Mujer de ternura y espinas

Foto: Fabrizio Bensch/Reuters

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

El 15 de enero de 1919, hace exactamente cien años, un grupo de esbirros asesinaron en Berlín a una mujer de cierta edad, bajita y feúcha. La derribaron a culatazos, le dispararon a la cabeza y arrojaron su cuerpo al canal. Con ello lograron sacar del terreno político inmediato a una de las principales líderes del movimiento obrero alemán y europeo, pero no consiguieron borrar la huella que había dejado en la historia. Rosa Luxemburgo, desde la altura que ha alcanzado en el imaginario de todos los revolucionarios del mundo, sigue siendo un referente de integridad humana, capacidad intelectual y ética revolucionaria.

Algunos pueden creer que a estas alturas recordar a Rosa no va más allá del formalismo de conmemorar un centenario más. Después de todo, aquí en Cuba son pocos los que saben algo de Rosa Luxemburgo, más allá de que es el nombre de un círculo infantil en Nuevo Vedado. Sin embargo, por muchas razones los cubanos deberíamos darnos cuenta de que ella es uno de esos ángeles guardianes de la historia, que están al alcance de nuestra mano y que podrían ayudarnos si supiéramos como recurrir a ellos. Las ideas de la revolucionaria polaca sobre el socialismo y el papel que en él juega la democracia puede ser exactamente lo que necesitamos para salir adelante, en este momento tan complejo de nuestra historia.

Existe un problema dentro del socialismo que ha causado y todavía causa muchos dolores de cabeza: el problema de la vanguardia política, tradicionalmente estructurada como partido, y su relación con las clases explotadas que supuestamente representa. Es un problema fundamental, como cualquiera puede darse cuenta, ya que de la solución que se le dé dependerá toda la estrategia antes y después de la toma del poder. Sin embargo, Marx y Engels no dejaron sino algunas anotaciones muy preliminares sobre esas cuestiones, por lo que durante el siglo XIX lo que se impuso fue la práctica espontánea de los partidos socialdemócratas y sus organizaciones de base. Hubo que esperar al siglo XX, y a la experiencia soviética, para que el problema de la vanguardia se hiciera central en el debate teórico sobre el socialismo.

Desgraciadamente, la concepción sobre el papel de la vanguardia que más se difundió durante el siglo XX, vía Komintern, fue la desarrollada por Lenin. Los méritos del líder bolchevique como revolucionario son, verdaderamente, incuestionables. Sin embargo, es preciso decir que su visión sobre la vanguardia no era la más democrática posible, y que ha sido utilizada para justificar una concepción verticalista y autoritaria de la práctica política socialista. El estalinismo y los diversos neo-estalinismos encontraron un asidero fácil en esas concepciones.

La idea de Lenin, desarrollada en su libro ¿Qué hacer?, puede resumirse de la siguiente manera. Según él, la clase obrera no puede alcanzar nunca, por sí misma, una conciencia clara y profunda de su verdadera situación y sus intereses. Es por eso que se necesita un partido, formado por cuadros conocedores de la teoría marxista y de los resultados científicos alcanzados por la burguesía, para insuflar desde afuera la conciencia que necesita el proletariado.

Esta teoría, aplicada coherentemente, llevó a Lenin a la creación de un partido muy centralizado y disciplinado, que actuó como una verdadera maquinaria política en función del objetivo de tomar el poder. En las condiciones de la Rusia zarista, ese partido fue sumamente exitoso, llegando a liderar la Revolución de Octubre. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta: ¿significa ese éxito que esa concepción sea válida en cualquier circunstancia?

Desde aquellos tiempos, la concepción leninista de la vanguardia se ha utilizado para defender en todo momento la primacía del grupo dirigente para tomar decisiones sin contar con el resto del pueblo. Si el partido es el único que tiene conciencia de la verdadera situación y de los verdaderos intereses del pueblo, nada más lógico que sea el partido el que mande. Esta “lógica de la vanguardia” se ha utilizado por parte de todos los partidos comunistas que han llegado al poder para justificar la creación de castas burocráticas que obstaculizan la democracia popular, y que, de más está decir, no son una verdadera vanguardia.

En el Lenin mismo, esta teoría era comprensible dadas las condiciones de la Rusia de aquellos tiempos. Además, en Lenin se podía encontrar los elementos teóricos suficiente para corregir al propio Lenin. Sin embargo, el estalinismo que vino después hizo un uso pervertido de la teoría, y cristalizó sus fórmulas maquiavélicas en los manuales.

A la luz de esta situación es que se puede comprender la importancia de Rosa Luxemburgo. Ella cuestionó, en su folleto titulado La revolución rusa, la lógica que se encontraba detrás de varias de las decisiones de los bolcheviques, llegando hasta el fondo de la cuestión. En su crítica se puede ver, por contraste, otra concepción acerca de cómo se debe construir la sociedad socialista. Decía Rosa que:

 “Bajo la teoría de la dictadura de Lenin-Trotsky subyace el presupuesto tácito de que en la transformación socialista hay una fórmula prefabricada, guardada ya completa en el bolsillo del partido revolucionario, que solo requiere ser enérgicamente aplicada en la práctica. Por desgracia- o tal vez por suerte- esta no es la situación (…) El sistema social socialista solo deberá ser, y solo puede ser, un producto histórico, surgido de sus propias experiencias, en el curso de su concreción, como resultado del desarrollo de la historia viva (…) Toda la masa del pueblo debe participar. De otra manera, el socialismo será  decretado desde unos cuantos escritorios oficiales por una docena de intelectuales.”

Su idea de la participación política se hace más clara cuando se conoce qué entendía ella por libertad política.

“La libertad solo para los que apoyan al gobierno, o solo para los miembros de un partido, por numerosos que sean, no es libertad. La libertad siempre es libertad para los que piensan diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la “justicia”, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esa característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la “libertad” se convierte en un privilegio especial.”

En los escritos de Rosa se encuentra la idea-base de que el socialismo es una construcción colectiva, en la que la conciencia de clase del proletariado tiene que surgir como resultado de la propia lucha política y del ejercicio directo del poder por el pueblo. Se le concibe como un intenso proceso de auto-aprendizaje. En ese esquema, la vanguardia política no puede ser más que un catalizador, una trinchera avanzada en el proceso de toda la clase para alcanzar la conciencia. Es por eso que a la concepción de Rosa algunos le han llamado la del partido-clase.

Todo esto puede parecer historia antigua, pero no lo es. ¿Acaso no tenemos también en Cuba “escritorios oficiales”, desde los cuáles se toman decisiones a espaldas del pueblo? La concepción de la vanguardia que maneja el Partido Comunista de Cuba, la que hoy, 2019, se le enseña a los cuadros en la escuela Ñico López, es la de Lenin, o mejor dicho, la caricatura que hizo Stalin de la concepción de Lenin.

Se cumplen cien años de la muerte de Rosa Luxemburgo, ejemplo de mujer llena de sensibilidad humana, luchadora por los derechos de las mujeres y de todos los oprimidos. Es un buen momento, ahora que vamos a votar por una Constitución que se declara inspirada en las ideas de Lenin, para que los que no queremos volver al capitalismo nos hagamos la inveterada pregunta: ¿Qué clase de socialismo queremos?

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

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