Sujetxs de derecho

Foto: Kaloian Santos Cabrera

Por: Gabriela Mejías Gispert

Son muchas las manifestaciones religiosas que confluyen en nuestra isla, así como en nuestra cotidianidad. Para entender el entramado de la relación con el proceso revolucionario es imprescindible tener en cuenta el recorrido de las expresiones religiosas existentes. El cuadro heterogéneo religioso cubano, que da paso a un entendimiento de los acontecimientos actuales, tiene un precedente sociohistórico que no debemos pasar por alto.

Nuestro país en su corta historia ha transitado varios modelos socioculturales, el hispano, el africano y el norteamericano, cada uno con expresiones religiosas como el protestantismo, el catolicismo, el africanismo y el espiritismo, como principales referencias. Sin embargo es innegable que existe en nuestro país una religiosidad popular mucho más arraigada que las expresiones organizadas. La creencia en lo sobrenatural y la sincretización religiosa prevalece por encima de otras organizaciones religiosas.

Dibujando una línea de tiempo, quizás un poco acotada para un artículo, se puede ver  una iglesia católica que confluye desde las gestas independentistas, con posturas coloniales principalmente.

La intervención norteamericana posteriormente da paso a una hegemonía de las iglesias protestantes bajo el control de las juntas misioneras, desalojando a los primeros misioneros de origen cubano. Desde entonces cumplieron un papel norteamericanizante. La iglesia católica nunca perdió, durante esta época, su posición privilegiada.

Fue un instrumento fundamental durante la intervención norteamericana para injerir en el accionar social. La iglesia católica siempre ha sido elitista, accionar que se ve reflejado incluso en el presente, donde la religión popular, las afroamericanas y otras expresiones son vistas con ojos cautelosos por esta estructura.

Durante la época de 60 se recrudecen las relaciones entre la iglesia y el estado naciente revolucionario, proclamado laico. El estado destierra a la iglesia católica de su posición de privilegio y hegemonía, lo cual da paso a un sin número de acciones de claro contenido político como reacción.

A los cubanos y las cubanas no nos gusta que nos repitan las cosas y en esa obstinación nos olvidamos de analizar nuestra historia

La Operación Peter Pan fue una maniobra liderada por el gobierno de Estados Unidos y la Iglesia Católica, en 1962. Catorce mil niños fueron llevados a orfanatos, casas de adopciones y otros centros con el supuesto argumento de que se les iba a quitar la patria potestad a los padres, como parte del proceso revolucionario.

Desde mediados de los años ’80, luego del proceso de rectificación la revolución toma una postura más concomitante respecto a la iglesia católica principalmente. A partir de los años ’90 se hace más evidente la práctica consecuente. Lejos estoy de negar errores de antaño, pero es preciso recalcar que el mal llamado “conflicto” siempre tuvo una visión unidireccional.

No existe un Estado que pretende desacreditar las expresiones religiosas. Existen religiosos, por suerte no todos, que pretenden desacreditar un modelo político, social y económico revolucionario.

Mi interés no es arremeter contra la iglesia, ni mucho menos contra la religión. Pongamos sobre la mesa varias cartas: Somos un estado laico, donde la religión no tiene injerencia en el orden social, la educación, el poder ejecutivo, legislativo ni judicial. El estado puede garantizar derechos, sin embargo el papel de la iglesia está sirviendo de espacio para que estos no sean garantizados.

Seamos creyentes revolucionarios, hagamos que no sean antagónicos sujeto y adjetivo. El papel del Estado es servir al pueblo, un pueblo con criterio de igualdad. Nos gusta decir que no nos escuchan, sin embargo la referencia más concreta de los últimos tiempos, para desmentir esto me hace dar vergüenza como ciudadana.

Llevar a consenso popular el referéndum constitucional es una situación excepcional en el panorama internacional. Teníamos muchas cosas para discutir, sin embargo en la opinión pública lo que más resonó en las calles y asambleas, fue deslitimigitimar un derecho.

Estoy segura que muchos de los actores sociales quedaron tan indignados como yo

Algo que ya deberíamos haber aprendido: en nuestra revolución lo que es un derecho no tiene discusión.

La iglesia se hizo eco de una campaña contra la votación positiva para mantener un dogma en el cual los sujetos de derechos, las personas, según ellos, solo deben contraer matrimonio en base a la concepción cuadrada de familia. Muchos compraron, flamearon  cartelitos con una imagen homofóbica, heteropatriarcal, sectorial, discriminatoria.

Detrás de todo esto existe una desacreditación a nuestro proceso, sacar el foco de los que realmente es importante. La iglesia volvió a ser parte de una campaña para frenar un crecimiento que proponía el Estado. No lo llamemos político si nos les gusta; llamémosle social si les parece menos trillado, a través de la campaña del #yovotono y #yonovoto.

Seamos sujetos librepensantes, profesamos la religión que nos plazca, vivamos individualmente como más nos aflore de nuestro ser y dejemos que todos cuenten con las mismas leyes para ejercer sus derechos.

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