La maldita culpa

Pueblo rinde homenaje a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, Habana 2016. Foto: Tomas Munita / NYT

Por: Alina B. López Hernández

Contiene la paradójica dualidad de ser valorado como el protagonista de la historia, el “verdadero jefe de las revoluciones” y, al mismo tiempo, el culpable de los errores que llevan a la decadencia de las mismas. El pueblo es un concepto impreciso pues define a un conjunto de clases, sectores y grupos sociales. Aquel por quien todos hablan. El que toma el poder en nombre de las revoluciones burguesas y de las socialistas, y que luego, aunque por motivos diferentes, ve limitada su participación en la toma real de decisiones.

En épocas de crisis existe la tendencia a juzgarlo por insuficiencias y faltas de las que rara vez es responsable. En medio de la inestabilidad política republicana de 1917, Enrique José Varona, político y filósofo cubano, concebía a la “masa social” como inerte, y recomendaba “gravitar sobre ella con todas las fuerzas posibles para ir poco a poco venciendo su poderosa resistencia”. Sin embargo, no era optimista: “No hay que forjarse ilusiones. El pueblo, en toda su generalidad, es, ha sido y será siempre reaccionario”.[1]

Algunos intelectuales de la generación del veinticinco manejaron ese criterio. Juan Marinello, en carta a José Antonio Ramos de 1925, confiesa: “Yo soy un decepcionado a priori; es decir, que nada me extraña de mi pueblo porque siempre espero lo peor”.[2]

Esa perspectiva variará tras la revolución del treinta, el mismo Marinello es un ejemplo de cambio. La participación popular en la lucha contra la dictadura de Machado primero y de Batista después, contribuyó a eliminar, o al menos mitigar, la opinión peyorativa sobre el pueblo de algunos políticos e intelectuales. El socialismo reivindicó un enfoque trascendental y heroico del pueblo al declararse una revolución nacida de sus entrañas.

La comunión pareció absoluta hasta que la profunda crisis de los noventa hizo brotar el viejo expediente de culpabilidad

En octubre de 2009, el periodista Lázaro Barredo publicó el artículo “Él es paternalista, tú eres paternalista, yo soy paternalista…”,[3] que suscitó merecidas réplicas. Allí se quejaba de que “La Revolución fue desde sus inicios un torrente de justicia, que no siempre ha sido correspondido”, y adjudicaba a la sociedad cubana una serie de “vicios o costumbres” que impedían “que nuestro proyecto socialista salga adelante”, uno de ellos era:

El síndrome del pichón: andamos con la boca abierta porque buena parte de los mecanismos que hemos diseñado están concebidos para que nos lo den todo. Usted no va a la bodega a comprar, va a que le den lo que le toca; usted no repara su casa o su apartamento en el edificio, porque además de que no tiene cómo adquirir los materiales, las cosas están concebidas para que le den las facilidades de esa reparación y así es en la mayoría de los asuntos de nuestra vida cotidiana.

En el 2012, poco antes de morir, el cineasta Alfredo Guevara, por muchos años director del ICAIC, sostuvo un par de entrevistas con Abel Sierra Madero y Nora Gámez Torres. En ellas manifestó:

[…] soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades pero no en su calidad. A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes y ese día lo convencí, porque le dije: «Sal a la calle. ¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso?» Acto seguido se rió y me entendió. Hay que tomar en cuenta el trópico, dios mío. En el trópico no se pueden aplicar ni siquiera las fórmulas más puras de Carlos Marx.

En julio de 2013, el anterior Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, dedicó casi la mitad de su intervención ante el parlamento a mostrar que “se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera” y, en consecuencia, se lamentaba de que: “Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de 20 años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.[4]

En honor a la verdad, tales enjuiciamientos se moderaron durante un largo período en las declaraciones de los líderes políticos; aun cuando en sus constantes apelaciones y consignas se transmite la impresión de que es el pueblo quien no logra realizar las acciones cuasi épicas que parece demandar de él la dirigencia.

Las demandas gubernamentales son: cambiar de mentalidad, rescatar valores, ahorrar, ser eficiente y productivo, combatir ilegalidades…

La etapa de consulta popular para aprobar la nueva Constitución pareció ser de luna de miel en las declaraciones de nuestros dirigentes acerca del pueblo: todos éramos Cuba. Pero… en cuanto la crisis evidenció, como ha hecho en los últimos días, que viene con fuerzas renovadas, aparecen los punteros dirigidos no ya hacia el pueblo, sino a la población, que es la manera peyorativa que tiene la burocracia de referirse al pueblo, como explicara con mucha razón Mario Valdés en un post publicado en este mismo blog.

Precisamente acabo de ver en la televisión una reunión donde se dirimían asuntos relacionados con el Ministerio de Energía y Minas, en la cual Ramiro Valdés dedicó varios minutos a valorar el tema de la pérdida de valores entre la población como un factor de gran importancia en las ilegalidades.

Fue duro escuchar que “mientras haya quien compre un bistec robado habrá desvío de recursos” y “que es la demanda de la gente la que crea las ilegalidades”. Parece que no quieren ver qué hay detrás de las ilegalidades ni entender por qué personas que siempre fueron honestas tienen que comprar un bistec robado como único modo de alimentar a sus hijos, o a sus padres.

Si las nuevas dificultades de los próximos meses van a ser encaradas así, culpando al pueblo y no haciendo enjuiciamientos profundos y autocríticos, eso puede acarrear consecuencias costosas en la credibilidad del gobierno. No intento establecer una antítesis entre pueblo y dirigencia, pero considero que en las condiciones de la Cuba actual, es en manos de esta y no de aquel -que solo es consultado-, donde existen las posibilidades de transformación que requerimos para que “la culpa, la maldita culpa”, ya no sea de nadie.

[1]Revista de los Estudiantes de Derecho, febrero de 1917, p. 1.

[2]Ana Suárez Díaz: “Cada tiempo trae una faena…” (Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta 1923-1940), Editorial José Martí, La Habana, 2004,p. 57.

[3]Granma, viernes 9 de octubre de 2009.

[4]Intervención de Raúl Castro en la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 7 de julio de 2013. (Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado).