Notre Dame

Foto: Philippe Wojazer / REUTERS

Por: Ariel Montenegro

Se quemó Notre Dame de París. Como las brujas, los astrónomos y los herejes. Se quemó y aunque digan algunos, y yo, que se construyó con muertos y sangre de los bolsillos de una religión que no entiende a su propio dios, que no sabe que no vive ni en nubes de humo ni en casas de piedra, no puedo evitar la congoja.

¡Y pensar que tendrán que hablar de ella mis hijos como hablamos nosotros de la biblioteca de Alejandría!

En mi caso, va a la lista inconclusa. Como el concierto de Leonard Cohen, como la entrevista a Mandela, como abuchear a Pinochet en público, como acostarme con Audrey Hepburn.

Yo la odiaba. Por linda y por católica. Amor odio le dicen. Ahora no puedo odiarla más.

Cuando me ponía anarquista con unos socios, el plan era grafitear símbolos comunistas en la pared. Nunca lo hubiera hecho, pero era una buena fantasía. Ahora me jodió el chiste público y el sobrecogimiento privado el día que la viera.

Ahora ya no puedo odiarla. Lo siento Javier.

Tomado de: Western Congri

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