El extremismo cubano

Foto: NBC News

Por: Giordan Rodríguez Milanés

Heredero de la inquisición y el conservadurismo español, el extremismo criollo se consagra durante la Cuba revolucionaria. Cuando una parte de él migra a Estados Unidos, se convierte al fundamentalismo en Miami y se pone al servicio de la fragmentación de la nación cubana. El otro se queda en la isla, radicalizándose por los ataques externos y su propia voluntad.

El origen del primero está en los oligarcas y mafiosos que habían aupado a Fulgencio Batista. Los ricos eran conscientes de su clase y de que en revolución no podrían continuar su depredación. Sus acólitos -sirvientes, empleados y mantenidos-, en cambio, no tenían conciencia de clase pero les sobraba oportunismo, arribismo y deseos de triunfar a cualquier costo. Ambos tenían algo en común: un anticomunismo furibundo devenido anticastrismo.

Es harto conocida la historia de como Miami se convirtió en una gran ciudad, en parte, gracias al dinero robado o esquilmado por los batistianos a la Republica de Cuba. Además del trabajo duro de muchos emigrantes que, sin conciencia de clase, solazaron sus nostalgias con la certeza de que no vivirían las penurias que -según les habían enseñado y les confirmó el posterior fracaso del socialismo de Europa del Este-, el comunismo debía proporcionarles.

Mientras, en Cuba se educaba al supuesto hombre nuevo haciendo lo contrario a lo que sugería Carlos Marx. Renunciábamos al estudio de los filósofos clásicos y las fuentes originales -a pesar de la alerta al respecto realizada por el Che a Armando Hart en 1965- y los sustituíamos por traducciones soviéticas, demonizábamos lo diverso -desde Los Beattles hasta La Nueva Trova-, convertíamos el ideal martiano de la vinculación del niño con el trabajo en cercas alambradas, disciplina casi militar, escamoteo de la familia como garante de la educación, todo por una supuesta cohesión en torno al Estado.

Soldado cubano junto a refugiados en el puerto de Mariel el 23 de abril de 1980. Foto: Jacque Langevin

El segundo gran éxodo voluntario hacia La Florida fue El Mariel”. Este demostró que no eran suficientes las campañas de alfabetización y escolarización, la Ley contra la Vagancia, las guaguas Hino con aire acondicionado, los trenes especiales, el helado Coppelia y las pizzerías. Tampoco ayudaron las Unidades de Apoyo a la Producción, la parametración cultural, educacional y científica, o los manuales soviéticos.  En Cuba persistían los daños sociales y prejuicios heredados del colonialismo y el capitalismo.

Así florecieron el oportunismo, la marginalización de determinados sectores proletarios, el racismo no institucionalizado y el machismo aderezados, que se sumaron a un nuevo prejuicio incorporado por el proceso revolucionario: la intolerancia ante cualquier tipo de diversidad ideopolítica y la señalización de un potencial enemigo en cualquier persona cuya individualidad ostentara autodeterminación entre la masa.

El Mariel se prestaba para “sanear” la sociedad cubana ante el estancamiento de la formación axiológica del “hombre nuevo”. Y a los emigrantes por causas filiales, económicas o políticas, se sumaron otros extraídos de contextos identificados como malsanos: lumpen, homosexuales, hippies, o cualquier sujeto que se considerara portador del “diversionismo ideológico”.

Los que no fueron declarados excluibles por Estados Unidos, mudaron su modo de vida a la floreciente Miami, y ya desde entonces comenzarían a ser usados como peones del odio más rancio del anticastrismo. Aquí habían quedado, junto con los revolucionarios complacientes o críticos silenciosos,  los tiradores de huevos, los comunistas convencidos, los milicianos, el futuro que necesariamente sería de hombres de ciencias.

La agudización de la escasez y la precariedad económica, desde la caída del socialismo de Europa del Este, agudizan el costo social que en términos axiológicos, en mi opinión, arrojan las políticas excluyentes, prohibitivas, parametradoras desde la ortodoxia soviética, que han perdurado a pesar de los cambios generacionales y geopolíticos. Como consecuencia del bloqueo imperialista y la mala administración interna, la retórica política ortodoxa cubana no puede ser sustentada por la producción material, de modo que el desarrollo de los recursos humanos no encuentra realización personal, y la psicología del asediado inmoviliza las fuerzas productivas.

