¿Camino a un estado de derecho?

Por: Miguel Alejandro Hayes

La nueva constitución nos proclama como un estado -socialista- de derecho. Sin embargo la ausencia de un tribunal de garantías constitucionales, es una fuerte debilidad en cuanto a mecanismos institucionales que permitan su realización. Y podemos agregar otro factor: el reforzamiento de dinámicas políticas centradas en un líder.

En el funcionamiento de las sociedades, se puede apreciar, según algunos teóricos, la dicotomía liderazgo-instituciones. Estas, son las expresiones simbólicas de en dónde el todo social en su tendencia resultante tiene depositada la confianza en cuanto a su ordenamiento.  Así, ante la ausencia de una hegemonía cultural basada en el ordenamiento jurídico, político e institucional –el poder simbólico de las instituciones-, se abre paso a la figura de un líder -o conjunto de estos-, como objeto que va a ser esa encarnación y personificación simbólica de la sociedad –al conjunto de normas, principios, valores-  a la que se aspira -al menos como expresión de la que no se quiere-.

Un buen ejemplo para tales movimientos, es la propia Revolución Cubana. La huida de Batista y de una buena parte de las principales figuras de sus instituciones, además de la pérdida de confianza en estas por parte del pueblo, fueron claves para crear un vacío que tuvo como resultado el liderazgo indiscutible de Fidel.

Se aprecia luego de aquellos primeros años previos a la institucionalización, un largo periodo -que nos llega hasta hoy- donde ha coexistido la figura del líder, combinado con la creación de un esquema institucional, que en mi opinión, siempre fue más débil que este. Prueba de ello son las acciones del propio Fidel -en beneficio del país- para las cuales él mismo reconoció que tuvo que saltarse ciertos mecanismos institucionales.

Acompañando esto, siempre ha estado la conformación de una cultura, una conciencia cotidiana, politizada, que acompaña ese modelo y que puede notarse en la difusión de mensajes que han ponderado el culto al líder (y de un conjunto de estos, insisto) muy por encima del culto a la institucionalidad. O para ser más claro, la práctica semiótica del discurso político cubano –no solo en la oficialidad, sino en toda la sociedad- logró crear una simbiosis entre el líder y el esquema institucional, donde la primera se segunda, pero en realidad es solo una dependencia funcional de la relación de liderazgo.

Así, se ha visto, un mensaje que representa el ordenamiento institucional social – el socialismo- siempre asociado a las relaciones de liderazgo, donde ese vínculo termina por lograr en el sentido común del sujeto cotidiano, hacer sinónimo a lo primero de lo segundo, y viceversa.

Terminó siendo el socialismo, el significado del significante (la figura principal y líder de la Revolución). Luego, en la medida en que el socialismo se asociaba al líder, la sociedad  mantenía la producción cultural de liderazgo: tener una figura que representa el orden económico, político y social deseado –vigente-. Fenómeno este que se repetirá en la medida que líder sea mantenido a nivel discursivo a la par de las instituciones, como expresión tal orden social.

Así ocurrió el desarrollo de un esquema institucional, un culto a este (socialismo) que era también un culto a la relación de liderazgo en última instancia. La primacía de esta, donde ocurría que lo primero era solo una herramienta del segundo, y que en conjunto son un sistema armónico, condiciona que el debilitamiento de cualquiera de ambos afecte el devenir de dicho sistema simbólico líder-esquema institucional.

Por eso, la salida de las figuras más emblemáticas, aquellas que encabezan el extremo superior de la relación de liderazgo, y el ascenso de nuevos espacios independientes en diferentes esferas de la vida, a la par de cierta pérdida de eficiencia y credibilidad de algunas instituciones, hacen que la relación simbólica mencionada se vea debilitada. Pero una sociedad que se ha encaminado y conducido de una manera, y desconoce los nuevos actores y espacios, corre el riesgo de intentar repetir las mismas fórmulas acríticamente.

Así vemos hoy una prensa que pretende ponderar a la figura del líder, tomándolo en ocasiones como centro de la noticia y opacando el hecho del que fue partícipe. Incluso algunos han sospechado que se quiere establecer comparaciones con un joven Fidel Castro.

No corresponde a estas líneas evaluar el impacto de tal actividad de los medios estatales. Lo cierto es que mientras sea así, poco se hace. El hecho de que los  medios oficiales continúen presentando al líder como mejor sinónimo de la construcción social en el socialismo, no contribuye a una cultura de que sean las instituciones la fuente simbólica del orden social.

El culto al imperio de la ley –socialista en nuestro caso-, de sus instituciones, es todavía la asignatura pendiente mientras a su lado se ponga a un dirigente, por lo que estamos muy lejos de la conformación de una cultura cotidiana para ese estado de derecho. La ausencia de sus instituciones, son solo el resultado de la ausencia de esa conciencia. Es en la sociedad civil donde se producen las relaciones de poder, de hegemonía, y así lo reflejan los órganos del Estado. Por eso, la principal batalla por un estado de derecho, estaría no en la lucha por un tribunal, sino en la conformación de una conciencia-necesidad en la sociedad civil, que se refleje en la estructura política, y en sus instituciones.