Izquierda en retroceso

Jair Bolsonaro, presidente de Brasil y populista de derecha en América Latina. Foto: Comune

Por: Manuel García Verdecia

Los triunfos electorales de individuos como Donald Trump en Estados Unidos y ahora Jair Bolsonaro en Brasil, por solo mencionar dos casos, no pueden menos que llenarnos de estupefacción. Uno no logra entender cómo es posible que candidatos con un discurso tan contrario a determinados valores que la tradición demócrata ha conquistado y han signado la tendencia progresista en el mundo, consigan una votación popular tan favorable.

A veces pienso que reflexiono sobre una realidad tan inconsistente como arena movediza. Tal vez sea así porque la información que poseo, la que poseen la mayoría de las personas comunes, es mediatizada. Ha pasado por el prisma de distintos medios de difusión los cuales se adhieren a una perspectiva específica. Esto tiñe dicha información de determinados intereses y subjetividades que la convierten en una realidad otra, bastante distorsionada.

No obstante, es sobre esa realidad mediatizada que puedo y debo operar. Aun así, conociendo su mixtificación, la mente que sabe leer entre las líneas de la madeja mediática no deja de hallar sustento para cierto análisis sensato.

¿Cómo es posible que, según se nos dijo, si el Partido de los Trabajadores sacó adelante al Brasil de la extrema pobreza, la extensa miseria y la inseguridad que lo corroían, ahora quede tan detrás por decisión de un notable número de sus beneficiarios? ¿Cómo puede ser que alguien que promueve el blindaje militar de una nación, la más desenfrenada privatización de los medios económicos y esgrime un pensamiento contrario a determinadas minorías, consiga ser elegido por una diferencia considerable sobre su rival de más nobles intenciones en su proyecto según se nos informó?

Los analistas de izquierda hablan de la nociva influencia de operaciones mediáticas bien pensadas y dirigidas a serruchar el piso del Partido de los Trabajadores y sus líderes, así como de planes de la derecha internacional con Estados Unidos a la cabeza para desmontar el sistema progresista conseguido. Sin embargo cuesta creer que quienes votaron por Bolsonaro, unos 80 millones 850 mil brasileños de todas las clases, sean todos unos embaucados sin criterio propio.

Seguidores de Bolsonaro en su toma de posesión. Foto: Silvia Izquierdo/AP

Como una práctica sistemática se sigue culpando a agentes externos de las causas que originan nuestros problemas

Por supuesto sabemos que los medios de información tienen su agenda particular y en cada caso su información está sesgada por ella. Igualmente conocemos que los gobiernos de signo contrario también tienen sus planes para sacar del juego a los que no se alinean en sus tendencias. Esto no deja de afectar el desarrollo normal de los procesos políticos en los distintos países y de ser causante de muchos entuertos. Sin embargo ello incide pero no decide.

Recordemos a San Carlos Marx, uno de los apóstoles principales de la izquierda. Él señalaba que, por la ley de la unidad y lucha de contrarios, todo fenómeno estaba condicionado por determinadas contradicciones, unas externas y otras internas. Pero si las externas influyen son las internas las que determinan.

La izquierda ha vivido buscando un enemigo externo a sus propias limitaciones y errores. En su absoluta seguridad de tener toda la razón, hacerlo todo bien y por tanto tener el triunfo garantizado, los postulados suplantaron la verdad, el entusiasmo diluyó la crítica y el compromiso atenuó la moralidad. Ello ha dado paso no solo a la falsificación del estado real de los asuntos sino, además y aun peor, a la corrupción (que también se da por otras razones en la derecha) que corroe y genera como respuesta desencanto en sus seguidores.

El examen de los factores externos que afectan a un determinado proceso político-social no está mal si viniera acompañado de un análisis minucioso de la propia actuación de los implicados. Esto ha acorralado a la izquierda en asombrosos descalabros. Es indispensable que ella se aparte de los dogmas y eufemismos optimistas y se empeñe en autoanalizarse con estudios más profundos y realistas de sus procesos internos. Solo así estará apta para superarse y conquistar de nuevo un lugar fiable en la sociedad con más amplia base social.

Evidentemente nos falta un conocimiento veraz y exacto sobre el contexto en que se movieron contrincantes como los ya mencionados y otros más. Pienso que las personas de espíritu progresista deben contar con un sentido más crítico y objetivo de la realidad para evitar fiascos teóricos así como estos frustrantes impactos. Bien decía el escritor Álvaro Mutis que optimista es alguien a quien le faltan los datos. Es obvio que nos han faltado datos.