Los anti-valores persistentes en la sociedad revolucionaria, y buena parte de esos revolucionarios inconformes hasta entonces silenciosos o crípticos, emergen en el contexto de la crisis económica de los noventa, como anticipo de la deformación axiológica estructural que ahora apreciamos: la prostitución, el cohecho y la tolerancia ante el robo sistemático a la propiedad estatal se valorizan lingüísticamente al sustituir las palabras prostituta por jinetera, ladrón por luchador, robar por resolver, tráfico de influencias por sociolismo.

Ninguno de esos comportamientos son propios del llamado “Período Especial”, como generalmente se trata de demostrar, se venían sedimentando en las consignas, las marchas del pueblo combatientes, el uso propagandístico de los medios de comunicación, las guerras internacionalistas, las prohibiciones de esto o aquello, la doble moral y todo lo que nos había parecido trascendente -como efectivamente lo era-, hasta que, no sin sorpresa, el “maleconazo” nos pone la mirada en una Cuba que jamás habíamos visto ni escuchado por televisión o radio, y la emigración ordenada o desordenada se convierte en un fenómeno sistémico y cotidiano.

El Maleconazo ocurrió en la Habana el 5 de Agosto de 1994

Si bien hay una nación cubana rica en valores humanos: solidaria, profundamente altruista, talentosa artística y científicamente, emprendedora, honrada; coexiste con ésta su antítesis y, lo mismo que la primera ha viajado con la emigración, y encuentras en cualquier otra parte del mundo, por ejemplo, cubanos dispuestos a mandar toneladas de ayuda a los damnificados de un tornado, o exponer su propia vida en la lucha contra el ébola; esa antítesis también ha viajado, y se enquista en la ciudad desde la cual, paradójicamente, se emana más amor filial por Cuba: Miami.

En este mundo donde la tecnología y las redes sociales acercan las distancias comunicativas entre los cubanos de la isla y los emigrados, las manifestaciones de esos valores humanos, y esos antivalores, -o sea, sus valoraciones- son potencialmente manipulables en función de intereses diversos, que van desde el ultraderechismo facistoide y supremacista hasta el más puro estalinismo.

Pero en este texto nos ocupamos de los extremos confluyentes: el de la exclusión ortodoxa “izquierdosa” que ve un contrarrevolucionario en cualquiera que no integre el coro acrítico que aplaude  absolutamente todas las decisiones del PCC, por este lado, y el del odio visceral de parte de los “democratosos” a todo lo que, desde la isla o fuera de esta, contenga críticas constructivas para la Revolución, o la aceptación y defensa de sus logros.

Extremos confluyentes en los prejuicios y daños sociales arriba enunciados, heredados del colonialismo y el capitalismo, y potenciados por la ortodoxia ideopolítica de la isla, aquí, y por el enemigo doctrinal de la Revolución, la explotación capitalista y la nostalgia, desde Miami fundamentalmente.

Aunque con matices diferenciadores, la retórica de la exclusión y el odio en las redes sociales y la bloguería, parte de un mismo principio: cualquier mensaje marcado por la diversidad ideopolítica, viene del enemigo o, al menos sirve a sus intereses. De tal modo, vemos a «democratosos” etiquetar de “comunista” -que en Miami quiere decir “Peor Ser Humano Posible”-, a todo el que se atreva a reconocer públicamente el más mínimo afecto o reconocimiento por alguna arista de la Revolución. De igual forma, vamos a leer comentarios y textos de extremistas “izquierdosos” que le etiquetan la condición de “mercenario” a cualquier sujeto crítico del Gobierno o el Partido cubanos.

¿A quién le sirve la exclusión y el odio?

¿Le sirve a un Partido Comunista anquilosado que necesita más que nunca el reconocimiento de los cubanos y de la integración consciente del pueblo a su programa político? O será que le sirve a los herederos de los enemigos de clase de la Revolución y su carroña, con dineros y medios de sobra para manipular las carencias y frustraciones individuales de los actuales desclasados, que ni siquiera tienen conciencia de clase entre deslumbramientos, créditos y deudas.

¿A quiénes le sirve la descalificación de lo diverso, de la expresión honrada a contracorriente y el asesinato de la reputación de los sujetos que se resisten a adherirse a los extremos de exclusión y odio?

Yo tengo mis respuestas. ¿Y usted?

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