Chocarán contra un muro

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Editorial

El gobierno de los Estados Unidos de América, en la voz de su Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha declarado que está dispuesto a recurrir a cualquier medio para hacer entrar la “ayuda humanitaria” a territorio venezolano. Esto ocurre luego de que Venezuela pasara por el mayor apagón en su historia reciente, de casi 100 horas, el cual según múltiples evidencias fue resultado de un sabotaje. Y, en el mismo contexto, se suspenden los viajes directos entre Cuba y los Estados Unidos y se ponen restricciones a los visados.

No caben dudas de cuáles son las intenciones del grupo formado por Marco Rubio, John Bolton, Mike Pompeo, Elliot Abrams y Mauricio Claver-Corone. Un grupo que le marca la agenda de política exterior al gobierno de Trump. Están dispuestos a todo, incluso a desatar una guerra, con tal de destruir los gobiernos populares en la región, surgidos de procesos emancipatorios y pro-socialistas. En cierto modo, podemos decir que la guerra ya comenzó: una guerra híbrida de nueva generación, que recurre a todas las formas de desestabilización antes de pasar a los hechos militares.

Colocando una espada de Damocles sobre el gobierno venezolano, están tratando de que aparezca el traidor que les abra la puerta. Están contando con que aparecerá entre los militares venezolanos un cipayo, un entreguista que dará un golpe de Estado. Luego, una ola de fervor anticomunista en todo el continente serviría como coyuntura perfecta para atacar la última plaza, el objetivo final de la operación: Cuba, su gobierno y su Revolución.

Pero sepan los gobernantes norteamericanos, que va a haber resistencia en todas partes del mundo. Porque son muchos los que saben que el aplastamiento de Cuba y Venezuela sería solo la antesala para una nueva ola de recolonización y de injerencia por parte de los EEUU, contra el resto de las naciones. Lo saben en Teherán, en Beirut, en Nueva Delhi, en Hanói, lo saben en Argel, en Luanda, en Johannesburgo, lo saben en Belgrado, en Minsk y, sobre todo, lo saben en Beijing y en Moscú.

Los pueblos latinoamericanos quieren la paz. Sin embargo, también saben ir a la guerra

Hoy se lucha por preservar lo que queda de paz. Pero si se fracasara en ese intento, y se llegara a una intervención militar, entonces no habría otro camino que el de la resistencia armada.

Los militares y el pueblo venezolanos pueden, si logran mantener la firmeza de sus posiciones, ofrecerles a los hipotéticos interventores una resistencia terrible. Porque cuentan con el aparato técnico-militar necesario, así como con una sociedad con experiencia de auto-organización. Y también porque no sería solo una guerra contra Venezuela, sería una guerra contra toda Latinoamérica, pues miles de los hijos de este continente apoyarían esa resistencia. Los Estados Unidos podrán ganar la guerra en términos operacionales, pero nunca podrán pacificar y controlar esa región. En su camino aparecería el muro de una resistencia popular sin precedentes en este hemisferio.

Theodore Roosevelt acuñó la política del Gran Garrote que se convertiría en la doctrina para justificar intervenciones de EU en América Latina

Aquí, en Cuba, sabemos que también vienen por nosotros. Que la consigna es: Primero Venezuela, después Cuba. Aquí, es seguro que los esperará una resistencia total, por más que se trate de una isla diminuta al lado de las capacidades militares de ese imperio.

Sepa la sociedad norteamericana, que, en esa danza de fuego y sangre, serían sus hijos, sus primos, sus padres, sus hermanos, los que vendrían a morir. No se dejen engañar por las apariencias que construyen los medios, por las palabras de oportunistas de clase media. Una intervención extranjera no será recibida como un ejército de liberación. Será recibida por pueblos armados que defenderán cada esquina, cada casa, cada barrio. Miles de balas nocturnas, de explosiones, que segarán vidas norteamericanas.

Donald Trump quiere reelegirse, quiere una guerra victoriosa. Le han dado un enemigo, uno que parece débil. Pero las apariencias engañan. Los antimperialistas latinoamericanos podemos convertirnos en el mayor dolor de cabeza que los EEUU han tenido desde Vietnam.

Muchos queremos la paz. Por desgracia, algunos no.

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