Gazapo filosófico

Foto: Claudia Daut / Reuters

Por: Alina B. López Hernández

A fines del 2008 había entregado mi tesis para optar por el grado de Doctora en Ciencias Filosóficas y esperaba con ansiedad las oponencias. Esta es una fase crucial que define la recepción de la investigación entre los expertos. Finalmente ambas oponencias fueron favorables, aunque por supuesto, y como siempre ocurre, hacían sugerencias recomendaciones y evidenciaban imprecisiones.

Una de ellas fue mi planteamiento de que la generación de Juan Marinello había asumido en su juventud, a través de la filosofía irracionalista y de las vanguardias artísticas, “la adhesión a los eternos valores éticos, a las reliquias nacionales”.

 Hube de reconocer al oponente que señaló el desliz, que no era acertada la utilización del término eternos para referirme a los valores éticos, por cuanto ellos poseen sustento material y gran dinamismo, esto quiere decir que cada época genera su propio sistema de valores.

Lo correcto hubiera sido plantear que esa generación había recurrido a valores éticos que siempre potencian un aumento de la cohesión social en períodos de dificultades, como fueron los años veinte del pasado siglo en Cuba. Fundamenté también que es característico que en época de crisis económica y social se manifieste un auge de las ideas religiosas, de tendencias artísticas evasivas o transgresoras y, sobre todo, de la búsqueda de ideas tendientes al mantenimiento de la unidad nacional y que se manifiestan a través de símbolos, en miradas al pasado y a momentos que se consideran heroicos y trascendentales en la historia y la cultura.

Los valores son las normas que rigen nuestras vidas, el conjunto de puntos de vista sobre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo que se considera inmoral. Se clasifican según diferentes puntos de vista y considerando el nivel de mayor o menor incidencia social. Es así que puede hablarse de valores éticos públicos o cívicos y de valores éticos privados o personales.

En la Cuba posterior al derrumbe del socialismo, el tema de la pérdida de valores ha generado gran cantidad de investigaciones. Algunos, con entusiasmo estéril, se han propuesto rescatarlos.

En julio de 2013, el entonces Primer Secretario del Consejo de Estado y de Ministros, en una intervención ante el Parlamento, se lamentaba de que: “Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de 20 años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás”.

No eran los valores los que se habían perdido en realidad. Eran las transformaciones que el período especial había ocasionado en las vidas de las personas las que habían modificado sus percepciones respecto a qué era lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, etc. Pero no solo los valores éticos privados o personales habían cambiado, también lo hicieron los valores públicos o instituidos. Por poner solo un ejemplo, los que en los años setenta, ochenta y noventa se enjuiciaban como “estímulos materiales a los trabajadores”, entrado el siglo XXI serían percibidas como “gratuidades indebidas”.

La nueva Constitución asume diversas formas de propiedad. Sin declararlo, asume también la existencia de varias clases sociales. Deberá asumir entonces que ellas generan un sistema de valores propios. En su excelente El dieciocho brumario de Napoleón Bonaparte, obra de gran vigencia para analizar el auge y declive de una revolución paradigmática, Carlos Marx explica: “Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes”.

En el articulado constitucional se hace referencia en diversas ocasiones a los valores de nuestra sociedad o del socialismo. El artículo 13 enumera, entre los fines esenciales del Estado, en el inciso g: “afianzar la ideología y la ética inherentes a nuestra sociedad socialista”.

Por su parte, el artículo 32, cuando manifiesta que el Estado orienta, fomenta y promueve la educación, las ciencias y la cultura en todas sus manifestaciones; plantea en su inciso h que “se promueve la libertad de creación artística en todas sus formas de expresión, conforme a los principios humanistas en que se sustenta la política cultural del Estado y los valores de la sociedad socialista”.

Dado que hay que establecer la legislación complementaria que convierta en operativa a la Constitución, sería necesario que los legisladores reflexionen bien antes de atribuir valores que ya no respondan a la sociedad que tenemos hoy o, mucho menos, a la que vendrá en un futuro inmediato. Recomiendo, ante la duda, que se atengan únicamente al artículo 40: “La dignidad humana es el valor supremo que sustenta el reconocimiento y ejercicio de los derechos y deberes consagrados en la Constitución, los tratados y las leyes”.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com