Caminar desnuda por La Habana

Por: Gabriela Mejías Gispert

Cuando cumplí 16 años me regalaron un vestido hermoso, fresco, insuperablemente cómodo. Ese día me lo estrené, tenía que ir a La Habana vieja a buscar a una amiga. Me sentía fresca, alegre, cómoda por encima de todo. Los arabescos del vestido permitían que no se transparentara. Decidí usarlo sin corpiño, en definitiva, tampoco es que tuviera tanto para llenarlo.

A las dos cuadras de casa comencé a sentirme rara. No entendía bien qué pasaba pero me sentía observada. Me puse auriculares, cogí la guagua hasta Galeano y seguí el trayecto a pie. Me saqué los auriculares cuando un señor de unos 40 años me dijo algo que no entendí. Caminé atenta el resto del trayecto. Comencé a prestar atención a la gente que me cruzaba.

Escuché de todo, comentarios muy desagradables, algunos que pretendían ser galanteos, otros solo me miraban: miraban fijamente a mi vestido. Hubo quien me prometió casamiento, otros succionar partes de mi cuerpo. Pensé que era paranoia mía. Me dije que no tenía que haberme puesto el vestido sin corpiño, era mi culpa. Sentí que caminaba desnuda por la calle. Caminé lo más rápido que pude, avergonzada, mirando al piso hasta llegar a mi destino.

No volví a usarlo por mucho tiempo. Tenía 16 años y muy pocas herramientas para hacerle frente a una sociedad machista que cosifica a las mujeres.

Con los años aprendí a responder, a poner cara de asco o ignorar los tan afamados “piropos” que tan común son en nuestra isla. En más de una ocasión tuve que empujar a algún machito que creía sensual violar mi espacio personal para decirme alguna de sus ocurrencias. Crucé muchas veces la calle o salí del portal por el que caminaba, para no tener que atravesar un grupo de hombres sentados en la acera. En incontables fiestas tuve que moverme de lugar con mis amigas para bailar tranquilas, porque algunos hombres no comprenden que No es No. Comencé a cuestionarme la sonrisa complaciente ante los cumplidos de compañeros de trabajo: dejé de hacerlo.

Resulta que cuando una mujer se planta y no celebra un piropo es una amargada, una pesada o tiene la regla

¿Acaso las mujeres tenemos que medir nuestra forma de ser para no provocar? ¿Acaso salimos a la calle con un cartel invisible en la frente que dice: por favor dime algo de lo que me puse hoy? ¿Acaso las mujeres nos vestimos para que nos digan “cosas”? ¿En qué momento perdimos el nombre y pasamos a llamarnos: mushhh mami? No somos tu mamá, ni queremos serlo.

El 8 de marzo volvemos con miles de flores del trabajo, incluso de extraños. Resulta que es nuestro día; hay que mimarnos. Nadie nos explicó nunca por qué se celebra este día internacionalmente.

El 8 de marzo de 1957 miles de trabajadoras textiles decidieron salir a las calles de Nueva York con el lema “Pan y rosas”. Sus reclamos exigían mejores condiciones laborales y el cese del trabajo infantil. En los años siguientes sucedieron disímiles huelgas y protestas de las mujeres por sus derechos.

En 1975 las Naciones Unidas lo institucionalizan como el día internacional de la mujer, en conmemoración a las luchas de las féminas por la igualdad, la equidad de derechos y oportunidades con respecto a los hombres.

En Europa, en 1910 en la 2da Conferencia de mujeres socialistas se decide proclamar el día de la mujer trabajadora. Se organizaron mítines para pelear por el derecho al sufragio, a ocupar cargos públicos, por la no discriminación laboral y por el derecho a la educación profesional. En muchos países estos reclamos, después de 108 años, siguen siendo las principales demandas en las manifestaciones.

El 8 de marzo no es un día de fiesta. Se conmemora la lucha de las mujeres empoderadas que no queremos ser objeto de tu acoso, de tus “piropos”, de tus restricciones de vestuario, de tu heteronorma patriarcal, de tu construcción machista de la sociedad. Las mujeres no queremos flores, ni chocolate: no el 8 de marzo.

No existe día del hombre porque jamás tuvo que pelear por sus derechos

Deconstruyamos el significado del 8 de marzo en nuestra isla, por todas las interrogantes que aún tenemos como sociedad y por sororidad a las mujeres que no tienen garantizados ni la mitad de los derechos que para nosotras son naturales. Por las mujeres que marchan por lograr la legalización del aborto voluntario no penalizado. Por las mujeres que son víctima de la trata de personas, de la prostitución.

Por las que son víctima de la violencia intrafamiliar, por las que son discriminadas por su orientación sexual. Por los derechos de las amas de casa a que se les reconozca su trabajo, por el cese del acoso, por la necesidad de mostrar que las mujeres cubanas somos empoderadas. Y lo seguiremos siendo.

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