La liebre y la tortuga

Por: Mario Valdés Navia

La República Popular China (RPCH) conmemora el 40 aniversario del inicio de las reformas que, propuestas y encabezadas inicialmente por Den Xiao Ping, se plasmaron en la creación del llamado socialismo con características chinas basado en la economía de mercado socialista. El modelo chino se concibió como una forma radical de socialismo de mercado donde el Estado se abstendría de fijar los precios y favorecer a sus empresas, pues todos los sujetos económicos competirían en un mercado único donde los precios se formarían libremente mediante la competencia.

En este lapsus de casi medio siglo la RPCH ha avanzado como un gigante de siete leguas, a un promedio de elevación del PIB del 7,5% anual. Su economía pasó del lugar 24 al 2 a nivel mundial. Hoy se le considera el taller del mundo y ocupa primeros lugares en renglones tales como: producción industrial, valor de las exportaciones, monto del capital exportado e importado, reservas internacionales, nuevas patentes y licencias de alta tecnología, entre otras.

En lo social, no solo eliminó la hambruna y la malnutrición, sino que de sus 1340 millones de habitantes, unos 360 millones pasaron a la clase media. Mas, no todo es positivo en la RPCH. Es un país con un alto nivel de desigualdad social y regional y, a escala global, se le considera un gran contaminante, succionador voraz de recursos naturales y materias primas del Tercer Mundo. Políticamente, sigue siendo un país socialista, gobernado por el partido comunista más grande del planeta. Como superpotencia, es un protagonista de la geopolítica mundial, abanderado del multilateralismo y la libertad de comercio.

Nos guste o no su socialismo de mercado, lo cierto es que los éxitos del modelo chino superan con creces sus deficiencias. Intentar hacer una comparación entre ese gigante y la pequeña Cuba no pasaría de ser un ejercicio mental intrascendente, pero sí existen algunos aspectos en que la experiencia china –replicada por Viet Nam y Laos a su manera- pudiera ayudar a responder algunas preguntas que hoy se plantean a la realidad cubana.

Teniendo en cuenta que ya llevamos treinta años con problemas de crecimiento –desde antes del período Especial- bien podríamos cuestionarnos: ¿el crecimiento de la desigualdad social y territorial es un precio posible a pagar por el auge económico sostenido?; ¿puede un país socialista atraer a su emigración para incorporarla, de manera ventajosa, como factor de crecimiento económico sin que se vuelva una fuerza política subversiva?; ¿el fomento de la iniciativa privada y cooperativa llevaría al debilitamiento y crisis al sector socialista de la economía y pondría en peligro la hegemonía del PC?.

Las respuestas que la historia china de los últimos cuarenta años brinda a estas preguntas se resumen en que vale la pena correr tales riesgos para avanzar por el camino de la consolidación del modelo socialista escogido y aumentar los niveles de prosperidad y felicidad del pueblo. Para eso no se puede dar un paso adelante y dos pasos atrás constantemente, ni creer que aplicando los mismos métodos se van a alcanzar resultados diferentes.

Los comunistas chinos han demostrado también que hay que apostar por la renovación periódica de la dirigencia. Solo así es posible que nuevas ideas, enfoques y modos de actuación accedan a posiciones de liderazgo que permitan relanzar el proyecto de reformas socialistas según vayan transformándose las variables internas y externas más importantes.

La descentralización, a través del empoderamiento de los colectivos obreros y los territorios, aunque inicialmente provoque desigualdad, tiende a debilitar a la gran burocracia y fortalece al socialismo a nivel nacional. El sector estatal sobre los medios de producción fundamentales se fortalece en la competencia con otros tipos económicos y su papel se acrecienta en la medida en que se robustece el socialismo en su conjunto.

Las condiciones de partida de la Cuba de hoy para una transformación radical de su modelo socialista son muy superiores a las que tenía China al inicio de la reforma en 1978. Por demás, los países del fosilizado socialismo real también se transformaron radicalmente, solo que lo hicieron hacia el capitalismo. Otro elemento a tener en cuenta es que la cuestión del modelo de crecimiento y desarrollo que se postule, hay que plantearlo como proyecto prospectivo al pueblo y al mundo de manera clara, sincera y transparente. Y aquí sí hacen falta consignas precisas y orientadoras para cada etapa.

Al paso seguro, pero lento y pusilánime de la tortuga nunca se construirá ningún proyecto real de desarrollo, aunque para saltar como una liebre haya que correr riesgos dolorosos, caerse y levantarse, rectificar y dar rodeos, pero seguir adelante chapeando la maleza sin misericordia. Por el éxito que obtuvieron en el camino que se trazaron: ¡felicidades a la experiencia del socialismo con características chinas en sus primeros cuarenta años!

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

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