Cuba frente al Imperio

Foto: Yaimi Ravelo / Resumen Latinoamericano

Por: Mario Valdés Navia

La celebración del 1 de mayo en Cuba fue una masiva demostración de apoyo a la Revolución y rechazo a las pretensiones de la administración actual en la Casa Blanca. Más allá de la ritualidad y el consignismo presente en estas marchas, millones de cubanos y cubanas dijeron presente al llamado de la dirección política y dieron una muestra fehaciente de unidad ante las amenazas de Trump y su eminencia gris para Cuba, Marcos Rubio.

Desde pequeño escucho el siguiente razonamiento: “El día que los Estados Unidos eliminen el bloqueo se les acabará el pretexto a los dirigentes cubanos para justificar todos sus errores en la conducción económica del país”. Con el tiempo aprendí que la cuestión no es tan así y que por ese camino se termina en el absurdo de achacar el mantenimiento de la Revolución en el poder a los propios gobernantes de los EEUU.

Cierto es que la soberbia imperial hace lo suyo. No hay más que revisar la historia de las relaciones entre ambos países para constatar que la vieja Política de la Fruta Madura sigue rigiendo la visión de Cuba de los gobernantes estadounidenses. Expuesta por John Quincy Adams cuando era Secretario de Estado en el gobierno de James Monroe (1817-1825), fue la causa principal de la Doctrina Monroe (1823) y su supuesto parón a los estados europeos con el lema «América para los americanos».

De hecho, la tal doctrina fue una falacia histórica y política que no impidió las intervenciones militares de las potencias europeas (España, Francia, Inglaterra) en países sudamericanos. En cambio, sí fue altamente eficaz en su pretensión de mantener a Cuba en manos españolas hasta que los EEUU tuvieron fuerza suficiente para quedarse con ella (1898).

Por eso no es sorpresa que hoy se desempolve el viejo argumento cuando se trata de acabar con la Venezuela bolivariana. Para hacerlo se intenta sacar a Cuba del combate mediante el socorrido método de exacerbar sus problemas internos y externos. Lo primero con el cierre abrupto de las relaciones diplomáticas, las limitaciones a los intercambios people to people−tan incentivados por Obama−, la prohibición a sus ciudadanos de traficar con propiedades de las FAR y la limitación de las remesas.

Por cierto, esta última medida, al limitar las remesas a 1000 dólares por trimestre, parece encaminada directamente a perjudicar al naciente sector no estatal que recibía capital del exterior sistemáticamente. Retorcida lógica que afecta a los incipientes emprendedores cubanos, abiertamente prohijados por el presidente anterior.

En el plano externo se ataca a Cuba por su flanco débil: la economía. A despecho de lo decidido por los presidentes Clinton, Bush y Obama por más de veinte años, Trump acaba de activar el polémico artículo 3 de la ley Helms-Burton que permite a ciudadanos cubanoamericanos abrir reclamaciones en tribunales estadounidenses contra entidades que trafiquen con sus propiedades nacionalizadas por el Estado cubano.

Esta pretensión, de carácter absolutamente extraterritorial, reabre el litigio con los gobiernos de Canadá, México y Europa, que defienden soberanamente a sus compañías presentes en Cuba. No obstante, Rubio y Bolton confían en que esta política hará salir a muchos inversores actuales y disuadir a los potenciales partidarios de invertir en la Isla.

En este contexto de agudización de las relaciones las preguntas obligadas son: ¿realmente piensan Trump y sus asesores que doblegarán a Cuba con esta vuelta de tuerca?, ¿acaso no logró más influencia al interior de la sociedad cubana la política de acercamiento e intercambio de Obama?,  ¿no será todo esto una maniobra politiquera para garantizar el triunfo de Trump en las primarias de La Florida y luego en su intento de reelección presidencial?

Lo cierto es que, sean cuales sean los propósitos de Trump, Rubio y Bolton, la mayoría del pueblo cubano que habita la Isla les ha dejado claro, con su participación masiva y entusiasta en las celebraciones del 1 de mayo, que no hay espacio para sus pretensiones en la voluntad política prevaleciente en la Isla.

Para los que creemos que hay aspectos del socialismo cubano que es necesario sustituir y/o perfeccionar, estos acontecimientos nos reafirman varios aspectos. Primero, que no hay solución real y digna a los problemas de Cuba mediante la aceptación del ultimátum histórico que significa la aceptación de ley Helms-Burton.

Segundo, que es preciso acelerar las transformaciones imprescindibles del proyecto socialista cubano a partir de nuestras potencialidades internas. No hay tiempo ni certeza para seguir creyendo que la salvación de la economía cubana vendrá por el incremento sustancial de la inversión extranjera. Menos aún, por un mejoramiento de relaciones con los EEUU que conduzca al fin previsible del bloqueo.

Romper las ataduras burocráticas a las fuerzas productivas cubanas, en primer lugar, a su creativa, talentosa y desmotivada fuerza de trabajo; unificar la moneda y fortalecer el peso; ampliar el mercado interno; darle autonomía real a los colectivos empresariales y a los municipios y acabar con el secretismo y las estadísticas dudosas: ese es el camino para enfrentar mejor la nueva arremetida del Imperio.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com