Los pobres y los intelectuales

Vista de la favela de Turano en Río de Janeiro el 11 de marzo de 2014. Foto: Sergio Moraes / REUTERS

Por: Manuel García Verdecia

A raíz de la ascensión al poder de varios gobiernos de tendencia derechista en el continente americano, lógicamente que estudiosos y analistas se han dado a la tarea de averiguar las posibles causas de este fenómeno. Uno de los aspectos más enigmáticos y controvertidos es llegar a entender la razón por la que gente pobre vota a favor de sectores que, se supone, no favorecen a las personas más necesitadas.

El desconcierto ha llevado a nombrar a este tipo de personas como “pobre de derecha”. Particularmente el que esto escribe se niega a aceptar tan fácil concepto. Votó por alguien de derecha, pues de tal inclinación. En primer lugar me pregunto si los pobres tendrán, por la forma en que han vivido y las posibilidades que se le han dado, la posibilidad de discernir con diáfana profundidad que es ser de una u otra mano. La pobreza no es de izquierda ni de derecha sino de la parte dislocada y desesperada adonde la necesidad arrincona y esclaviza a las personas. Ya Carlos Marx establecía que la libertad es abandonar el reino de la necesidad. De donde se coligen que estos seres son prisioneros de sus penurias.

Si fuera tan simple la fórmula,  o sea, que los pobres actúan por simple inducción de los medios y el encanto con que los hechiza la vida de los ricos, pues solo habría que desarrollar una amplia campaña de divulgación que muestre lo contrario para contrarrestar esos presupuestos. Pero las campañas existen y los discursos de los candidatos de izquierda no dejan de advertir. Se pudiera objetar que no están en igualdad de proporciones, pero de todas formas hay campañas ideológicas de izquierda, incluso con medios de comunicación propios.

De manera que hay formas de llegar a una gran parte de la población para exponerles las contrariedades de ir por la derecha. Sumado a esto hay que decir que muchas de estas personas han votado por partidos de izquierda en ocasiones anteriores. Entonces, ¿qué sucede? ¿Cómo se produce el cambio? Ninguna respuesta es fácil cuando se trata de opciones que dependen de las aspiraciones y los intereses humanos. Los pobres no son más que víctimas de aquellos que manipulan y medran a costa de su indigencia y su incultura.

Presidente colombiano Iván Duque saluda a sus partidarios. Foto: Carlos Eduardo Ramírez

Una respuesta tan pronta y fácil como la del “pobre de derecha”, podría llevarnos a reconocer que también hubo el “pobre de izquierda”. Nos referimos a esas masas obnubiladas por himnos y consignas que creyeron en las promesas del “socialismo real” que naufragó en Europa Oriental.

En el caso de esos pobres que, contra toda lógica, votan por gobiernos que, según lo conocido al menos, no los beneficiarán, puede ser que el cansancio y el desespero donde lo arrinconan la precariedad y la frustración los mueva a buscar una salida mediante una decisión quizás irracional pero que les deja un posibilidad abierta. La lógica los guía de la siguiente manera: si algo no funciona, se cambia. No importa hacia donde sea el cambio pero en el acto de variar en sí se abre una oportunidad de que algo se logre. Además de esa eventual esperanza, aplican un castigo a quienes no les han cumplido, lo cual les confiere un transitorio sentimiento de poder.

El fenómeno de la pobreza, por todo lo que engendra la precariedad material y espiritual en el ámbito de la proyección y el accionar humanos, es sumamente complejo y no puede entenderse desde una simplificación ideológica. La pobreza, el hecho de carecer de los medios necesarios para desarrollar una vida física y mental dignas, genera las condiciones para que florezcan la ignorancia, la falta de un pensamiento crítico consciente y un irracional entusiasmo de grupo que no pocas veces lleva a los sujetos por caminos errados. No hay nada más arduo en la educación de las personas que formar una mentalidad analítica, creativa, independientemente sensata que sepa hacia dónde va y cómo llegar hasta allí. Eso en un medio indigente es doblemente difícil.

La batalla más importante del progresismo en el mundo es contra la pobreza. Foto: Corbyn Wrigh

Hacen falta políticas sensibles y humanamente concebidas que tengan como fin, no remediar en cierta medida la pobreza para alcanzar una base social más amplia, sino eliminar radicalmente la pobreza y ayudar a estos seres a diseñar sus propios proyectos de vida en permanente crecimiento de objetivos esenciales del ser. Obviamente, también se necesitan políticos persuadidos de esta política, que actúen por convicción y no por oportunismo, pues ellos son el rostro de la política y el espejo donde se avizora el mundo de oportunidades que se consiguen de seguir la senda propuesta.

