Simone de Beauvoir y la Revolución Cubana

Por: Yasvily Méndez Paz

A once años de publicada El segundo sexo -obra que marcaría los estudios posteriores dedicados a la problemática de la mujer- la filósofa, escritora y feminista francesa Simone de Beauvoir y el filósofo francés Jean-Paul Sartre visitaban Cuba.

Eran tiempos en que la Revolución Cubana constituía un referente para la izquierda latinoamericana, aquella revolución cuyas «circunstancias designaron a la juventud para hacerla» -en palabras del propio Sartre-, savia imperecedera para escritores, poetas y ensayistas, quienes plasmaban su prédica entre «barbudos, olivos, aciertos y desaciertos».

Aquel viaje de 1960 no obedecía a la casualidad; la Revolución Cubana se globalizaba a través de los medios de comunicación. Los contactos de la pareja gala con intelectuales cubanos -dentro de los que figuraba Carlos Franqui- y la curiosidad académica por la «ideología de una revolución en construcción», actuaban como catalizadores para motivar el encuentro amistoso.

Mediante el obturador de su cámara fotográfica, Alberto Korda inmortalizaba aquel periplo francés por la mayor de las Antillas. Junto a Fidel en las marchas públicas, en el despacho del Che a medianoche o en travesías por diferentes lugares de la Isla, destacan caras de júbilo, sonrisas y ceños fruncidos en señal de reflexión.

Foto: Alberto Korda

La simpatía por la Revolución Cubana se expresaría  mediante el poder de la palabra escrita. «Cuba es una isla, antes era una azucarera, hoy un huracán revolucionario levanta el fino y dulce polvo para descubrir la miseria que ocultaba y exterminarla», mensaje sartriano leído en francés, italiano, portugués… en fin, un amasijo de ideas que, entre ensayos y tras sapiencia literaria, resumían el beneplácito de Beauvoir y Sartre con el proyecto revolucionario en la mayor de las Antillas.

Años más tarde aquellas simpatías fenecieron. Ante desasosiegos, rupturas y reclamaciones, algunos «desacuerdos» al interior de la Revolución Cubana fueron objeto de críticas en determinados corrillos, y conocidos fuera del traspatio antillano por mediación de fuentes internacionales.

Dos cartas dirigidas a Fidel Castro mostraban la preocupación por el arresto del escritor cubano Heberto Padilla. Una -firmada por intelectuales latinoamericanos de renombre como: Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Revueltas, Juan Rulfo y Jesús Silva Herzog- valoraba el suceso como una amenaza al «desarrollo del arte y la literatura cubanas»; la otra – publicada el 9 de abril de 1971 en el diario parisino Le Monde y firmada por importantes escritores europeos y latinoamericanos como: Carlos Barral, Italo Calvino, Julio Cortázar, Marguerite Duras, Hans Magnus Enzensbeger, Jean-Pierre Faye, Carlos Franqui, Gabriel García Márquez, Francisco Rossi, Claude Roy, Mario Vargas Llosa, Jean-Paul Sartre, y Simone de Beauvoir- mostraba su preocupación por una posible reaparición del sectarismo en la Isla.

En 1981, un año después de la muerte de Jean-Paul Sartre, la propia Simone de Beauvoir relataría los sucesos en La ceremonia del adiós.

Quizás el detonante había sido el arresto del escritor Heberto Padilla, pero otros problemas más complejos servían de telón de fondo. Quinquenio Gris fue el término utilizado por Ambrosio Fornet para denominar aquellos años 70, cuyos antecedentes se enmarcaban desde antes y que contaba con Luis Pavón Tamayo como cara visible frente al Consejo Nacional de Cultura, aunque no lo involucraba solamente a él.

Tiempos de incomprensiones, desafueros y divisiones entre las partes involucradas, de cicatrices por las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), de prejuicios a los homosexuales –escondidos tras eufemismos y dicharachos cubanos-, de erradas interpretaciones que condujeron al igualitarismo pusilánime e intolerante –como si las «desigualdades pudieran borrarse de un plumazo»– situaciones ensombrecidas que, tras pugnas ideológicas, condujeron a desavenencias con destacados escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos, hasta ese entonces admiradores de la Revolución Cubana.

Foto: Alberto Korda

Pero la prédica martiana nos convoca a no mirar solamente las manchas; fue también la época en que se gestaron obras maestras en la literatura cubana como: Concierto Barroco (1974) de Alejo Carpentier o el Pan Dormido (1975) de Soler Puig; los momentos en el cine cubano de Una pelea cubana contra los demonios (1971), La última cena (1976), El brigadista (1976) o Retrato de Teresa (1977), o de importantes producciones de pintores cubanos como Roberto Fabelo, Zaida del Río, Manuel Mendive o Raúl Martínez González; tiempos en que entre historias épicas de héroes, hazañas y heroicidades, y a pesar de derrotas, silencios, omisiones y zonas oscuras, hubo quienes no flaquearon ni perdieron la fe.

Abordar todas las aristas de esta temática excede el límite de estas páginas; reconozco que escribir desde la contemporaneidad sobre heridas que tardaron en sanar, resulta una tarea harto difícil. Invocar hoy al Quinquenio Gris representa más que eso; como decía el filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana «aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla». Coincido con Ambrosio Fornet, tenía usted razón maestro, «ese peligro es, justamente, lo que estamos tratando de conjurar aquí».

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