Ahora más que nunca: autogestión

Foto: STR/AFP/Getty

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Los recientes acontecimientos en la arena internacional muestran que el continente americano vive en un estado de guerra fría, con grandes posibilidades de convertirse en una guerra caliente. Aunque el centro de los ataques es Venezuela, es imposible no advertir que esta situación terminará impactando de una u otra manera a Cuba.

Tal vez la isla no cuente con suculentos recursos naturales pero el sector más anticomunista del establishment norteamericano no estará feliz hasta que  derribe al régimen de La Habana. En ese contexto, los cubanos deberíamos repensar una vez más por cuál modelo socio-económico vamos a apostar.

El devenir de los últimos años muestra que la isla ha optado por un modelo de capitalismo de estado, similar a los de China o Vietnam, con una fuerte presencia de la inversión extranjera. Eso es lo que se pretende, otra cosa es que se logre en la práctica: la experiencia ha demostrado que las resistencias prácticas e ideológicas han sido muy fuertes, por lo que no se ha logrado salir realmente del modelo de economía centralmente planificada.

No obstante, a pesar de los retrasos, existe un camino a seguir; la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, así como los pagos al Club de París, son una muestra de ello. Ahora bien, tal vez se trate de una apuesta hecha demasiado a la ligera.

La inversión extranjera ciertamente puede ser un complemento importante para la economía nacional: Cuba necesita créditos, tecnología, comercio, etc. Somos una isla, necesitamos tener una economía abierta. Pero no podemos olvidar que estamos construyendo un modelo de sociedad alternativo, lo cual provoca las reacciones agresivas de nuestro vecino del norte. Tal vez algún día estemos en paz con ellos, pero no podemos contar con eso.

Debemos pensar en movilizar todas las fuerzas internas que tengamos para construir una economía eficiente

La autogestión económica es uno de los caminos que tenemos a nuestro alcance para movilizar las fuerzas productivas. Algunos pueden creer que es algo muy difícil, pero en realidad se trata de algo muy sencillo: que los trabajadores tengan en sus manos los medios de producción y colectivamente lleven a cabo la producción y la distribución.

En Cuba ya se han dado experiencias de eso, cuando las microbrigadas, por ejemplo, también en los comienzos del Programa de la Agricultura Urbana, y en algunas cooperativas que han funcionado bien.

En otros tiempos, en Cuba se recurría, para llevar a cabo tareas económicas, a la movilización del factor subjetivo. Se llevaban estudiantes y trabajadores al campo para realizar labores agrícolas, se hacían trabajos voluntarios (aún los hay, pero en menor medida), y se lanzaban campañas económicas, como lo fue el Cordón de La Habana o, más recientemente, la Revolución Energética.

Para incorporar la autogestión a nuestra economía debemos en cierto modo recuperar esas viejas prácticas, con la corrección de aceptar una mayor iniciativa de los trabajadores mismos, en lugar de hacerlos depender de los llamamientos de una dirección política voluntarista.

Por supuesto que, para materializar eso, se necesitaría una gran audacia política. En parte, porque requeriría por parte de la burocracia estatal ceder una gran parte del control que ejerce sobre las empresas (que se supone son de todo el pueblo), y sobre el conjunto de los actores económicos. Y también porque sería necesario movilizar políticamente a un pueblo que poco a poco ha ido perdiendo, en los últimos años, la conciencia de que existe un proyecto colectivo en el socialismo cubano.

Sería necesario un relanzamiento en toda regla del proyecto socialista, algo que se ha postergado demasiado tiempo

Lo ideal sería, para aprovechar todo el potencial de la autogestión económica, que desapareciera el sistema del socialismo de estado basado en la lógica de la vanguardia. Sin embargo, la experiencia yugoslava muestra, que aún en un sistema de ese tipo, pueden abrirse espacios a la autogestión económica.

El primer paso, por el lado económico, podría ser crear un sistema más fuerte de democracia obrera en las empresas “socialistas de todo el pueblo”, y disminuir el control a las cooperativas para que puedan funcionar más autónomamente. No se trata de dejar de apostar por la inversión extranjera. Lo que pasa es que es una locura apostarlo todo a una sola carta.

En sesenta años, este país ha acumulado experiencias únicas de lo que es posible lograr a través de la voluntad colectiva organizada. Debemos construir todo lo que podamos construir con nuestras propias manos. Y si el futuro se sigue llenando de nubes negras, tal vez llegue el día en que la autogestión sea la única carta que nos quede para jugar.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

Anuncios