Sin permiso

Foto: Reuters

Por: Alina B. López Hernández

En el cuento infantil de Hans Christian Andersen, nadie se atrevía a decir que el emperador, víctima de la estafa de un supuesto sastre, andaba desnudo por las calles.

Una crónica dedicada a José White por Ciro Bianchi, cuenta que después de que el violinista cubano hubiera tocado maravillosamente en el palacio de las Tullerías no se escuchó ni un aplauso. El protocolo de la corte francesa imponía que fuera el emperador, si así lo deseaba, quien lo hiciera primero: “Aplaude Napoleón III y también la emperatriz, toda la sala rompe en una ovación estruendosa”.

Tenemos los cubanos un hábito similar. No criticamos o elogiamos hasta saber si es políticamente correcto enrumbar uno de esos caminos. La intelectual, feminista y revolucionaria norteamericana Margarell Randall, que residió en nuestro país entre 1969 y 1980, compartió el testimonio de aquella época en su libro Cambiar el mundo. Mis años en Cuba (Ediciones Matanzas, 2016):

En la Cuba que vivía en los setenta esperamos que Fidel hablara. Absurdamente —así lo veo a la distancia— siempre esperábamos que nos explicara los acontecimientos, que nos señalara el camino del análisis correcto (…) Vuelvo a esos discursos y nuevamente me deslumbra la brillantez de este hombre, su capacidad de dirigirse a diferentes sectores de la población sin pecar de repetitivo ni arrogante. Sin embargo, me compunge recordar nuestra absoluta dependencia de un solo análisis, de una sola línea política. Faltaban las herramientas y la libertad de usarlas, algo que podía haber motivado nuestros propios análisis. (p. 267)

Cara nos ha costado esa costumbre. Aún es común aguardar alguna señal de las alturas para mostrarnos combativos, entusiastas o críticos. Las rectificaciones en Cuba siempre han partido del propio gobierno, por ello siempre han sido coyunturales, limitadas y poco profundas. No se puede ser juez y parte, como asevera el refrán.

Prefiero discrepar o aplaudir sin que nadie me «invite» o me «convoque”

Por eso creo justo reconocer que el gobierno está imponiendo un nuevo ritmo a la lentísima marcha que nos caracteriza. Ciertas medidas impopulares han sido revisadas y cambiadas. Reuniones muy frecuentes del Consejo de Ministros donde se aprecian ojeras y rostros cansados. Altos funcionarios dando la cara y aceptando, aun con titubeos y reticencias, errores y desaciertos.

A esto se une el cambio, en un breve plazo, de dos altos cargos: el ministro de transporte y el presidente del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación  (INDER). Este último demovido por insuficiencias (no ventiladas públicamente) en su trabajo, expresión muy poco usada entre la alta burocracia, donde casi siempre “se pasa a ocupar otras responsabilidades”.

Y no es una frase sacramental ni mucho menos. Es literal. Tanto es así que todavía vemos desempeñarse a altos funcionarios, en su momento ministros, que deberían haber sido destituidos de todo tipo de responsabilidades debido a escándalos como las muertes no esclarecidas de numerosos pacientes en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, o la pérdida de gran parte del patrimonio azucarero tras el desmontaje de esa industria.

¿Se impondrá desde ahora la saludable costumbre de no esperar por décadas para sustituir a los ineptos o de argüir otros motivos y no los verdaderos? ¿Fue una estrategia pre-referéndum constitucional o se hará práctica habitual?

Estas preguntas solo tendrán respuesta con la actuación cotidiana del gobierno. De momento aplaudo sin permiso pues también he criticado sin autorización. De eso se trata sentir la libertad.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

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