Fábula nueva

Pintura: Joanne Renaud

Por: Alina B. López Hernández

La palabra pérdida fue concebida en toda su magnitud tras el tornado del 27 de enero. “Perderlo todo” no es meramente quedarse sin un techo que proteja, una cama en la cual dormir, un plato donde comer o un abrigo para cubrirnos del frío.

El tornado destruyó asimismo cosas intrínsecas al mundo simbólico que las personas atesoran a través de generaciones y que, por tanto, son únicas e irrepetibles. Se trata de historias familiares que difícilmente pueden recuperarse: fotos de abuelos o padres fallecidos, imágenes de los hijos pequeños, retratos de bodas, cumpleaños, fiestas de quince, documentos significativos, cartas de amor, postales…

A diferencia de otros eventos meteorológicos, un tornado de la magnitud del que atravesó los barrios habaneros no distingue jerarquías, devasta con la misma facilidad viviendas de madera o de hormigón, techos de placa o fibrocemento. Igualitario en su ferocidad, convierte al solvente en pobre y al pobre en indigente. Advertidas las imágenes del desastre, hay que asombrarse, y agradecer, que las pérdidas humanas no fuesen mayores.

En apenas unos minutos la vida le cambió a miles de habaneras y habaneros. Al pavor de haber tenido la muerte frente a sí, de no entender qué ocurría, se sumaba el drama de perder, en muchos casos, el equivalente a una existencia de esfuerzos y sacrificios.

Foto: Getty

La respuesta de nuestro gobierno fue rápida. Se tiene aquí gran experiencia en movilizar recursos para casos de catástrofe. Y a pesar de que era imposible pronosticar el lugar y hora exactos del tornado, ahí estuvieron muy pronto las brigadas de la Empresa Eléctrica, de Etecsa, de Acueductos y Alcantarillados, los camiones y rastras para despejar viales…

En cinco días se restauró la electricidad y, al parecer, el movimiento constructivo se organiza cada vez mejor. Creo muy acertada la disposición de edificar residencias permanentes y no albergues de acogida, en los que sabemos que pueden permanecer las familias por décadas, de hecho, el tornado destruyó un hogar temporal donde radicaban sesenta de ellas.

Pero se requería más. Tantas eran las necesidades, y tan perentorias, que desbordaron a una burocracia lenta para diligencias, con tendencia a la centralización y no acostumbrada a enfoques casuísticos. El énfasis con que se aseveraba que se cobrarían bajos precios por la comida y los materiales de construcción a los que nada tenían, a los que debían empezar desde cero, no era lo que esperábamos.

A esto hay que sumar la inveterada costumbre burocrática de concentrarlo todo en almacenes para distribuir posteriormente. El presidente Díaz Canel lo pide, lo exige en cada reunión del Consejo de Ministros: se necesita rapidez, no se puede perder tiempo en trámites.

La pretensión de que la sociedad esperara por la convocatoria del Estado para apoyar a los damnificados y de que este decidiera sobre las donaciones, práctica usual en Cuba, fue claramente ignorada

A poco de la catástrofe se emprendieron acciones espontáneas, pero muy bien encauzadas a través de las redes sociales, que permitieron crear una trama cívica encaminada a localizar a las personas, familias y barrios más vulnerables, identificar y priorizar determinadas necesidades y garantizar que sobre todo los niños y ancianos recibieran apoyo inmediato.

La ciudadanía ha protagonizado actitudes de gran humanismo, alejadas del antiguo sentido de beneficencia, con su lastre peyorativo y clasista. Personas que ni siquiera se conocían solo querían servir, ser útiles a los compatriotas que más lo necesitaban. Los jóvenes han sido hermosos en esas jornadas. Y los artistas, los intelectuales, los psicólogos, y la gente que ha prosperado pero necesita apoyar al prójimo, y otros que tienen poco pero igual desean compartirlo. Las ONGs, las embajadas de otros países y las instituciones religiosas han ofrecido su mano solidaria. Y las cubanas y cubanos que desde fuera de la isla han creado todas las vías posibles para sentirse, como son, como nunca dejaron de ser, parte de este pueblo.

