Una perspectiva eficaz

Foto: Mayerling Garcia /AFP/Getty

Por: Manuel García Verdecia

Hace poco hice un comentario en el cual manifestaba mi estupefacción por la victoria de Jair Bolsonaro (alguien con políticas tan retrógradas) por encima del Partido de los Trabajadores en Brasil y analizaba la falta de un análisis profundo que pusiera de manifiesto los verdaderos conflictos que impidieron que la izquierda brasileña accediera al poder. Sin embargo, al pasar vista a la situación en el resto de América, y en el mundo, notamos que ha tenido lugar una suerte de inusitada alta marea de la derecha.

Argentina, Paraguay, Chile, Perú, Colombia, Ecuador y recientemente El Salvador, han sentado en sus sillas presidenciales a políticos contrarios a la izquierda. Así mismo, en la mayoría de Europa, Asia y África, los que presiden los gobiernos de los respectivos países son de esa opción. A la larga, en un mundo de más de 243 países y una población de más de siete mil millones de habitantes solo tres países mantienen sistemas de corte socialista tradicional (descontamos a China cuyo orden es arduo de encasillar): Cuba, Vietnam y Corea del Norte, con unos 126 millones de habitantes.

Tal situación hace imprescindible que la izquierda internacional se someta a un estudio profundo y sin evasivas para que pueda retomar los bríos que alguna vez tuvo y que infundieron esperanzas a millones de desposeídos.

Tal vez una perspectiva eficaz para un estudio así es la que adoptó el intelectual y sacerdote Frei Betto al analizar la situación brasileña. Betto, identificado plenamente con los movimientos de izquierda del mundo, hace un análisis sensato e integralmente convincente de la peculiar circunstancia que llevó al Partido de los Trabajadores a perder la presidencia del Brasil. El mismo nos permite hacer inferencias significativas que pueden ser de mucha utilidad para el autoanálisis de los partidos de izquierda en el continente, pues se trata de una reflexión que va al fondo interno de los errores que facilitaron esto.

El artículo creo que vale la pena estudiarlo no solo por los fenómenos que describe sino, sobre todo, por la manera de aproximarse a los problemas con un genuino enfoque dialéctico y desapasionado. Dice allí el autor, ya de entrada: “La democracia brasileña siempre ha ido frágil.” Ese “siempre” es sintomático. Luego pasa al análisis de los errores del Partido del Trabajo. Señala tres fundamentales:

  • “El involucramiento de algunos de sus líderes en casos comprobados de corrupción, sin que la Comisión de Ética haya sancionado a alguno…”
  • “La desatención a la alfabetización política de la población y a los medios de comunicación…”
  • “No haber implementado ninguna reforma estructural a lo largo de 13 años de gobierno… El PT es hoy víctima de la reforma política que no logró promover.”

Más adelante reconoce: “Dilma fue reelecta con un pequeño margen de voto… El PT no entendió el mensaje de las urnas. Era hora de asegurar la gobernabilidad mediante el fortalecimiento de los movimientos sociales”. Para concluir su examen hace una generalización a la que deben atender todos los que se interesan por el verdadero triunfo del pueblo y el avance de este hacia el dominio auténtico de sus asuntos. Plantea:

“La izquierda se llena la boca con la palabra «pueblo», pero no está dispuesta a «perder» fines de semana para ir a las favelas, a las villas, a la zona rural, a los barrios donde viven los pobres. He ahí las prioridades de la actual coyuntura brasileña: que el PT se haga una autocrítica y se recree; que la izquierda retome el trabajo de base; que el movimiento progresista rediseñe un proyecto de Brasil que resulte un proyecto político viable.”

El carácter acomodaticio y sin profundas convicciones de muchos cuadros de la izquierda es algo generalizado y cercano

Igualmente indica lo imperioso de una meticulosa autocrítica que la aparte del comodín de buscar el enemigo externo, y no es que no lo haya, sino que no solo eso la lleva a perder territorio sino y, principalmente, sus propios desatinos e inconsecuencias.

Pienso que, precisamente, por confiar en tener las intenciones e ideas más certeras y provechosas para la redención de los grandes conglomerados humanos, la izquierda dio por seguro el apoyo permanente de esas muchedumbres. El exceso de triunfalismo, la obnubilación a que lleva creerse en posesión de la verdad infalible sobre la solución de los problemas, la tendencia a la externalidad en el análisis de las dificultades para el desarrollo y la falta de una raigal postura crítica hacia los propios impedimentos y errores han hecho que se pierda la postura de vanguardia y, por ende, la amplia base social que es el sostén de cualquier bando político.

Ha faltado dialéctica al analizar los procesos de desarrollo pues ciertos logros se dan como llegada a un punto de jovial suma existencial, sin tener en cuenta que los seres humanos son seres en constante insatisfacción y que una vez que alcanzan ciertas ganancias se imponen nuevas metas.

En un examen que hiciera el expresidente ecuatoriano Rafael Correa sobre los desafíos de la izquierda en el continente este expone una serie de puntos de máximo interés. Empieza por señalar: “Probablemente la izquierda es también víctima de su propio éxito”. Esto muestra que se dio lo obtenido como algo definitivo y terminado, que saciaba de una vez ansias y sueños de las personas.

No se ve los procesos como una constante reacomodación a nuevas circunstancias e intereses

Luego indica: “Tenemos personas que superaron la pobreza y ahora —por lo que se llama muchas veces prosperidad objetiva y pobreza subjetiva— pese a que han mejorado muchísimo su nivel de ingreso, piden mucho más, y se sienten pobres, no en referencia a lo que tienen, peor aun a lo que tenían, sino a lo que aspiran.”

