Perpetuar el hoy

Por: Miguel Alejandro Hayes

Una de las mayores críticas a las concepciones hegelianas, es la que surge de observar en estas una teleologíde la historia: todo el camino recorrido solo puede terminar en un estado de cosas. En la Cuba de hoy, advierto que se le da connotación a tal saber, cuando menos similar.

La historia es una ciencia con marcado carácter ideólogico. La conciencia de esta fue, ha sido, es, y será, parte de la producción y reproducción de subjetividades que validan y legitiman ideologías políticas, y por tanto sirve, a intereses de clase. Su papel en la transformación o conservación de la conciencia cotidiana, le da ese poder.

Dicha posición clasista hace que no deba ser poca la atención que reciba por parte de los mecanismos y aparatos ideológicos del Estado. Y tampoco es nada casual que la conformación de conocimientos históricos ocupen y preocupen la mente tanques pensantes, dentro y fuera de corrientes revolucionarias.

Visto esto, no debe resultar nada descabellado que los gobiernos y todas las estructuras de dominación utilicen la enseñanza de la historia -a su interés- como parte de las formas de reproducir la dinámica de poder, y el papel de los privilegiados en esta.

Así lo sufrimos los cubanos en el pasado, evidenciado esto por  la ausencia del estudio de la Historia de Cuba en épocas previas al 59, acción que era parte de la coartada de una potencia extranjera  en el intento de dejar a un pueblo sin historia. Pero si es malo ser un carecer de esta, también es malo quedar atrapado en ella.

No ha faltado en nuestro país, en mucho del discurso oficial -no solo en el sentido formal, sino en el de hecho también- el hacer uso teleológico de la historia.  Empleo este, que merece cuidado.

Una buena práctica  historiográfica trata de explicar las condiciones de un hecho enmarcado en una época, sus causalidades en lo anterior, y de cómo este a su vez condiciona lo posterior. Ir al pasado es necesario para explicar un punto previo a dónde se está hoy, eliminar el zigzagueo; y de las lógicas obtenidas, enlazar los puntos que forman la espiral del movimiento.

Entonces, nos encontramos con aquellos para los que  la historia de Cuba no deja de ser una mera forma de legitimación de lo que están haciendo actualmente. Cuestión esta, que sigue manteniendo a la disciplina como instrumento del aparato ideológico, que no necesariamente es útil a quienes no ejercen de manera indirecta el poder del estado, pero sí a los que lo hacen directamente.

Es necesario admitir que eso no es una práctica cuestionable per se, sino porque lleva implícita inculcar  la conciencia que le es orgánica a  prolongar el estado de cosas en que se vive -de la que unos grupos son beneficiarios y otros no-, acompañado de dar paso a descalificar sujetos y actores que emergen objetiva inevitablemente de tiempos actuales.

 Por otro lado, al vivir con el ojo puesto en el pasado, se presenta el riesgo de quedar atrapado en él. Si bien hegemonía a partir de la construcción de una conciencia histórica en las  masas es efectiva, en la medida que la subjetividad social se va despegando -incluso en un sentido lineal del tiempo- del pasado, la legitimidad del presente comienza a depender cada vez más de sí mismo.

De la misma manera, la legitimidad de acciones y figuras que  derivan de ser  heredero formal de un hecho anterior, tiene su momento de caducidad en contextos de reconfiguraciones sociales donde adquiere un mayor peso la capacidad de saber interpretar el sentir de los tiempos en que se está.

Usar la historia de escusa para perpetuar las prácticas del hoy -la lógica de los más beneficiados hoy-, llega al tope de utilidad que le impone su presente. Mejor llevarla para explicar nuestro devenir, y alejada de teleologías clasistas.