Mi patria perdida

Foto: Alexander Zemlianichenko Jr./ AP

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

En este mundo de los medios digitales, uno escribe y enseguida aparecen los comentarios, completando la idea, tergiversándola o, en ocasiones, lanzando una pregunta. Cierto comentarista al parecer reparó en mi último apellido, y con insistencia me ha llamado a expresarme sobre el nivel de democracia de la antigua Unión Soviética. Al parecer está interesado en que comparta mi experiencia familiar sobre las “terribles” condiciones en que vivió el pueblo soviético bajo el socialismo de Estado. No sabe que ha tocado una fibra sensible, y que mi respuesta quizás no se parezca a lo que él espera oír.

Ciertamente, nací en la Unión Soviética, un país que ya no existe. Lo confirman mi carnet de identidad y mis pasaportes. Nací en Moscú, en el epicentro de un mundo que se desplomaba. Si me hubiera tardado solo unos meses, habría nacida ya en la Federación Rusa. Mis padres, él cubano, ella rusa, decidieron traerme para Cuba: un lugar seguro.

Nunca he regresado. No recuerdo nada de aquel lugar. Me crie con mi abuela cubana. Pero desde muy pequeño todos me llamaban “el rusito”. A partir de ese dato se construyó mi identidad. En los años noventa, cuando había luz, veía con especial avidez los muñequitos rusos: venían de donde mismo yo había venido. Fue por esa misma avidez que en la adolescencia me acerqué a los libros de historia y a la literatura rusa.

Descubrí entonces una gran nación. Me estremecí junto con los diez días de John Reed. Supe de algo llamado la Gran Guerra Patria, que yo viví en las páginas de La Joven Guardia, Mi guerra aérea, Ellos lucharon por la patria, y Un hombre de verdad, entre otros libros que para mí son clásicos. Me leí cuanto encontré de la ciencia ficción soviética. Pero, sobre todo, comprendí la altura y el significado que alcanzó la Unión Soviética para todos los que luchaban por el socialismo en el mundo. Por supuesto, con la madurez también se ha ampliado mi imagen de ese país.

Stalin verdaderamente le arrancó el corazón a la Unión Soviética. Sus acciones, su traición a la revolución y a sus camaradas, no tienen perdón

Los compatriotas rusos que he conocido, incluyendo mi madre, y los cubanos que vivieron allí, me han ayudado con sus anécdotas a hacerme una idea más balanceada de aquella realidad.

Pero justamente por eso, porque creo que soy bastante crítico con la Unión Soviética, tampoco permito que me la pinten como el infierno comunista. No puede borrarse de un tirón todo el heroísmo, la pasión, el amor, la creatividad, de un pueblo que hizo la primera revolución socialista del mundo, que defendió su Estado Popular frente a los guardias blancos y a los ejércitos de la Entente, que derrotó al III Reich, y que fue el primero en alcanzar el cosmos. Sencillamente no se puede.

Es cierto que, después de Stalin, la revolución socialista estaba herida de muerte. No hay forma de descongelar a un zombi. Pero al parecer los soviéticos no querían darse cuenta, y siguieron “construyendo el socialismo”. La Unión soviética de la segunda mitad del siglo XX fue un país industrializado donde se podía vivir con cierta comodidad material, un país que creció en la economía, en la ciencia, en la cultura. Un país donde se cultivaban utopías comunistas de futuros espaciales. Los pioneros y pioneras, con pañoletas bicolores, despedían a los cohetes que partían hacia el futuro.

Un país, donde gracias al CAME un cubano y una rusa podían conocerse y enamorarse, en una facultad de Química de las Radiaciones

Hoy quieren los medios hegemónicos que solo recordemos a la Unión Soviética por los gulags, los electroshocks, la CHEKA, la KGB, etc. Ciertamente, no pueden olvidarse los gulags. Pero tampoco puede olvidarse la obra de los comunistas soviéticos que, traicionados por sus dirigentes, siguieron adelante, tratando de crear un nuevo mundo regido por la ciencia, el colectivismo, la cooperación y la estética proletaria. No puede olvidarse el valor que tuvo la bandera de la hoz y el martillo para los que luchaban por los derechos sociales en el mundo entero.

Para mí, la Unión Soviética es mi otra patria. Una a la que regreso siempre con nostalgia y tristeza. Y cuando reflexiono sobre los problemas de la Cuba actual, no puedo dejar de pensar en aquella. Porque veo los paralelismos.

Yo soy de los que cree que el plan original de la Perestroika era correcto. Salvar el socialismo destruyendo las bases del burocratismo, el dogmatismo y el autoritarismo. Sin embargo, ya sabemos cómo terminó eso. En parte se puede culpar a Gorbachov y a Yeltsin por traidores, pero la explicación más profunda de lo ocurrido es otra.

La Unión Soviética no podía salvarse porque la sombra de Stalin (y los estalinistas) era demasiado larga

Así como me gusta la idea de la Perestroika, apoyo la Actualización cubana. Lo cual me lleva a debatirme entre el temor a que terminemos del mismo modo y la esperanza de que no sea así. Vivo con la esperanza de que la Revolución Cubana (léase transición socialista) no haya sido asesinada aún y de que se pueda salvar.

No sé si he estado a la altura de las expectativas del comentarista al que me referí al principio. Este es mi testimonio como ruso-cubano. La Unión Soviética es el paraíso perdido de mi infancia y el trasfondo omnipresente de mis reflexiones adultas. Me parece sádicamente simplón limitarse a preguntar por su nivel de democracia.