Para una cultura de diálogo

Por: Manuel García Verdecia

La historia de la humanidad hasta ahora ha sido un itinerario de prejuicios, intolerancia, confrontación y violencia. Muchos de los conflictos que tienen lugar en nuestra casa, nuestra barriada, nuestro país o en grandes zonas del mundo tienen su origen en la obstinación de hacer prevalecer unos intereses y criterios por encima de otros en lugar de concertar los mismos. Constantemente los medios traen noticias de situaciones de confrontación entre países vecinos, y a veces distantes, así como entre sectores de la población de una nación o incluso entre facciones de un mismo partido.

No son pocas las ocasiones en que tales circunstancias desembocan en catástrofes sociales que desbordan el marco de los agentes que las motivan. La obcecación y el atrincheramiento en una determinada perspectiva, la arrogancia hacia lo diferente y el afán de prevalecer priman sobre cualquier otra posibilidad de solvencia y ocasionan verdaderos desastres. La humanidad debe actuar sensata y comedidamente para alcanzar una madurez conductual que lleve a eliminar o reducir tales niveles de pugnacidad. Para ello considero vital estimular y promover una cultura del diálogo.

Por supuesto, no se puede fomentar una cultura resolutiva, edificante, y benefactora desde una mentalidad inflexible, unilateral, impositiva, discriminadora.

El gran cambio en la sociedad solo se producirá, no como resultado de nuevos sistemas educacionales y comunicativos, sino como producto del desarrollo de una mentalidad armónica en el individuo. Esto significa, ante todo, considerar al otro como nuestro semejante, a pesar de diferencias de raza, sexo, religión o idea política. Además, considerar que, en cualquier situación de diferencias, el diálogo es el mejor expediente para una solución equitativamente beneficiosa. Una actitud dialogante demanda del sujeto actuante un carácter humanista, tolerante, ecológico, creativo, pacifista. Solo una mente así servirá para resolver los problemas que agobian desde hace centurias a la humanidad, antes que enconarlos, agudizarlos y perpetuarlos.

Sin embargo, una postura de diálogo solo es posible si existe una voluntad constructiva, de evitación y solución de conflictos. Esto conlleva un comportamiento consensual y cooperativo. De manera que el diálogo deviene el modo y agente de cualquier proceso verdaderamente reparador de las dificultades entre grupos humanos. Recordemos que diálogo es sinónimo de compartir. Es necesario que tengamos el sentido de la reciprocidad que nos lleva a compartir ideas, sentimientos, voluntad, propósitos constructivos.

He escuchado muchas veces a individuos que hablan de diálogo pero evidentemente desde una postura equívoca. Se refieren a algún contexto donde ocurre un conflicto y proponen que es necesario ir allí a dialogar. No obstante lo hacen con un sentido de ir a explicar el punto de vista que defienden, pero no con el propósito de intercambiar visiones para llegar a un consenso, sino de convencer al otro de sus postulados.

Si siempre nos mueve el propósito de prevalecer, jamás estableceremos un verdadero diálogo

El diálogo es reflejo del carácter cambiante, relativo, interactivo y complejo de los procesos vitales. Reproduce, como manera de pensar y de ser, la movilidad, la transformación, la armonización de los fundamentos de la vida.

El diálogo no implica una ausencia de conflictos. Sería irreal más que ingenuo pensar en una existencia sin problemas. El despliegue de las potencialidades humanas y la consecución de nuestros sueños más inquietantes nos enfrentan a sucesivas y constantes dificultades. Lo significativo no es la desaparición de los problemas sino el desarrollo de una actitud resolutiva, positiva, sensata y concordativa, dirigida a la solución antes que al afianzamiento y la complicación de las contrariedades.

En las acciones dialogantes debe evitarse dos posiciones peligrosas. Una es que el individuo crea por anticipado que tiene la razón. En verdad, uno solo puede portar otra perspectiva u opinión. El que se cree en posesión de la razón, no solo reduce el carácter complejo de esta, sino que se coloca en un pedestal de terquedad que obstruye la apreciación de cualquier otro matiz posible. La segunda actitud nociva resulta de que el individuo se considere la víctima. Es difícil establecer una negociación fructífera con alguien que previamente se aferra a una postura que pretende saldar deudas, escamotear responsabilidades, achacar causas, antes que concertar nuevos enfoques. No se puede dialogar desde una posición de pérdida pues no se plantean argumentos sólidos y creativos sino “quejas” y “lamentos” que buscan conseguir una ganancia inmediata y pírrica.

El diálogo, más que a decidir una postura de entre las que se ponen a debate, ayuda a encontrar una nueva posibilidad combinando los mejores argumentos de cada parte. Por eso el verdadero diálogo es siempre fructífero pues cada cual verá que ha colaborado con un grado de solución. El diálogo aspira a la fundación de una plataforma novedosa y sólida, donde las discrepancias queden, si no resueltas, al menos reducidas a matices secundarios. Incluso cuando no se halle en lo inmediato un resultado beneficioso y factible subsiste un espíritu de construcción y cooperación. Es la actitud dialogante la que hace posible la concordia social. No es tan necesario concertar como actuar desde una disposición concertadora. En ese espíritu, toda acción propenderá a una salida positiva y equitativamente benéfica.

Para que se pueda realizar el diálogo son necesarios el respeto al distinto y la libertad de participación. Si no se considera a cada cual como un semejante con iguales derechos no se podrá dialogar. No está de más recordar al Benemérito de las Américas, “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. De esto deriva otra condición, la absoluta libertad para expresarse. No se puede dialogar con reservas o sin la posibilidad de exponer honestamente nuestras posturas. Por el sentido de respeto al otro, mi libertad no puede limitar la del otro.

De esto se deduce que es fundamental la igualdad. Quienes dialogan son semejantes no por los puntos que ventilan sino por el derecho a ventilarlos sin cortapisas. Esto hace indispensable el aire de la tolerancia. Hay que considerar y permitir ese espacio de diferencia. Por último, no se puede, dialogar solo a partir de opiniones y criterios personales. Estos dejan cabida para clichés y prejuicios. Se precisa información, datos, conocimiento, experiencia, para que el esfuerzo no sea inútil. Los diálogos son sustancialmente provechosos cuando tienen lugar a un nivel semejante de inteligencia.

Dialogar no debe consistir en una convocatoria o un procedimiento eventual. Debe constituirse en modo permanente de ver la realidad así como de actuar y expresarse consecuentemente en ella. Solo por y desde el diálogo el hombre dejará algún día, ojalá más temprano que tarde, de ser el lobo del hombre.

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