Movimientos tectónicos

Foto: Tomas Munita/NYT

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Algo se mueve en lo profundo de la sociedad civil cubana. Nadie sabe con certeza si se trata del nacimiento de una nueva época o de un simple espasmo transitorio. Pero no caben dudas de que algo se mueve.

Los cuestionamientos al Decreto 349, la campaña por el Modelo Original contra el artículo 68, los reclamos de los cuentapropistas contra las excesivas restricciones, las huelgas de boteros y, más recientemente, la creación de redes espontáneas de solidaridad para ayudar a las víctimas del tornado, son una muestra fehaciente de que la sociedad civil está despertando.

Ahora bien, sería disparatado decir que la sociedad civil cubana apareció ahora de repente. La sociedad civil siempre estuvo allí. El problema es entender qué había pasado con ella, por qué no la sentíamos o la sentíamos menos, por qué estaba invisibilizada.

Es importante recordar que Cuba pasó por un proceso revolucionario en dos etapas: la primera de ellas una lucha insurreccional en la década del cincuenta, en la cual la sociedad civil completa se convirtió en escenario de subversión, y la segunda en la década de los sesenta, durante la cual se sentaron las bases de un modelo de sociedad de transición socialista.

La sociedad civil cubana quedó transformada, adoptando una morfología y funcionamiento diferente al resto de las sociedades capitalistas

En el capitalismo actual, sobre todo en los países desarrollados de Occidente, puede observarse un elevado desarrollo de la sociedad civil. Sin embargo, ello tiende a camuflar la verdadera naturaleza de estos sistemas: allí se considera como elemento central de la sociedad a las empresas privadas, mientras que el resto de la sociedad civil solo es reconocida en la medida en que sirve como correa de transmisión de la hegemonía burguesa. Para cerrar el esquema, es preciso entender que en esas sociedades el Estado ejerce solo un papel de gendarme que vela por los intereses de la burguesía, el cual se verá menos obligado a usar su potencial coercitivo en la medida en que sea más amplia la sociedad civil hegemonizada por dicha burguesía.

Así funciona el sistema de fuertes y casamatas que protege a la clase dominante, tal y como nos enseñó el viejo Gramsci.

En una sociedad de transición socialista, se supone que las cosas sean muy diferentes. Se supone que la sociedad civil no sea instrumentalizada, sino que sea el escenario del cual se apropien las clases subalternas, para organizarse y pasar a ejercer directamente el poder político. Es decir, a contrapelo de la clásica separación burguesa entre Estado y sociedad civil, en la transición socialista debe darse una coordinación funcional entre ambos. Debe surgir una dupla estructural sociedad civil/Estado, dentro de la cual el elemento central deberá ser por supuesto la sociedad civil, pues serán las organizaciones de la sociedad civil las que se apropiarán de las funciones y facultades del aparato estatal.

En Cuba se dio este proceso de una forma bastante orgánica. En primer lugar, porque el triunfo revolucionario no hubiera sido posible sin la participación de casi toda la sociedad civil cubana. Se puede decir, sin error, que el 1ro de enero de 1959 la espontaneidad de la sociedad se impuso por encima de todas las formas anteriores de Estado. En segundo lugar, porque durante la década del sesenta surgió un nuevo Estado que tenía como matriz las nuevas organizaciones que surgían dentro de la sociedad civil: las ORI, la FMC, la Asociación de Jóvenes Rebeldes, las Milicias Nacionales Revolucionarias, etc. La sociedad cubana de los sesenta se acercaba mucho a lo ideal para un proceso de transición socialista.

Sin embargo, después comenzaron los problemas. La vieja vanguardia del proceso insurreccional, que también capitaneó el desarrollo revolucionario de los primeros años sesenta, no fue lo suficientemente consciente de la necesidad de mantener la primacía del poder popular, en oposición a la práctica institucional soviética. La influencia que llegaba desde la URSS llamaba a la entronización de la vanguardia política, apropiada del aparato estatal, por encima de la sociedad. Cuba, sobre todo a partir de 1971, terminó aceptando ese modelo soviético, incorporando a su sociedad las mismas desviaciones que se observaban en todo el sistema del socialismo real.

De este modo, en Cuba, la dupla estructural sociedad civil/Estado siguió existiendo, pero de tal modo que el elemento fundamental pasó a ser el Estado. Fue como un momento de congelación. Las organizaciones de masas y políticas, así como los sindicatos, en lugar de gobernar al Estado, pasaron a quedar cautivas de este. Una sociedad que en teoría debía ser menos estatista que todas las conocidas anteriormente, pasó a ser extremadamente estatista. Una desviación típica de la Guerra Fría.

Hasta el sol de hoy, las organizaciones oficiales cubanas siguen cautivas del Estado

La ley de asociaciones vigente plantea de manera expresa que toda asociación deberá ser siempre “atendida” por una institución estatal. Por ese motivo, salvo contadas excepciones, estas se han convertido en un instrumento incapaz de canalizar la espontaneidad de la gente. Al contrario, su papel más bien parece haber sido el de servir como contención, hacer de la sociedad civil un aburrido bloque en el que cada cual tiene un papel asignado de antemano.

Eso fue lo que pasó con la sociedad civil cubana. Después de un momento de inmensa espontaneidad, fue sometida a un rápido congelamiento, de tal modo que quedó petrificada. Sus organizaciones se convirtieron en estatuas, vacías de contenido.

Solo muy lentamente comenzaron a surgir, con el paso de los años, y sobre todo a partir de los años noventa, nuevas maneras de organizarse en la sociedad civil. Las iglesias y los movimientos religiosos, los proyectos culturales y comunitarios, movimientos artísticos, etc., estuvieron entre los fenómenos emergentes más comunes. Muchas veces no contaban con el reconocimiento del Estado, por lo que se veían forzados a buscar una “sombrilla” oficial o a enfrentar la desaparición.

Ahora, por muchos motivos, estamos viviendo un despertar de la sociedad civil cubana. En las postrimerías del 24F la sociedad ha dado más muestras de capacidad de movilización crítica (tanto para causas loables como para otras no tanto) que en muchos años anteriores. Lo que pasó en La Habana después del tornado que azotó 10 de Octubre, Regla y Guanabacoa no tiene comparación. La gente, a través de las redes sociales, coordinó la ayuda material para los damnificados, así como se movilizó para ir a ayudar.

¿Este despertar renacerá el proyecto socialista o llevará a un progresivo deterioro del Estado en beneficio de una restauración capitalista?

La ayuda a las víctimas del tornado movilizó resortes de solidaridad que nada tienen que ver con los valores burgueses y sí mucho con las reservas culturales creadas por una sociedad poscapitalista durante décadas. Mientras que la discusión alrededor del Decreto 349 fue eficazmente utilizada por la oposición tradicional para dañar la legitimidad del socialismo cubano.

El mayor peligro para este incipiente despertar de la sociedad civil, es que hay fuerzas intentado cooptarlo desde las dos orillas del conflicto político. El mejor ejemplo es la campaña actual que se está dando, tanto por el YoVotoSí como por el YoVotoNo. La sociedad civil se ve forzada a la toma de partido entre dos polos hegemónicos, cortándosele así las posibilidades para un libre desarrollo.

Los que defendemos la idea de un socialismo no estadocéntrico, lo que debemos hacer es defender esa capacidad de movilización autónoma de la sociedad civil. No podemos dejar que aquellos a los que les gusta vivir en Guerra Fría, le sigan cortando las alas a un pueblo que cada vez más quiere gobernarse a sí mismo.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net