Claro que necesitamos un Estado con vocación social como el nuestro, solo él puede movilizar recursos en la proporción indicada para restablecer en breve la infraestructura destruida, las vías, las redes eléctricas e hidráulicas. Incluso, creo que es correcto organizar, sin que ello implique detener, el acceso de los que por su cuenta llegan a las zonas afectadas, con el fin de evitar accidentes. Los agentes del orden público deben facilitar -como al parecer está sucediendo tras confrontaciones iniciales- el apoyo espontáneo de los ciudadanos.

 En estas adversas circunstancias el Estado también ha aprendido algo.

Hemos demostrado que es preferible una ciudadanía espontánea, emprendedora y autónoma. Quizás no tan disciplinada como es lo políticamente correcto, pero en cambio más sincera, más decidida a ser un verdadero factor de transformación y mejoramiento social; movilizada por amor a los demás, no por consignas y convocatorias políticas -de cualquier signo-, que tienen resonancia demagógica en medio de la destrucción.

Como escribió alguien en Facebook: “El mejor voto de todos: Yo «voto» escombros”

Las estructuras convencionales, como sindicatos y organizaciones políticas y de masas no fueron imprescindibles para que la gente se involucrara con activismo y civilidad, entre derrumbes y lágrimas. Una aguda publicación de Rafael Hernández en su muro de Facebook devela las lecciones que ofrece el escenario pos-tornado a la política en Cuba:

  • “La capacidad subutilizada de la sociedad civil para actuar en línea con los problemas del país, movilizando y aportando sus recursos, sin esperar orientaciones, con eficacia y prontitud, en coordinación con instituciones locales;
  • el imperativo de que esas instituciones respondan no solo a lo que viene de arriba, sino a canalizar lo que surge abajo, con la autonomía de un poder local real;
  • el significado de ese aporte voluntario y resuelto, dirigido a entregar directamente, donde más falta hace, como un acto de participación real, no de caridad momentánea o movilización formal;
  • la potencia cívica y cultural de esa experiencia para sus protagonistas: los que aportan, los que reciben, los que reparten, los que ayudan;
  • sentir, no nada más ver, la pobreza, la sociedad profunda, que la mayoría no vivencia ni comprende y sin cuyo rescate no hay bienestar ni justicia social para todos”.

Y concluye con preguntas cruciales:

“¿Podemos aprender de estas lecciones para el día a día de la política, arriba y abajo? ¿Para entender que una sociedad más justa no es simple crecimiento, sino seguridad y bienestar? ¿Que sin participar, involucrarse, motivarse, no hay educación política real? ¿Que las necesarias medidas de control y seguridad no pueden castrar o posponer la fuerza de esa sociedad para curarse a sí misma?

¿Que sin descentralización, autonomía, confianza en la gente, la renovación es solo consigna? ¿Que la unidad, sin tomar en cuenta esa sociedad real, es un conjunto vacío? ¿Que esa cultura es la que hay que  salvar? No hay conjunto de normas, ni Ley de leyes, que remplacen estas certidumbres”.

Habló el politólogo. Ahora que lo haga el poeta, el que hasta en su obra lírica nos transmitió sabiduría política, y humana. La fábula que Martí publicó en La Edad de Oro sobre la disputa entre la montaña y la ardilla bien puede servir en una hipotética controversia entre el Estado y la ciudadanía.

CADA UNO A SU OFICIO

(Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson.)

La montaña y la ardilla

tuvieron su querella:

—“¡Váyase usted allá, presumidilla!»

dijo con furia aquella:

A lo que respondió la astuta ardilla:

—»Si que es muy grande usted, muy grande y bella:

mas de todas las cosas y estaciones

hay que poner en junto las porciones,

para formar, señora vocinglera,

un año y una esfera.

Yo no sé que me ponga nadie tilde

por ocupar un puesto tan humilde.

Si no soy yo tamaña

como usted, mi señora la montaña.

usted no es tan pequeña

como yo, ni a gimnástica me enseña.

Yo negar no imagino

que es para las ardillas buen camino

su magnífica falda:

difieren los talentos a las veces:

Ni yo llevo los bosques a la espalda,

ni usted puede, señora, cascar nueces.

Anuncios