Cambios ideológicos en América Latina – 1999, 2012 y 2016.  El mapa simplifica la “izquierda” y “derecha”.
Azul – gobernado por partidos de derecha
Rojo – gobernado por los partidos de izquierda.
Imagen: Ramen IR

En muchos casos a la izquierda latinoamericana la ha obnubilado ese optimismo panglosiano sin sustento en la verdad verdadera

En un análisis reciente que hacía el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, sobre los retrocesos de la izquierda latinoamericana en el momento actual, este llegaba a interesantes conclusiones. Las mismas nos pueden servir de pautas para nuevas aproximaciones mesuradas y verídicas de nuestra realidad. Plantea Correa en un artículo publicado en Granma:

“Tenemos personas que superaron la pobreza y que ahora -por lo que se llama muchas veces prosperidad objetiva y pobreza subjetiva- pese a mejorar muchísimo su nivel de ingreso, piden mucho más y se sienten pobres no en referencia a lo que tienen, peor aun a lo que tenían, sino a lo que aspiran”.

Más adelante, en un tono metafísico poco común entre analistas de izquierda aborda un concepto principal en la filosofía tradicional occidental. Se interroga acerca de la izquierda: “La pregunta es, ¿estará luchando contra la naturaleza humana?”. Aquí aparecen dos conceptos clave: las aspiraciones y la naturaleza humanas. Son estos puntos esenciales para una reflexión más concordante con las circunstancias que atravesamos.

Los seres humanos están movidos por sus aspiraciones pues en estas ponen en acción y se demuestran las potencialidades de realización que tienen. La vida humana más que cumplir ciertas funciones biológicas consiste en desempeñar las potencialidades existenciales, físicas y espirituales de cada individuo. Esta es una carrera sin límites, pues el único que se le presenta es el fin de la vida. Todo ser humano desea superarse a sí mismo, ir más allá de lo logrado. De no ser así, todavía estuviéramos en las cavernas, satisfechos y tranquilos.

Esto precisamente es lo que conforma la naturaleza humana, su nivel de sueños, de aspiraciones, de vida creativa y espiritual, en fin, de trascendencia. Y tal entramado de deseos y anhelos es sumamente diverso y complejo. No se puede ver a toda la sociedad como algo homogéneo que puede adaptarse a un único programa socio-económico. Tratar de homogeneizarla es cortarle sus potencialidades y, por tanto, promover conflictos. Si eso no se entiende no se puede conformar un proyecto humano sensato y enriquecedor.

Otro error ha sido el considerar que, por ser portadores de buenos propósitos, los de la izquierda no solo poseen la verdad sino que además todo cuanto hacen es bueno y no es necesario mejorarlo. Pienso que muchas veces la izquierda ha obviado esto y ha visto su instalación en el poder y la erradicación de ciertos problemas desarrollados históricamente como la meta y no como un punto de ascenso que debe ser elevado cada día. Ha dado por satisfechas las necesidades de sus súbditos como si estas fueran algo finito y definitivo sin posibilidad de renovación. De modo que ha sido poco dialéctica.

Hay que renunciar a la idea de la sociedad como una colectividad de sujetos aunados en torno a un plan social de enfoque único e irrevocablemente categórico.

Ninguna dictadura es buena, ni la de las minorías sobre la mayoría, ni las de la mayoría sobre las minorías

Se impone rescatar el sentido prístino de democracia, aquel sistema donde todos contribuyen por diversas vías de acción ciudadana a concertar las opciones más beneficiosas y menos lesivas para todos, con independencia a sus diferencias de toda índole. La democracia no es tal si está dictada por el estado que se asume como intérprete de los intereses de todos. El estado no tiene que interpretar, solo hacer cumplir y arbitrar para que se cumpla justamente lo que soberanamente sus individuos conciertan.

Lo curioso es que la izquierda siempre ha flameado la bandera de la utopía, sin embargo han pretendido mantener al ser humano en un topos predeterminado desde un núcleo de poder (casi siempre el partido político) y único para todos. Si en algo tiene valor el término utopía es como búsqueda de lo ansiado y no como acomodo a lo obtenido.

Personalmente no creo que la humanidad llegue algún día a ese estado idílico donde todos piensan, actúan, sueñan y tienen lo que necesitan puntualmente. Dejaría así de ser humanidad, seres sintientes, sufrientes y anhelantes. Ya el hombre tuvo su etapa de comunismo primitivo y lo abandonó para internarse en la interminable aventura humana de avanzar a aspiraciones mayores.

Es esa la gran tensión que presupone el progreso: cómo ser justos sin dejar de ser y soñar diferentemente. Es algo que todos, la izquierda y la derecha, deben entender de una vez para poder llegar a un estado de bienestar y paz imperfecto pero practicable por todos y soportable para todos. Tal vez con inteligencia y buena voluntad lo consigamos un día antes que el sol se apague definitivamente.

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