Una película de ciencia ficción

Imagen: Adrià Fruitós

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Hace poco llegó a mis manos un texto del destacado intelectual argentino Rolando Astarita, titulado Geopolítica al servicio de la reacción, el cual es a su vez una respuesta al artículo de un joven cubano, Iramís Rosique, titulado Por qué apoyo a Maduro. La sustancia del debate me pareció muy interesante, pues entronca con inquietudes y reflexiones que me han atormentado durante años.

Se trata de la vieja pregunta: ¿debemos anteponer la lucha de clases, sea contra las burguesías o las burocracias estatistas, o debemos anteponer la lucha antimperialista?

Astarita plantea que la lucha geopolítica y las alianzas entre bloques de países “antimperialistas” han opacado lo que debería ser la verdadera esencia de la política socialista: la auto-organización de la clase obrera para derrocar a la clase dominante. Dice, además, que por ese camino se llega a aceptar una conciliación de clase con las burguesías nacionales y las burocracias estatistas, que va en detrimento de los más humildes.

Sin dudas, tiene un pedazo grande de razón. Nosotros los cubanos, más que nadie, hemos sufrido en carne propia como, en aras de la unidad frente al agresor imperialista, se nos ha impuesto una política de cuadro apretado que nos ha dejado casi sin herramientas para el enfrentamiento interno contra los oportunistas, los corruptos, los ineficientes, etc.

Para criticar esa situación, escribí mi artículo Mentalidad de guerra fría.

Pero hoy quisiera hablar del peligro opuesto: el de obviar o ignorar los contextos geopolíticos. Porque lo que no se puede negar es que cuando aparece un poder popular, socialista o no, sobre la faz de este nuestro querido planeta, se ve enseguida rodeado de poderes fácticos, imperios, monstruos militares y económicos capaces de una violencia de incalculables proporciones. Astarita, como marxista, debe saber que es prácticamente imposible avanzar a la transición socialista sin construir un nuevo Estado.

Sobre lo que hay que preguntarse es sobre la naturaleza de ese Estado

Lo ideal sería por supuesto que, durante un breve período de dictadura del proletariado, la revolución mundial se extendiera por todo el planeta y pudiésemos avanzar rápidamente hacia una transformación del modo de producción. Pero cuando esto no ocurre así, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos los que nos hemos embarcado en ese camino y nos hemos quedado solos? Sabemos que es imposible construir el socialismo en un solo país, pero… ¿qué hacemos? ¿Regresamos atrás? ¿Entregamos todo lo conquistado?

Mi tesis es que la sociedad en transición socialista debe pasar a construir un Estado con una estructura política de Poder Popular lo más democrática y socialista posible. Una república socialista. Aunque todos sepamos, al final, que un Estado de cualquier tipo va a generar burocracia, corrupción y capas de privilegiados.

Ahora bien, regresando al tema original. ¿Debe ese Estado, construido sobre la base del Poder Popular, renunciar a la geopolítica? ¿Cuál debe ser la posición de la sociedad civil socialista con respecto al Estado que ha construido? ¿Se debe olvidar la geopolítica realmente?

Cualquier Estado, por más popular y democrático que sea (y sabemos que los actuales modelos de socialismo basados en la lógica de la vanguardia están muy lejos de ese estándar), está obligado a jugar en el juego de los estados y de la política internacional. Tiene que alimentar un pueblo y eso implica pactar con otros Estados y poderes opresivos (todo Estado es opresivo).

Es imposible evitar aplicar la razón de estado

Existen los peligros imperialistas. Están allá fuera buscando la forma de derrocar el Poder Popular. Frente a esa realidad, es ilógico que toda la energía de la sociedad civil se enfile hacia la lucha contra la burocracia estatal, porque estaríamos en la paradójica situación de que destruiríamos todos los días aquello que construimos ayer y que nos veremos obligados a construir mañana. De paso, el ataque a una burocracia socialista puede dar la coyuntura para que penetren las fuerzas imperialistas y destruyan toda posibilidad de reconstruir el Poder Popular.

En fin, yo creo que una república socialista es un sistema en el que está justificada la conciliación de clases, sencillamente porque en un solo país es imposible llegar más lejos y abolir las clases definitivamente. La geopolítica de las alianzas con otros Estados opresivos, y la unidad entre pueblo y burocracia, es algo insuperable en determinadas coyunturas, las cuales una y otra vez se van a repetir.

De otra parte, a lo que no se puede renunciar es a que en esa república socialista exista la mayor democracia participativa posible y el mayor control popular posible. La alianza de clases debe basarse en un pacto social consensuado, surgido de la propia fragua de la revolución inicial. Y se debe mantener la capacidad movilizadora de la vanguardia política, para que la producción de nuevas realidades domine al proceso de reproducción social y no al revés.

Bajando ahora al plano de las realidades concretas, el gran problema que tenemos en Cuba es que la alianza de clases no se concibe de un modo dialéctico, sino de un modo mecánico con una estructura de ordeno y mando. El Partido se rige por la lógica de la vanguardia. En esa circunstancia, es completamente comprensible que surjan grupos que se oponen a esa alianza de modo radical, ignorando las realidades objetivas que justifican esa alianza, y recurriendo a cualquier medio para enfrentarse a la burocracia, aunque sea aliarse con el imperialismo.

Son como peces dándose de cabeza contra la pecera, sin ver que fuera están los tiburones

Yo personalmente creo que la posición más racional que puede tomarse, no desde el Estado, sino desde la sociedad civil, es aceptar la alianza de clase con la burocracia del Poder Popular, solo que no de un modo incondicional. Tenemos que ser comprensivos con muchas de las acciones de ese Estado, porque vivimos en un mundo real que exige, a esos niveles, concesiones. Pero debemos también ser críticos: decir, una cosa es el Estado y otra cosa somos nosotros. Luchar todos los días contra las tendencias a la degradación de ese Poder Popular.

No aceptar que nos metan en el saco de la unidad abstracta, porque mientras exista Estado debe haber oposición y presión popular contra las inevitables tendencias a la corrupción.

Pero tampoco querer caer en un antagonismo de clases absoluto, abjurar de la geopolítica y pensar que se puede actuar sin tener en cuenta los peligros del imperialismo y de su proyecto de restauración capitalista. Porque ese purismo implica vivir mentalmente dentro de un mundo que no existe, dentro de una película de ciencia ficción.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net