El Día D de Guaidó

Foto: Raul Arboleda/AFP/Getty

Por: Mario Valdés Navia

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.”[1] Hoy parece como si Marx previera con esa tesis famosa lo que ocurrió este 24 de febrero en la frontera colombiano venezolana.

La identificación propagandística de la supuesta invasión de ayuda humanitaria a Venezuela con la gesta heroica del desembarco de los Aliados ante los baluartes nazis en las playas de Normandía, no pasó de ser una comedia macabra y peligrosa. Aunque no ocurrió la debacle pronosticada del gobierno Maduro, las víctimas mortales, los heridos y detenidos en los enfrentamientos violentos hicieron recordar los peores momentos de las guarimbas.

Ahora falta por ver cuál será el camino que tomen los acontecimientos pues ya los dados fueron lanzados y no parece haber marcha atrás. El usurpador quemó las naves al fugarse a Colombia para tener su minuto de gloria en la compañía de sus ansiados pares Duque, Piñera, Cartes y el pretor imperial Mike Pompeo.

El camino más expedito para él, si no quiere ser pasado a retiro tempranamente, puede ser el de constituir un gobierno en el exilio e intentar  mangonear los cuantiosos fondos del Estado venezolano que le han sido confiscados ilegalmente en bancos de USA y UK.

La ruptura de relaciones entre Colombia y Venezuela y el cierre de la frontera común -una de las más transitadas del mundo-, pone a estos países hermanos en una insostenible situación de tirantez política y severa afectación económica. Los más perjudicados serán los 2,7 millones de venezolanos y los 4 millones de colombianos que han emigrado al país vecino, pero los problemas son mucho mayores.

Si se extiende esta situación es de esperar que el contrabando se multiplique y la región fronteriza se torne cada vez más volátil ante el trasiego de contratistas mercenarios y paramilitares colombianos. Sigo pensando que este es el as en la manga de los estrategas de Trump que no van solo tras el petróleo, el oro y el coltán de Venezuela, sino que aspiran a caotizar toda la región aplicándole la receta que se administrara al mundo árabe tras el 11/9, con la gloriosa excepción de la Siria indomable de Al Assad.

Esta variante parece aún más probable tras la inquebrantable lealtad mostrada por la FANB al gobierno de Maduro y los fracasos sucesivos de los planes intervencionistas a nivel internacional, tanto en la reunión del Consejo de Seguridad convocada por USA, como en la demostrada incapacidad del Grupo de Lima y la OEA de Almagro para lograr la condena masiva a Venezuela en el ámbito latinoamericano.

La peor opción para todos: la intervención militar extranjera en la patria de Bolívar, pasa también por el protagonismo del usurpador Guaidó. Está por ver si su entreguismo llega al punto de solicitarla como parece dispuesto a hacer. Si lo piensa debería recordar que nunca los militares de USA han invadido Suramérica, pero ya están allí acantonados -sobre todo en sus bases en Colombia- y no se harán de rogar si se les presenta la oportunidad.

Le recuerdo que en la historia de Cuba hay un triste antecedente que involucra a uno de los próceres del 68, el venerable Tomás Estrada Palma. Aunque su papel protagónico en la intromisión estadounidense en la guerra contra España nunca le fue criticada y sus ideas sobre la incapacidad de los cubanos para el autogobierno no fueron conocidas públicamente durante su vida, la rabieta que lo llevó a apelar a la intervencionista Enmienda Platt ante la revuelta liberal de 1906 bastó para marcar en su frente el estigma de apóstata que lo acompañó hasta su solitaria muerte.

Nada puede sustituir hoy al diálogo franco, serio y comprometido entre todas las tendencias y actores políticos y sociales en Venezuela. Quizás la conferencia internacional que los gobiernos de Uruguay y México están convocando pueda ser el camino más expedito para sacar a esa tierra hermana de la crisis en que se halla sumida y desvirtuar los fantasmas de la guerra.

Esperemos que el fracaso en su pretendido Día D no lleve al aún joven e inexperto político derechista a pasar a la historia por un gesto que lo eternizaría sí, pero en el Olimpo de los traidores, no solo a Venezuela, sino a toda Nuestra América.

 Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1]K, Marx: “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, p.1.