La tríada burocrática

Por: Mario Valdés Navia

En Cuba el burocratismo es persona non grata: nadie lo defiende, todos lo desprecian, pero no hay manera de librarse de él. Se diría que, desde las sombras, son muchos sus protectores y adeptos. Desde los años sesenta se han realizado infructuosas campañas para erradicarlo pero hoy sigue a sus anchas.

Valdría la pena preguntarse si es necesaria la burocracia para la sociedad, o es un mal que debe erradicarse de raíz. Eso implicaría extirpar a los burócratas cual mosquitos Aedes aegypti. Pero cuidado, la mayoría de las personas que toman alcohol no son alcohólicas, y muchos militares no son militaristas.

Aquí hay tres conceptos diferentes que vale la pena dilucidar: burócratas, burocracia y burocratismo. A simple vista, ellos se mezclan de manera confusa  e incesante y conforman una tríada de naturaleza indisoluble.[1] Por demás, los tres poseen un sentido estricto y otro peyorativo que es preciso deslindar.

La burocracia es la parte de la estructura de una organización caracterizada por procedimientos explícitos y regularizados, división de responsabilidades y especialización del trabajo a partir de una jerarquía y relaciones impersonales. Está presente tanto en los sectores público y privado como Estado, empresas, organizaciones políticas y de masas, religiosas, militares, científicas,  culturales y aun en la sociedad civil.

Cuando se habla de formas de organización social complejas es preciso un aparato burocrático que viabilice el flujo de información y la toma de decisiones. De ahí que tenga su lugar garantizado en las sociedades contemporáneas, sean feudales, capitalistas, o socialistas. Por tanto, no se puede eliminar absolutamente.

La jerarquía burocrática incluye la subordinación estricta de sus niveles inferiores a los superiores (verticalismo). Los inferiores ejecutan las órdenes y orientaciones recibidas y dependen de las decisiones de arriba para resolver cualquier contradicción, duda, o situación inusual que se presente en sus funciones. Por ello, saber amoldarse ante las orientaciones es propio del oficio de burócrata que requiere, por tanto, de cierta plasticidad del carácter.

Cuando es eficiente, la burocracia es útil en cualquier sociedad pues trae consigo ahorro de tiempo y esfuerzos en el funcionamiento de las organizaciones. En el caso contrario, su existencia se torna molesta para todos. De ahí que en el lenguaje cotidiano el término se emplee en sentido despectivo, como expresión de labor administrativa ineficiente, engorrosa y perjudicial para el interés ciudadano.

Los ocupados en la esfera burocrática son los burócratas, y por ser llamado así nadie debía molestarse. Como personas, no son mejores ni peores que las que pertenecen a otros sectores sociales. Lógicamente, puestos a escoger, prefieren ser llamados: cuadros, funcionarios, empleados, oficinistas, ejecutivos, o por el mero calificativo de sus puestos.

Los burócratas se agrupan en tres niveles: bajo, medio y alto. El bajo, o funcionariado, está conformado por los empleados de una organización que realizan sus funciones en contacto directo con los usuarios. En Cuba, y otros muchos países, criticarlos por su morosidad y falta de calor humano es casi un pasatiempo nacional.

El medio es el de los directivos/ejecutivos, cuadros de dirección en municipios y provincias, jefes de empresas, instituciones, unidades militares, etc. Generalmente son tenidos por grandes culpables de los males sociales a nivel regional y en las organizaciones. Suelen estar más protegidos que los funcionarios inferiores y el acceso directo a ellos es bastante difícil para los ciudadanos comunes. En casi todo el mundo -no así en Cuba-, los medios suelen acosarlos con frecuencia por sospechas de incompetencia y corrupción.

Por último, el nivel más alto entre los burócratas es el de los dirigentes de un Estado, partido, fuerzas armadas, iglesias, consorcios internacionales, o instituciones nacionales e internacionales. Estos se hallan prácticamente inmunes al control social, excepto cuando chocan con intereses hegemónicos de los grandes grupos de poder de los que, a su vez, forman parte activa.

No es posible identificar a los cuadros burocráticos con los líderes, pues los primeros existen solo por haber sido nombrados para cumplir una función en el aparato administrativo, mientras los segundos son conductores de masas, lo que requiere de condiciones excepcionales propias de contados individuos. El carisma del líder y la frialdad del burócrata tienen poco que ver, aunque pueden aparecer burócratas talentosos que alcancen posiciones de liderazgo a golpes de pura demagogia.

El burocratismo es un concepto bien complicado por tener dos acepciones: por una parte, hipertrofia de normas y trámites que dificultan o complican las relaciones del ciudadano con la administración y retrasan la solución de los asuntos; por la otra, excesiva influencia de los órganos administrativos y de los empleados públicos en la gestión del Estado.

Es medular que siempre se diluciden bien estas acepciones, cosa poco usual. La segunda de ellas es la más peligrosa pues constituye toda una corriente de pensamiento con rasgos bien definidos: mecanicismo, falta de creatividad, rutina, obediencia, impunidad, inercia, corrupción, clientelismo, indolencia y secretismo.

En la práctica, esta imprecisión conduce a que se atrofien constantemente los resultados de las campañas antiburocráticas si los ataques se limitan -como es usual en Cuba- a criticar el papeleo y la morosidad. Así, el verdadero burocratismo renace cual Ave Fénix y consolida su hegemonía.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1]Mario Valdés (2018). “La tríada burócratas-burocracia-burocratismo y la hora actual de Cuba”. Premio Temas de ensayo de ciencias sociales 2017. TemasNo 91-92, julio – diciembre, pp. 126-134.

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