Izquierda y enajenación

Por: Miguel Alejandro Hayes

La idea de la izquierda y la derecha nació como una postura respecto al poder político, y de la misma manera se continúa pensando hoy. Aunque no resulte evidente a primera vista e incluso ambos bandos no se conciban de esa manera, estos se resumen en defender, o el  dominante  tradicional o el nuevo poder dominante. Es decir, ser derecha o izquierda ha quedado reducido en una parte del imaginario popular, a si ir con la dominación tradicional o con la nueva, -que claro, esta última se tiene que enfrentar a la tradicional-.

Bajo esa lógica, la izquierda, en oposición a la derecha, cuenta entre su lista de requisitos -si quiere ser considerada pura y no ser tachada de centro-izquierda o pequeño-burguesa-, apoyar a todos aquellos gobiernos y formas de estado que representan ese nuevo poder político -y no por eso muy diferente- como puede ser Rusia, China, e incluso Venezuela. A juzgar por eso, ser buen izquierdista se reduce a tener claro que el poder que toca apoyar es el nuevo.

Ese marco referencial, no solo condiciona trazar tácticas  que nos alejan de los verdaderos objetivos de la lucha revolucionaria, que es dignificar la actividad humana y no a un estado -sin la primera, la segunda es una ilusión-; sino que nos revela que en realidad las fuerzas de izquierda solo estamos intentando quitar la coloración tradicional para reemplazarla por otra, o mejor dicho, por un nuevo poder que es concebido esencialmente por no ser aquel y no por no reproducir una verticalidad blindada.

Con ello, ocurre que a la dominación capitalista se le propone la salida por otra «más humana»; que como todo lo nuevo, inexperta, a veces noble, un poco más tímida, pero en los momentos cruciales, tan aferrada al control como su correlato de derecha.

Visto eso, parece que solo quedamos sumidos en un mundo de pelea por el control. La opción evidente es escoger entre viejas élites y otras nuevas, mejor maquilladas.

Al final  hay que optar por  una dominación, y la dominación no es algo secundario. No es casual la batalla teórica contra el capital librada por Marx, por ser precisamente la  dominación del capital sobre el obrero lo que produce la enajenación de este. Eso nos recuerda que toda dominación es enajenante.

Y todo sistema enejenante, de estructura vertical de poder, necesita producir y reproducir esa enajenación en las mentes, para sostenerse. Por eso despliega todo su sistema de signos y una fraseología que deviene en neolengua.

De ahí que también la izquierda que representa a un poder dominante -incluso uno más justo- necesita ciudadanos que pueda enajenar -no me atrevo a decir que ignorantes, porque ignorantes somos todos-, al igual que la derecha. Se puede ser esa izquierda y defenderla, pero no nos engañemos nosotros mismos, ni a otros.

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