Esta ha sido una de las insuficiencias capitales de la izquierda en el poder, concebir la eliminación de necesidades arrastradas de estadios anteriores como la conclusión de las aspiraciones y no como una plataforma para emprender nuevos alcances que pusieran en la hora mundial a nuestros pueblos y buscaran superar lo conseguido por otras naciones bajo el sistema capitalista.

A esto puede responderse con las palabras del historiador Youval Noah Hariri: “Los humanos raramente se sienten satisfechos con lo que ya tienen. La reacción más común de la mente humana a lo conseguido no es la satisfacción sino ansiar más.” (Homo Deus, p.23)

Tampoco hemos sabido sacar experiencias de lo que hacen los otros

Mientras el capitalismo ha aprendido ciertas lecciones de la crítica social de izquierda (planes de atención social, médica y mejoras laborales), las izquierdas no han hecho lo mismo respecto al sistema que rechazan. Así lo ve el profesor Hariri al plantear que el liberalismo capitalista “…ha adoptado varias ideas e instituciones de sus rivales socialistas y fascistas, en particular un compromiso a proveer a la población en general con educación, salud y servicios de bienestar social.” No es que estos sean una panacea, pero sí se han dado pasos para el mejoramiento de los menos afluentes con el fin, básicamente, de preservarse en el poder.

Hay mucho de eficacia productiva, mucho de incentivación a la iniciativa individual, mucho de modos de hacer producir ganancias que han logrado países capitalistas y son aspectos que han hecho falta a los gobiernos de izquierda. No se puede resolver la situación de millones de habitantes con sistemas insolventes o improductivos. Además, siempre dijeron los padres intelectuales del socialismo que este sería solo posible una vez que se propasaran las condiciones adonde había llegado el capitalismo, pues se supone que el socialismo sea una etapa superior en todos los órdenes.

Desde la pobreza y la precariedad material no se puede construir un sistema superior

Es evidente que a la izquierda la hace falta una introspección minuciosa, desprejuiciada y responsable si quiere restablecer una amplia base social y, consecuentemente, volver a posiciones de poder. Ante todo, ya es ineludible dejar atrás los rezagos de estalinismo burocrático y policial, así como el maoísmo de absurdos saltos al vacío. Se hace necesaria una concepción novedosa, fortificada con el conocimiento exacto de los errores cometidos por los partidos de izquierda durante el siglo XX y la actualización según las nuevas condiciones y perspectivas de los estudios sociales.

Hay algunos aspectos que, creo, deben tenerse en cuenta de manera priorizada para un enfoque más sensato y coherentemente esperanzador. La izquierda no debe atrincherarse en algoritmos ideológicos como si fueran sistemas eternos e inamovibles, sino tener ojos y oídos abiertos para adecuarse a las necesidades de las circunstancias así como a las aspiraciones de sus seguidores.

A la par, se hace primordial sustituir el castrante igualitarismo por la equidad auspiciadora y más cercana a las características y propensiones del ser humano. Otro aspecto fundamental, que ha sido una piedra en el zapato de estos sistemas, es evitar el burocratismo omnipresente y paralizante. Este debe sustituirse por un mínimo indispensable de cuadros y organismos funcionales que estén muy cercanos y atentos a la base social. A esta debe dársele verdaderamente la posibilidad de vigilar y criticar la labor de dichos cuadros.

Concomitante con lo anterior es la anulación del secretismo y la censura. Deben propiciarse las vías reales para ventilar públicamente la actuación de los cuadros decisores. Esto preserva la salud ética de la izquierda y cierra el paso a los abusos de poder y la corrupción debilitante.

Igualmente, no debe demonizarse a los oponentes, bien sean de izquierda o de derecha. Es fundamental trabajar con ellos en un diálogo permanente que posibilite consensos provechosos y armonizantes. Todo lo que sea juicioso y útil debe aceptarse, venga de donde venga.

Además, no se debe tomar los fenómenos resueltos como conquistas definitivas sino como peldaños para ayudar a la realización de los siempre cambiantes y crecientes anhelos de las personas. La solución de ciertos problemas que, de viejo, aquejan a la sociedad no implica que esta se alinee permanente y definitivamente con la izquierda por encima de sus necesidades, pues las renovadas demandas de la vida y las ansias de progreso individual ineluctablemente llevarán a aquella a buscar asociaciones que favorezcan la consecución de lo anhelado.

Ningún sistema político puede estar por encima de las exigencias de la existencia humana

El gran intelectual de izquierda mexicano Carlos Fuentes, en su libro En esto creo, tras admitir “fracasos, oportunismos, traiciones, pasividades”, en la izquierda del siglo XX, también reconoce sus indudables éxitos “en sus luchas contra los fascismos, en Europa, en los Estados Unidos, en Latinoamérica”, y halla que tiene mucho por hacer en medio de la globalización, sobre todo por un “ordenamiento político internacional” que beneficie a las naciones con justicia social y económica así como con democracia. Esto, según él, debe hacerse dándole el papel correspondiente tanto a la empresa privada como al Estado, con “el ejercicio efectivo y vigilante de los procesos democráticos”.

El desafío para la izquierda del siglo XXI es aprender a oponerse a sí misma para no caer más caer en dogmas, falsificaciones y arbitrariedades que la mancillaron en el s. XX

En fin la izquierda necesita de un profundo, serio y responsable ejercicio de introspección, sin dogmatismos ni triunfalismos vanos, que la restañe de sus heridas y le devuelva la posibilidad de conducir las grandes mayorías hacia la redención, la prosperidad y el más amplio humanismo.

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