decirme. En el sistema universal de compra y venta, entendido así por quien suscribe, no hay manera de que un comprador se quede sin el resultado de su vuelto, como en este caso. También me pregunto cuáles son las posibilidades reales de que me vendiese la caja de jugo aun faltándome diez centavos.

A partir de aquí se suceden múltiples cuestionamientos referentes a las funciones que tienen para con los compradores los empleados de un establecimiento de comercio estatal, el fondo de la caja de recaudación y hasta la posible idea de que ese comprador quiera darse por estafado.

No obstante, tres horas antes, en compañía de mi novia y una pareja amiga nos habíamos querido dar un “festín” comprando en el mismo lugar una botella de Vodka y un paquete de galletas dulces para las muchachas. Conclusión, no alcanzamos a ver nuestro vuelto de treinta centavos  CUC.

Antes, durante y después de mí, ¿cuántos clientes pudieron haber sido “abducidos” por las teorías conspirativas de la “ciencia del No Hay” solo en ese turno de trabajo? ¿Cuántos, como yo, decidieron “dejar las cosas como están” y “alimentaron” los bolsillos del “obrero”? ¿Fue solo una situación fortuita o una consecuencia de las coyunturas internacionales que aterrizan diariamente en Cuba en vuelos sin escala?

Ejemplos como estos tengo de sobra con nombre y dirección incluida, como el de la conocida “leyenda” del punto de venta situado en 23 y G, “Las Bulerías”, donde desde hace años, ante cualquier compra, cambio mediante, los dependientes resuelven la cuestión ofreciendo “caramelitos” para paliar la cara iracunda de cualquiera de nosotros. Caramelitos cuyo precio verdaderamente, en la mayoría de las cafeterías estatales en divisas que los comercializa, estriba en la no desdeñable suma de 2 por 5 centavos CUC. Caramelitos con los que desgraciadamente no podría pagar un ómnibus, comprar una jaba de nylon, ofrecerlo en caridad a una anciana para que se compre su café, o tan siquiera dárselos a mi sobrino para que los guarde en su alcancía.

Ante tales prerrogativas que amenazan y persiguen al cliente más básico van tomando forma otras, que si bien no juegan con la economía de cualquier viandante citadino, si preocupan por la “profesionalidad” con que se esgrimen.

Céntrica panadería de 23 y 12 perteneciente a la Cadena Cubana del Pan. Nueve de la noche. Cola que bien podría suponer el estreno en vivo del último capítulo de la Octava Temporada de Juego de Tronos en el Cine Chaplin, actores en el plató incluidos. La dependienta y un panadero llevan media hora contando lo que a mí me llevó diez minutos, 352 panes en las bandejas, para inmediatamente después, ambos dos, como diría el poeta César Vallejo, ponerse a cuadrar la caja. Quejas susurradas de la gente, comentarios de ¡hasta cuándo!, ¡esto es todos los días y a la misma hora!, hasta que por fin, la respuesta visceral del panadero: es la hora en que podemos hacerlo, si no te gusta, ve a quejarte a la Plaza.

Cafetería “Pollo Ditú” de 17 y 26, también en el Vedado. Abierto 24 horas. Tres de la mañana. La cerca que lo resguarda cerrada con candado. Tengo que gritarle al dependiente que por qué tengo que gritarle para comprar una cerveza que de casualidad, veo en lontananza en el mostrador. Respuesta: a esta hora hay muchos delincuentes por aquí, qué es lo que tú quieres, ah, y que sea con el dinero exacto.

Servicentro Cupet de 17 y 12 (que el Vedado sea recurrente no es una coincidencia, para mal de ellos vivo justo allí), cerrado a las 8 de la noche porque no hay trabajadores para cubrir la plantilla y el aire acondicionado está roto. Qué raro. Los mismos que dictan el destino de las ganas de mi novia por tomarse un pote de helado, son los propios trabajadores que no existen. Otra respuesta: ahí tienes el número de atención al consumidor, quéjate con ellos. Quizás y no debamos dejar pasar por alto lo simbólico que podría resultar a partir de ahora vivir en el Vedado.

Las políticas del gobierno cubano en materia de calidad de los servicios, están siendo revisadas bajo la mira telescópica y la égida del presidente Miguel Díaz-Canell, el cual en más de una ocasión ha dicho y ha exigido públicamente que los servicios a la población tienen que estar a la altura de los esfuerzos que hace el país para salvaguardar esa conquista allende obtenida, hoy, en el más puro ostracismo. El presidente también ha referido que los servicios brindados por las instituciones estatales, sobre todo las de comercio, tienen que parecerse o superar las brindadas por el sector no estatal de su misma categoría, donde de alguna extraña manera, nada de lo escrito aquí sucede.

No obstante, ayer pude llevarle la caja de jugo a mi sobrino, ingresado en el hospital pediátrico Marfán, en 17 y 2, justo al frente del Pollo Ditú (otro de la misma cadena extrahotelera Palmares) de la primera anécdota. Es más, para hacer valer mis derechos como proletario y sindicalista, en pocas horas tal vez asista, (cosa que hube desestimado hace años) al desfile por la celebración del Primero de Mayo, en la Plaza de la Revolución, donde podría enarbolar todos los carteles con mis quejas (burujón puñao), para ver si de alguna manera y de una vez por todas, alguien las escucha y logramos desterrar a los desgastantes teóricos de la ciencia del No Hay.

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