Escudo, espada e inclusión

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Por: Giordan Rodríguez Milanés

En mi opinión, necesitamos reinterpretar el apotegma “Cultura: escudo y espada de la nación”. A primera vista, parece la más precisa re-contextualización de aquella aseveración martiana: “Ser cultos en el único modo de ser libres”. Pero sólo a primera vista.

La frase martiana se sustenta en un ideal inclusivo: la unidad de todos los cubanos, más allá de credos ideo-políticos, en aras de la independencia respecto a España. Con el apotegma corremos el riesgo de reducir la cultura a un cierto carácter beligerante, a un mero instrumento de confrontación para hacer prevalecer determinada ideopolítica sobre otra, determinado modo de entender las relaciones sociales y la vida sobre otro, sin ningún margen para el debate o la crítica.

Martí tuvo razones concretas y legítimas para organizar la lucha por la independencia de Cuba. Los cubanos de hoy también tenemos razones similares para defendernos de agresiones extranjeras, o del intento de descalificación de los valores de este país con caballitos de Troya. No se trata de renunciar al derecho y el deber de preservarnos, y andar hacia nuestros destinos soberanos.

En todo caso, diría,  que en la circustancia actual la cultura es escudo y espada de la nación en el contexto de defenderla del atentado a sus valores compartidos, o sea, del atentado a sus intereses conciliados y acatados por la mayoría. Sin restar por credos, ni por la búsqueda de la adhesión acrítica a eventuales liderazgos en el poder.

La cultura generadora de esa libertad a la que hace alusión el ideario martiano, y sustentada simultáneamente en el ejercicio de la libertad de todos quienes la forjen,  debemos asumirla con carácter holístico, y no como mera herramienta para la fabricación de productos artísticos contra enemigos ideológicos verdaderos o supuestos, antagónicos o de ocasión.

La libertad esencial del ser humano culto radica -y debería verificarse-, en el derecho  de cada individuo a pensar a partir de su propio sistema de creencias y saberes individuales y compartidos, “a ser honrado”, como nos enseñó Martí, y a conciliar su actuación y participación social con el acatamiento del Estado de Derecho.

Es por ello, que el proceso de conciliación, aprobación y proclamación de nuestra Constitución, me parece el fenómeno cultural más importante de cuantos hemos efectuado este siglo en Cuba. Su sostenibilidad depende de que, haciendo uso de la libertad martiana, continuemos en la cotidianeidad con la exigencia por nuestros derechos y garantías. Y hagamos efectivo  el compromiso con nuestros deberes ciudadanos desde lo individual y lo social.

En la nación cubana de hoy -incluida la diáspora- necesitamos operar con la cultura entendida más como sistema de valores que como arma. Hay que incentivar y explotar aún más su componente axiológico para acompañarnos los unos a los otros.

Hay que superar la retórica de las analogías bélicas en un mundo donde la guerra sólo le conviene a nuestros enemigos

Ahora se trata de ser cultos para comprendernos en la diversidad. Ser cultos para establecer puentes, sí, no sólo con el que piensa como tú, sino además con el que piensa y se expresa distinto a ti o distinto al partido. Y ser cultos para reconocer el derecho ajeno como propio, lo cual no significa ser pasivo y tonto ante quien te quiere mal, o te quiere hacer daño desde el mercenarismo o la simulación. Para estos últimos, estarían las leyes y la consagración del Estado de Derecho.

Coincido además con la interpretación que hacía el profesor bayamés Víctor Montero del ser humano culto. Decía Montero, que él había aprendido de Martí que un hombre culto era aquel que, en primerísimo lugar, hacía bien lo que le correspondía por elección y méritos propios y que, cuando hacemos bien nuestro rol somos buenos, y ya estamos siendo libres, y ya estamos respetando el derecho ajeno a ser libres.

De tal modo el director de una empresa estatal socialista eficiente y exitosa ya sería bueno, culto y libre. Bueno, culto y libre, el  barrendero que te limpia el sendero cotidiano, el periodista que revela profesionalmente la imperfección, o el cantautor que nos pone a pensar, aparte de amar.

Y si por espada entendemos el instrumento para cortar de raíz la sinrazón y el absurdo. Y si por escudo enharbolamos las garantías de lo diverso y minoritario en la sociedad cubana, tanto como las garantías de lo conciliado y masivo, entonces sí, volveríamos al principio, a la cultura como escudo y espada de una nación que, si bien continúa asediada, sabría preservar su espiritualidad e identidad aun en el asedio.

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