Nada hace tanto daño a determinada política, por muy coherente y positiva que parezca en sus enunciados, que actitudes y prácticas de los políticos (como la corrupción y el engaño) que contradigan lo promulgado.

Hay que estar convencidos de que la erradicación de necesidades básicas puede eliminar en parte la pobreza, pero no tan fácilmente la mentalidad que esta ha modelado. Es por eso sumamente esencial el trabajo educativo y cultural constantes, debidamente concebidos. Por otra parte, la eliminación de la pobreza nunca puede entenderse como una meta de llegada, pues ello no implica la supresión de las crecientes y mutantes exigencias de los sujetos. La satisfacción de determinadas carencias engendra la aparición de otras necesidades y aspiraciones. El ser humano es inconforme por naturaleza.

Las plataformas políticas deben armonizarse con los momentos de evolución de las personas y sus anhelos progresivos

En definitiva, el objetivo de cada vida es poder desplegar la mayor cantidad posible de las potencialidades del ser. Es la dialéctica de la vida y por eso ya no vivimos en cuevas ni cazamos con garrotes. Toda estructura política que limite o retarde esa dinámica progresiva de anhelos y empeños, siempre será un lastre a barrer, independientemente de la tendencia que enarbole. Es importante que las personas con conocimiento y sensibilidad investiguen en la esencia del problema y no se queden en lo fenomenológico.

En ocasiones los intelectuales se proyectan como si habitasen otro mundo. Estos, por su formación y su ocupación poseen cierta información, determinadas herramientas que les permiten analizar asuntos de mayor intelección. Pero esto no quiere decir que vivan en otro nivel del mundo ni que sean personas superiores. Mayor intelección no implica directamente mayor calidad humana. Sobran los ejemplos en la historia del pensamiento. Sencillamente son individuos con un modo de pensar ilustrado que pueden usar con efecto público. Sin embargo hay que cuidarse de la arrogancia que suele acompañar a algunos intelectuales que, por pensar que poseen la verdad, creen que los demás son seres de segunda clase. Las actitudes arrogantes que hacen creer que uno es poseedor de la verdad y el otro está equivocado solo enquistan los odios y generan violencia.

El intelectual también tiene que cuidarse de creerse el portavoz del “pueblo”, de “los pobres”. Esto es otro tipo de fantasía ególatra. ¿Quién confiere esa función? ¿Quién le concede esa potestad? ¿Acaso ha consensuado con cada individuo del pueblo, de los pobres, para saber qué opinan y si le dispensan esa facultad? Él no puede ser más que portavoz de su propio pensamiento y, si acaso este lleva alguna verdad genuina, entonces aspirar a aportar una base teórica para que desde ahí, los otros puedan hacer sus propias construcciones intelectuales. Casi siempre los que se creen portavoces son aquellos amparados por algún tipo de poder por el cual hablan y escriben, usualmente, defendiendo esa suave sombra protectora y no precisamente a los pobres.

Siempre me ha parecido central el concepto de Octavio Paz de que el intelectual debe estar equidistante de todo poder para así no tener otros compromisos que los que su conciencia contrae con la verdad y la vida.

La Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad cumple una importante función como organismo que articula a parte del pensamiento crítico latinoamericano. 

El verdadero intelectual cumple su papel con humildad: comparte conocimientos y perspectivas sin imponer su visión. Es fundamental entender la aseveración del maestro Osho en tal sentido: “Cada vez que sientas que eres la excepción, hazte a la idea de que la mente te está engañando.” Además hay numerosos intelectuales que viven literalmente en la pobreza, pues no siempre la obra inteligente legítima y desinteresada se paga con generosidad. Quizás estos son los que mejor entienden la actitud, a veces desconcertante, de sus semejantes.

Es necesario estar alertas pues se empieza sintiendo repugnancia por ciertos actos y se termina sintiendo repugnancia hacia los actores, o sea, los propios seres humanos que mayormente son mártires de los contextos económicos y los rejuegos políticos. En definitiva, en términos humanos, nadie es superior a nadie y lo que se necesita para el logro de un estándar de vida más digno es la transacción, el diálogo, el consenso y la participación inteligente y activa a favor de todo cuanto sea genuinamente bienhechor.

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