Los tambores del enemigo

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Cuentan que, durante el medioevo, el sonido del batir de los tambores era utilizado como un arma para desmoralizar a los oponentes. Columnas de humo, gritos marciales y tambores batientes, eran la señal de que se aproximaba la guerra. En la actualidad las cosas han cambiado mucho: ahora son las campañas mediáticas, los bloqueos financieros y los aislamientos diplomáticos los que anuncian las guerras del futuro.

Sin embargo, recurriendo a una metáfora, se podría decir que la izquierda latinoamericana se encuentra hoy, en el contexto secular de su lucha contra el imperialismo y las oligarquías, rodeada por fuerzas que la van cercando y que acompañan sus movimientos con el batir de amenazantes tambores.

Las fuerzas progresistas y de izquierda, que durante la primera década del siglo XXI tuvieron un ascenso sostenido, ven ahora con estupor cómo todo lo que alcanzaron se derrumba ante los embates de la derecha. Cayó Argentina, cayó Brasil, cayó Ecuador de la forma más indigna. Venezuela y Nicaragua entraron en crisis. En el establishment estadounidense resurgieron halcones como John Bolton, Mike Pompeo, Elliot Abrams y Marco Rubio.

Los oligarcas del continente y su legión de seguidores creen que ha llegado la hora de “expulsar el comunismo de América”, y trabajan activamente para destruir hasta la última de las experiencias socialistas. Quieren aniquilar el chavismo como movimiento político, saquear Venezuela, y por supuesto, llegar hasta la joya de la corona: la destrucción del proyecto socialista cubano.

Ha llegado la hora de preguntarse: ¿cómo llegamos a este punto?

¿Cómo es posible que la iniciativa pasase hacia la derecha, hacia los tradicionales enemigos y explotadores de los pueblos? Se puede explicar en parte a partir de la agresión sistemática que han sufrido todos los procesos de la izquierda. Sin embargo, eso no lo explica todo. Hay que llegar hasta la raíz del problema.

El mundo actual es un mundo dominado por la cultura hegemónica del capitalismo, principalmente la emanada de los países centrales. Por eso, incluso los sujetos colectivos populares que se desarrollan en los procesos de liberación están marcados por profundas contradicciones. A veces se logra romper el muñeco del capitalismo, pero quedan fragmentos que tienden a reproducir el viejo sistema, aunque sea en una forma frankensteiniana.

Que el chavismo haya querido construir su socialismo del siglo XXI aumentando la capacidad de la población para consumir todo lo que ofrece el modo de vida capitalista, es una aberración. La Venezuela de Chávez llenó los supermercados y los puso al alcance de los pobres, en una manifestación mayúscula de ingenuidad sociológica. A la larga, al país le fue imposible mantener ese nivel de gasto, y cuando la situación económica se deterioró, llegó el momento oportuno para que los poderes financieros lanzaran su efectivo boicot. Este es solo un ejemplo de cómo se manifestaron durante estos años las contradicciones de los movimientos populares.

Lo mismo se puede decir de líderes y cuadros en general, de esos movimientos. El capitalismo crea tales condiciones sociales, tan contradictorias, que es casi imposible vivir de modo coherente con unos principios éticos. Sin embargo, es responsabilidad de alguien que se dice revolucionario mantenerse lo más firme posible en sus convicciones y actuar acorde a ellas.

Hay que decir la verdad: ante un mundo capitalista que ofrece tantas oportunidades de placer y comodidades para los que pueden posicionarse dentro del sistema, son muchos los líderes de izquierda que se corrompen y que tienen dos caras, una para sus seguidores de la clase baja, y otra para ir con su familia de vacaciones a Hawái.

En Cuba tenemos el caso del general Rogelio Acevedo González, que pasó de ser uno de esos heroicos muchachos que lucharon a las órdenes del Che, a ser un corrupto que desfalcó el Instituto de la Aeronáutica Civil. Palpable es también el caso de tantos comandantes guerrilleros de Centroamérica, que luego pactaron con la burguesía y terminaron sus días con más tierras que los antiguos latifundistas.

Y está el caso de Daniel Ortega, una decepción cómo líder revolucionario, que para quedar bien con la Iglesia les quitó a las mujeres nicaragüenses el derecho al aborto, impuso a su propia esposa como vicepresidenta del país, y que ha manejado con negligencia culpable la crisis violenta que se ha dado en Nicaragua. Que el país haya mejorado económicamente en su período, no le da derecho a Ortega para pisotear los principios por los que luchó el sandinismo.

Pocas cosas hay tan trágicas como la degradación moral de un revolucionario

La tentación es muy grande, porque el modo de vida hedonista y consumista penetra a través de los productos culturales. Son pocos los que logran mantener su austeridad republicana frente al modelo liberal de la felicidad. Y aun en esos casos hay que preguntarse: ¿lo logran también sus hijos?

Los pueblos son muy sensibles a todo esto. Nadie va a sacrificar su vida ni la tranquilidad de su familia por unos líderes que no se sacrifican del mismo modo. Y no resulta fácil engañar a los pueblos.

¿Acaso alguien cree que los venezolanos no saben que muchos de los ministros chavistas se han dedicado a desfalcar el país? ¿Que no saben que existe una boliburguesía que compra casas en España? Lo saben, y los que aun defienden el chavismo lo hacen principalmente por rechazo a la vieja burguesía. Esa realidad tiene sus consecuencias, y las movilizaciones chavistas ya no mueven tanta gente como antes.

Los tanques pensantes del capitalismo saben de estas debilidades de los movimientos populares y de sus líderes, y utilizan su maquinaria mediática para arrojar luz sobre ellas de un modo selectivo. Por eso se sabe mucho más sobre los corruptos de izquierda que sobre los corruptos de derecha. Se sabe mucho más sobre los que pasan hambre en Venezuela que sobre los niños que mueren de hambre en la Guajira colombiana. Con el paso de los años, usaron los defectos de la experiencia en el poder de los movimientos de izquierda para crear una nueva cultura de anticomunismo popular.

Ya no se critica el socialismo por querer quitarle la propiedad a los ricos, sino por traer escasez y corrupción

Se puede decir que han logrado destruir la autoestima de muchos de los militantes y simpatizantes de la izquierda latinoamericana. Eso, unido a la capacidad que tiene el capitalismo transnacional para asfixiar las economías de los países subdesarrollados, dado el nivel de interdependencia de la economía global, configura el actual escenario de avance de las fuerzas reaccionarias. Estas pueden presentarse a sí mismas como abanderadas de la lucha anticorrupción y por la prosperidad de los pueblos, cuando en realidad su afán es el de restablecer el injusto orden burgués en todos aquellos lugares en los que se intentó superarlo.

El ruido de los tambores se siente cercano. Vienen por nosotros. Este momento nos debe servir para buscar la pureza de nuestros ideales y destruir con furia redoblada todos los lastres que nos arrastran al pasado. Repensar las posibilidades concretas. No se trata de defender una bandera a cualquier precio, se trata de reconectar con la verdadera necesidad de nuestra lucha.

Si lográramos encontrar esa fuerza en nuestro interior, la valentía de decir que nada tiene que ver con nosotros toda la telaraña que se ha enredado alrededor de nuestros símbolos, tal vez pudiéramos darle la vuelta a la situación.

Si ellos crean una nueva derecha, nosotros podemos responder con una nueva izquierda más crítica, más combativa, más firme, más inteligente, más contemporánea, más consciente, menos amarrada a pasados caducos. En otras palabras, imposible de cercar.