Útiles remembranzas

Por: Alina B. López Hernández

«Guárdeme el Dios de lo políticamente correcto de formar parte de su club…»

Paco Ignacio Taibo II

Corría el primer lustro de la década del veinte del pasado siglo en Cuba. El gobierno de Alfredo Zayas, corrupto y subordinado a los EE.UU., había propiciado sin embargo una apertura democrática sin precedentes. Ese contexto favorable atrajo a un grupo de exiliados políticos, jóvenes peruanos y venezolanos que huían de la represión de las dictaduras de Augusto Leguía y Juan Vicente Gómez respectivamente. Ellos fundaron la revista Venezuela Libre, que se manifestó “Contra las tiranías de América. Contra el imperialismo yanqui. Por la libertad de los pueblos”. La mala suerte los perseguía. Muy pronto ganará las elecciones aquí Gerardo Machado, el último de los mambises en detentar el poder constitucional y el primer dictador de nuestra historia republicana.

 El nuevo presidente prohibió que los extranjeros manifestaran su activismo político, encarceló a algunos de ellos e incluso asesinó al venezolano Francisco Laguado Jaime. Solidarios con esa causa, desde mayo de 1925 un grupo de intelectuales cubanos asumió la publicación de la revista. Su director fue Rubén Martínez Villena, y entre los redactores se contaron: Agustín Acosta, Alejo Carpentier, José A. Fernández de Castro, Juan Marinello, Julio A. Mella, Emilio Roig de Leuchsering y Alberto Lamar Schweyer.

Su objetivo inmediato era “combatir a Juan V. Gómez”, y los mediatos: “encauzar la protesta contra el panamericanismo, arma solapada del imperialismo yanqui, y cooperar en toda obra que tienda a robustecer la unión de los pueblos de América, de procedencia latina”. (Venezuela Libre, no. 10, año IV, Habana, mayo 1ro. de 1925).

Los cubanos aprovecharon además para enunciar la aspiración de luchar contra la Enmienda Platt

Desde 1927 el nombre de la publicación cambió por América Libre, lo que respondía a la creciente conciencia antimperialista de la intelectualidad de la región en una época en que la expansión norteña, apoyada en la política del gran garrote, se identificaba por intervenciones armadas de los marines en países del Caribe.

  A inicios de 1928 se celebró la Sexta Conferencia Panamericana. Los jefes de Estado de veinte naciones del área, incluido el presidente norteamericano Coolidge, se reunieron en La Habana. Revista de Avance alertaba respecto a las intenciones estadounidenses: “Sobre tres postulados apriorísticos e inconmovibles desea la nación de Coolidge que se afinquen los debates: intangibilidad de la doctrina de Monroe —semilla de imperialismo—  supervisión militar —norteamericana desde luego— en la zona del Canal de Panamá y oposición a toda liga continental”.

De aquella reunión nos quedó como recuerdo un plantío de árboles, que aún existe en el Parque Central, y la vergüenza de que Orestes Ferrara, nuestro embajador en el Norte, defendiera el principio de intervención. Por suerte no se llegó a un acuerdo en tal sentido.

Mientras esto ocurría, Juan Vicente Gómez continuó reformando la constitución venezolana siempre que lo deseó, para perpetuarse en el poder y dar visos de legalidad a su dictadura. Acalló a la oposición. Suprimió las libertades de expresión y de prensa. Suspendió las garantías judiciales e ilegalizó a los partidos políticos.

En los propios EE.UU. radicó una de las figuras más destacadas de la resistencia venezolana en el exilio, el intelectual y periodista Carlos López Bustamante. Este editaba desde Nueva York la revista Venezuela Futura, con la cual colaboraron articulistas que habían logrado escapar de las cárceles de Gómez y denunciaban sus horrores.

Veintisiete años estuvo el caudillo sudamericano en el poder, hasta su muerte, acaecida en 1935. A pesar de tan largo gobierno, no hubo por parte de las administraciones norteamericanas una evidente hostilidad hacia él, lo que puede explicarse por la actitud siempre benevolente del dictador ante las inversiones extranjeras. Conociendo el potencial petrolero de Venezuela, el régimen gomecista definió un marco legal por medio del cual entregó gran parte del territorio nacional en concesiones, de acuerdo a los intereses de los consorcios petroleros internacionales.

Ochenta y cuatro años después, el gobierno norteamericano de Donald Trump amenaza peligrosamente con intervenir en Venezuela, cuyo gobierno cataloga de dictatorial. Los que sean tan incautos como para olvidar la historia de nuestro Continente que crean entonces en sus propósitos de democratizar al pueblo venezolano y en su denuncia de la dictadura de Maduro.

Nadie que conozca y valore el pasado puede apoyar una política de intervención

Dicha política solo reforzaría la hegemonía del Norte y desestabilizaría nuestras naciones, ocasionando mayores pérdidas de vidas y destrucción. Rechazar la injerencia militar de EE.UU., u otro país, en Venezuela o en cualquier estado, es una actitud ética, decente, digna. Y ello no tiene que vincularse necesariamente con una postura acrítica hacia el gobierno venezolano, tan cara a una izquierda que no es capaz de mirarse con sentido calificador y que por eso recibe un golpe tras otro sin asimilar las lecciones.

Se asevera que los pueblos que no aprenden de su historia están obligados a repetirla. No olvidemos entonces lo vivido. En tiempos procelosos es útil la memoria.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

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