Medios informativos y civilidad

Por: Manuel García Verdecia

Un aspecto de la modernidad es el apabullante impacto que los medios informativos ejercen sobre la mente de las personas. Tal parece que los medios santificaran todo aquello de que tratan. Cuanto se escribe en la prensa o se propaga por la radio, la televisión o la Internet conmociona a las personas con la gravedad de la palabra de Dios.

Pienso que en tal actitud intervienen dos características humanas. Una es nuestra casta confianza que nos lleva a creer que algo que sale a la luz se corresponde esmeradamente con lo cierto. La segunda es nuestra escasa percepción crítica que nos hace aceptar sin indagar ni cuestionar.

Esto facilita que los medios tengan una influencia preponderante en nuestra opinión y que, en muchas ocasiones, no nos percatemos del sesgo que, determinados intereses, le confieren a lo que informan. Sencillamente lo acogemos como parte de nuestra concepción de las cosas y lo repetimos como un hecho dado. Esto es lo que llevó a Marshall McLuhan a decir (refiriéndose a la televisión), “Somos lo que vemos”, que podría parafrasearse como “Somos lo que nos informan”.

Nuestra castidad y carencia de lectura crítica nos llevan a conceder carácter de realidad indiscutible a cuanto se divulga por un canal público. De aquí deriva el peso que en la actualidad alcanzan los medios informativos para conseguir cualquier emprendimiento, bien sea económico, político o cultural.

Si bien los grandes grupos mediáticos saben emplear los medios para generar opiniones indulgentes, incluso llegando al punto de “fabricar noticias”, pienso que otras instituciones serias no han hecho un estudio a fondo de lo que esto puede ayudarlas en sus propósitos, sobre todo en la realización de un proyecto social redentor. El apoyo en un uso radicalmente eficiente y responsable de los medios es inestimable.

Llamo medios radicalmente eficientes a aquellos que no tienen más compromiso que con la exactitud veraz de lo que informan y a favor de la colectividad a la que sirven. Su información debe caracterizarse por la objetividad y la variedad en los análisis, el apoyo en la investigación que ayuda a llegar a las causas y naturalezas más profundas de lo abordado, la inconformidad intelectual con opiniones y tratamientos formales, no del todo convincentes, la responsabilidad con los valores éticos que sostienen a la comunidad, así como la proyección socio-cultural creativa en su ejecutoria.

No se trata de informar más, sino con mayor sensatez

El propósito de unos medios eficientes no debe ser prioritariamente formar un público enterado. Si bien esto es necesario, lo vital es ayudar a desarrollar un lector concientemente analítico y participativo. Este es alguien que trata de informarse para indagar más y llegar a conclusiones más matizadas, complejas y personales que le ayuden a orientarse y decidir en el enmarañado mundo donde vive. Es imprescindible promover la inquietud, la duda, el cuestionamiento, la interrogación, para que el sujeto pueda alcanzar un nivel de conocimiento más cierto y útil.

A la vez, estos medios deben ser portadores de una proyección cultural amplia. Hay que cooperar en la educación de ciudadanos en el interés por la cultura en toda su vasta y dinámica significación y relevancia. A través de un enfoque tal se puede conseguir una mayor apertura del pensamiento así como una más amplia diversidad en la expresión del espíritu humano. No se trata de la cultura como un adorno adicional para lucirlo en determinadas ocasiones, sino como un instrumento vital para la sensatez y la sensibilidad en nuestra incorporación y participación productiva a la vida ciudadana.

Es este tipo de proyección el que nos ayuda a entender la complejidad de la existencia, su esencia perennemente cambiante y su infinitud inagotable. Nos saca de la superficial caricatura de un mundo de buenos buenos y malos malos, así como de la asunción de opiniones prefabricadas. Ella nos hace conscientes de la necesidad de imbuir nuestra individualidad de sentido para que el ser biológico llegue a humanizarse y se avenga con la totalidad del ser.

El periodismo así entendido es el que puede ayudar a la educación de un sujeto reflexivo, participativo y cívico, apertrechado de una sólida cultura y, fundamentalmente, de una ética dialogante y transformadora. Es el sujeto que necesitan las sociedades actuales si quieren rebasar el infantilismo generalizado en que todavía vive el mundo, que lo somete a la banalización de los más diversos asuntos, a la irresponsabilidad en la actuación respecto a cuestiones esenciales y la incoherencia para alcanzar las verdaderas metas que demanda el planeta para una existencia armoniosa.

 

La labor informativa así entendida no se conforma con la visión que alguien proyecte sino que apela a la investigación, al cuestionamiento y la verificación más compleja para llegar a la raíz de los asuntos.

Por supuesto, esta manera de comunicar no creo que se establezca por los grandes consorcios de prensa ni los organismos políticos, cada uno con sus agendas parcializadas. Más bien creo que es la que gradualmente se abrirá paso a través de los medios en manos de la sociedad civil, principalmente a partir de las oportunidades que la comunicación por las redes informatizadas viabiliza. Por su propia vastedad, accesibilidad al ciudadano común y su dinámica efectiva es la que posibilita la genuina democratización de los medios.

 

Por supuesto, sabemos que no todo será límpido y veraz ya que hay de todo en las viñas del hombre, pero solo mediante el enfrentamiento a la diversidad y en la inminencia de tener que elegir y decidir por sí mismo se forma el lector activo, base para el ciudadano participativo. Tales lectores irán decantando qué medios seguir y cuáles rechazar. Ya se sabe que la experiencia práctica es la gran maestra. Elementalmente, no descartamos el empleo de los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) por esta sociedad civil. Lo que importa es la actitud hacia la eticidad y la responsabilidad redentora del periodismo que se haga.

Nadie es capaz de imaginar cuánto de dificultades y estropicios le puede ahorrar a un país un periodismo así. El ejercicio informativo entendido de este modo ayuda a una formación cultural más amplia, propicia la educación del civismo, cultiva un lector más crítico, fiscaliza a quienes tienen responsabilidades ante un colectivo humano para que cumplan debidamente sus funciones, promueve el diálogo entre los diversos actores sociales, precave la comisión de delitos y, en general, beneficia la conformación de una sociedad más sana.

Sin embargo, no solo cívicamente sino hasta en términos económicos es favorable este periodismo, pues puede ayudar a detectar fenómenos como la mala administración de recursos, el indebido manejo de los mismos, así como su empleo para beneficios particulares que hacen florecer ese mal que carcome a tantos estados, la corrupción.

No hay que temer qué o sobre quién se informa, ni mucho menos recelar de la denuncia puntual de fenómenos negativos. Ya lo decía Martí, “La crítica es la salud”. Nada ayuda tanto a los enemigos de una empresa humana como ocultar la verdad.

Primero, porque el encubrimiento no resuelve los problemas que existen, segundo, porque ayuda a conformar una actitud deshonesta y, tercero, porque, al conocerse los problemas que inevitablemente saldrán a la luz, da más razones a los adversarios. Lo esencial es que cuanto se revele esté sólidamente sustentado y atenido a la más absoluta verdad. El informador tiene que ser responsable de su criterio. Para exigir por su veracidad están las vías legales.

Solo debe censurarse la mentira y la manipulación

Creo firmemente que la información mediática investigativa, crítica, culta, comprometida con la verdad y el ser humano, que cuente con una inobjetable proyección ética es la que puede ayudar a fundar una sociedad autoconsciente, participativa y cívica. Es esta la que posibilitará alcanzar un ámbito material y espiritualmente lozano y sustentable.

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