Disciplina o responsabilidad

Foto: HBC

Por: Manuel García Verdecia

Siempre he tenido un problema con el concepto de disciplina. Solo me parece aceptable cuando es sinónimo de método, a tener un rigor sistemático para hacer algo. No así cuando se refiere a la aceptación y seguimiento de ciertas reglas. Entonces la palabra implica algo de aceptación ovejuna, de formalidad insensible, de beatitud hipócrita, de autocontrol masoquista.

No se si por ciertas practicas me suena a temor y látigo. Tal vez se deba a que en mi niñez fui sumamente obediente y solo gané castigos y abusos. Entonces decidí que debía cambiar. En la secundaria me expulsaron del campamento donde hacía labores agrícolas enviándome a otro ajeno porque me resistí a una profesora que nos puso a trabajar en un campo que ya habíamos hecho. Al explicarle dijo que no importaba, que había que hacerlo de nuevo. Me negué.

Luego en el preuniversitario impusieron una formación militar y cierto profesor se aprovechó de aquello para someternos a caprichosas tareas. No las cumplí y me llevaron a una suerte de tribunal donde me imputaron 52 deméritos, lo que me obligaba a hacer guardia por todo un año. Por supuesto que no lo acepté y tuve que dejar los estudios y tomar un curso de formación emergente de profesores, lo único que me liberaba de un prolongado castigo.

Allí había una profesora exigente ante quien no se podía chistar. Yo chistaba, de modo que, a fin de curso, a pesar de mis buenas notas, quedé pendiente por indisciplina. La falta de profesores me salvó en el último momento, por lo que, luego de reprenderme, me llamaron para trabajar. Ya después, como trabajador, una y otra vez, clasifiqué entre los problemáticos… Simplemente porque rechazaba lo que me parecía insensato o impropio. Bueno, creo que en algún sitio debe dormir un grueso expediente de mi “conducta impropia”. No me preocupa. Tengo la conciencia tranquila.

Foto: Getty

Resulta que la disciplina es sumamente conveniente para los autoritarios. Es más fácil ordenar que hay que hacer algo “porque lo digo yo”, antes que convencer de que algo es conveniente y útil que se haga. Curiosamente, en mis años de profesor pude percatarme de que los alumnos más inteligentes y creativos eran los menos disciplinados. Igual lo he visto con los niños. Esas criaturas obedientes y pasivas, casi nunca superan la mediocridad.

Todos los grandes hombres, de una u otra forma, fueron indisciplinados para con las circunstancias de su tiempo

Se rebelaron contra imposiciones insensibles e insensatas. Sócrates contra los ortodoxos, Cristo contra los fariseos, Bruno contra la Inquisición, Bolívar contra la monarquía, Martí contra la dependencia, Ghandi contra el sometimiento inglés, Mandela contra el apartheid.

Una de las peculiaridades de los sujetos de conciencia insuficiente es que, ante un problema que ocurre en su medio y que afecta a muchos y de algún modo también a él, se consideran ajenos o disociados de él. Por lo general, se tiende a buscar uno o varios culpables y endilgarles el peso de la causa por lo que ocurre. Esto es un comodín que sirve para desligarnos de los asuntos.

Es claro que en todo fenómeno social siempre existen, al menos, dos bandos. Uno es el de quienes infligen una acción y otro, el de quienes la sufren. Sin embargo tanto unos como otros comparten un elemento esencial, el de la responsabilidad por las consecuencias. Lo más fácil y enajenante es hallar un culpable. ¿Se trata acaso de hacer de la víctima el victimario? Por supuesto no es igual la culpa del que ordena cometer un desatino que la de quien pacientemente lo soporta. Simplemente se trata de no renunciar a la necesaria reacción ante cada acto. Todo individuo tiene la responsabilidad de proteger su destino y de que nadie decida por él todo cuanto lo afecta.

Ante las más diversas situaciones, el pensador francés Jean Paul Sartre nos llamaba a reaccionar invocando, “Ustedes son responsables como individuos”. No se puede permanecer totalmente paciente e indiferente ante aquellos actos que nos limitan, hieren o disminuyen como seres humanos. Es necesario alzar la voz, reclamar, condenar, rechazar. Creo que muchos desmanes ocurren a amplios colectivos humanos porque cooperamos con nuestro silencio, nuestro temor, nuestra indiferencia. No hay que convertirse en mártir ni apelar a la violencia. Todo empieza por mantener nuestra entereza, nuestro pensamiento propio, nuestra actuación desligada de complicidades y nuestra voz sostenida en la honestidad y la verdad.

Asumir nuestra simple responsabilidad como individuos es el mejor modo de impedir que los crápulas nos sometan y abusen

Todos somos responsables de nuestro acontecer. Ya lo decía Martí, “Los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes”. No dejemos que, como la mala hierba, progresen los malos por nuestra indolencia e irresponsabilidad. La fuerza del bien no es de cantidad sino de calidad.

Me parece que más humano, creativo y racional es el concepto de responsabilidad. Esta implica una actitud que no se motiva desde fuera (por el dictamen o el látigo) sino por el convencimiento íntimo. La persona responsable sabe por qué actúa de un modo y lo hace consciente y con absoluta fe. Muchos disciplinados simplemente fingen y acatan. Pero el responsable es siempre fiel con lo que cree, jamás actuaría sin convicción.

El responsable responde (de ahí viene la palabra) por sus actos, pero lo hace porque tiene conocimiento de causa y ha interiorizado lo que lo lleva a actuar de cierto modo y no de otro. Al responsable nadie tiene que monitorearlo, pues lo monitorea su disposición. Su actuación es siempre adecuada pues surge de una determinación interior, conscientemente elegida. Por eso creo que en los hogares y las escuelas debíamos preocuparnos por educar personas responsables antes que borregos disciplinados, que van como la burbuja adonde la fuerza del viento los lleve.

Ser responsable es conocimiento, sensatez, sensibilidad y voluntad, ser de acuerdo con lo que uno cree y siente. Ser disciplinado es obedecer y actuar ciegamente. Ser responsable es saber y actuar consecuentemente sin traicionar lo que en esencia somos. Un mundo sensato y armónico necesita indefectiblemente de seres sensibles altamente responsables.

Anuncios